18 de agosto de 2019

2837- RESTAURANTE DEL MERVI.

Foto playa Morro de Gos, desde el hotel Koral y hacia el faro.
Mucho han cambiado las cosas en los pueblos situados junto al mar y en los últimos 50 años de esta España nuestra. Oropesa es uno de esos pueblos de la provincia de Castellón que no ha parado de crecer y hoy sus gentes tienen ese extraño ¿privilegio? de, al menos en los meses veraniegos, no poder aparcar en sus calles, hacer colas kilométricas para comprar una barra de pan, pagar el periódico o pasar por caja en el supermercado. Es la modernidad y la saturación propia de un pueblo famoso por el complejo residencial Marina d'Or y por sus playas de "La Concha" y de "Morro de gos", kilométrica esta última. Tan larga que pasa de largo el famoso complejo "Marina d'Or" y nos lleva hasta la tranquila playa de Torre de la Sal, ya en el término municipal del vecino pueblo de Cabanes. A partir de ahí, dos kilómetros de playa de canto rodado y después nuevamente playa de fina arena salvaje, esta vez para nudistas. 

El Restaurante Del Mervi nació a principios de los años 70, como un chiringuito de playa sin pretensión alguna pero con una clara visión de lo que años después iba a acontecer. Aquello era la versión más primitiva de un chiringuito: cuatro vigas de madera, carrizo y juncos del humedal anexo. Toda la playa de "Morro de Gos" y hasta lo que actualmente es Marina d'Or era un humedal pantanoso, propiciado por la desembocadura del río Chichilla y su dificultosa salida al mar.
Mi mujer y un servidor nos casamos el año 1973. Haciendo honor a la verdad, no recuerdo si ya conocía antes de esa fecha el aludido chiringuito de Vicente y Merche, dos bravos luchadores que, como se suele decir, con tesón y mucho trabajo supieron convertir la paja en oro. Lo poco que se había construido hasta entonces en Oropesa, con vistas al Mediterráneo, estaba en la playa de La Concha. Nadie más que ellos, había puesto una piedra sobre otra en la playa de "Morro de Gos".

Los primeros turistas ya habían hecho su aparición, pero eran muy pocos y todavía había muchos más bañistas locales que foráneos en aquellas playas de la mañana dominical. Había que ofrecer una cerveza o una gaseosa fresca a aquella gente ya abrasada por el sol de toda una semana de trabajos agrícolas y ellos pensaron que allí había negocio seguro. No se equivocaron. El pescado fresco y las mariscadas no tardarían en llegar.
Oropesa es un pueblo de término municipal montañoso y escasa tierra de labor. Le vino por tanto muy bien la llegada del turismo, del que, directa o indirectamente, viven desde entonces todos sus habitantes. Vicente y su mujer fueron siempre grandes trabajadores y buena parte de sus ganancias las reinvertían continuamente en la mejora del negocio. Aquel chiringuito raquítico se convirtió prontamente en un amplio comedor, lindante con aquel camino de tierra anexo a las dunas que separaban la playa del cenagal. Nuestro buen amigo Artemio Beltrán, cajero de la Caja Rural de Cabanes, tenía una buena relación con los propietarios del Cortijo, camping anexo a Marina d'Or donde trabajaba su madre, pioneros también en la urbanización de esta bonita playa oropesina "Morro de Gos". 

Es por ello que durante algunos años los días de Pascua de Resurrección nuestra pandilla de amigos solíamos pasar estas fechas en uno de esos edificios de apartamentos que había en la calle Teruel, que comunica las dos playas de Oropesa, o bien en alguno de los "chalets" que se construyeron detrás del Rte. del Mervi. 
Tanto en uno como en otro lugar salimos más de una vez con agua por la rodilla, debido a las frecuentes tormentas de entonces y la escasa o nula canalización de las aguas pluviales. 
Con cualquier excusa íbamos de vez en cuando a cenar al Mervi con algún amigo. Mi mujer y yo con nuestro Seat 600-D, cuyo inexistente morro metíamos en el caballón de dunas de arena que separaba el camino de tierra de la zona de playa. A la otra parte del camino el Rte. Del Mervi, ya con comedor en terraza cerrada, pero a nivel del camino o incluso por debajo de éste. Nadie sabe a donde hubiera ido a parar todo aquello de venir una riada. La comida de entonces era muy superior a la de ahora, pues el "menú" todavía no se había inventado. ¿Será verdad que tiempos pasados fueron mejores?. Ahora no está mal, pero no es lo que era. La calidad bajó notablemente en los últimos años y ya, casi sin clientes, pusieron un menú que "resucitó" el restaurante pero acabó de matar la Carta. Uno de los platos frecuentes en el Mervi eran las mariscadas y la zarzuela de pescado y marisco pero, en este momento más del 95% de sus clientes piden el menú.

Aquella pareja hizo un imperio pero, como todo mortal, marchó de este mundo y ahora están sus descendientes. Al igual que entonces, los dueños están en la cocina, asándose de calor mientras familiares y empleados atienden las mesas, con diferente estilo y simpatía. Quizás por culpa de la crisis, los platos han bajado un poco su calidad, a fin de no encarecer en demasía los precios. No sé qué decir al respecto y si lo sé me lo callo. Mi mujer y yo seguimos acudiendo a este local buena parte de las noches de los sábados veraniegos y nada tenemos que objetar. Quizás por nuestra antigüedad como clientes, nos dan un trato un poco especial pero nada más. De todas formas la calidad de los restaurantes de Oropesa del Mar brilla por su ausencia. Es por eso que nosotros solemos ir también a otros restaurantes de la zona y en todos ellos nos tratan de forma espectacular y sin queja alguna sobre la calidad de la comida. Solo una cosa echamos en falta del Mervi... 

Ellos saben bien, porque incluso se jactan de ello, que la "Salsa Mervi" inventada por sus tíos-abuelos tenía unas características especiales que nadie hasta ahora ha podido imitar. Pues bien, también ha desaparecido de los mejillones y de la sepia a la plancha. En la actualidad te sirven algo similar con el socorrido "biberón" que nada tiene que ver con lo de antes y que le quita toda la gracia. Y el sabor, claro. Y el sabor. Está claro que con ese sistema no tienen que hacer ni la mitad de la que se necesitaba cuando se escanciaba a cucharadas, pero de todas formas ya tampoco es la misma de entonces, quizás por hacerla en cantidad y guardarla en frío. Nada dura cien años y tampoco la famosa "Salsa Mervi" los ha durado. ¿Qué le vamos a hacer?. 

De todas formas, como he dicho antes, ya casi todos comen al menú y de esta forma poca salsa necesitan. 
En cuanto a lo de bajar la calidad es algo generalizado. Todos los restaurantes que yo conozco la han bajado pero, de todas formas, las mesas se llenan igualmente. 
A la gente nos gusta ir a los restaurantes y más aún si estamos de vacaciones. Todos tienen una calidad aceptable pero sin aspavientos. Prácticamente todo congelado. Cada cual tiene sus especiales características y nada más. Así y todo, al menos los fines de semana, hay que reservar mesa para poder comer, lo cual no es una mal señal. En el país de los ciegos, hasta un tuerto podría ser rey...

RAFAEL FABREGAT

17 de agosto de 2019

2836- LA TORRE BLANCA.

Esta fortaleza, también llamada Torre de Londres, fue construida por Guillermo I el Conquistador en 1078, aunque lo que podemos ver en este momento es el fruto de varias fases constructivas que con Ricardo Corazón de León, Enrique III y Eduardo I llegarían hasta finales del siglo XIII. Se trata pues de un complejo de varios edificios y múltiples torres que han representado un destacado papel en la historia de Inglaterra. Se ubica en el centro de Londres, junto al río Támesis y está rodeada por dos fosos concéntricos que la defendían de los múltiples ataques ya que su destino inicial fue de Depósito de Armas, Tesorería, Real Casa de la Moneda, Registros Públicos y Depósito de Joyas de la Corona. Tenerla controlada era tener controlado el país.

Sin embargo desde el año 1100 y durante 900 años fue conocida como la Torre del Terror ya que, aunque no había sido concebida para ese uso, fue usada durante cientos de años como prisión. 
Claro que no era una prisión cualquiera, sino única y exclusivamente utilizada para personajes ilustres, reyes e importantes personajes de la nobleza. Aparte de las mil fechorías que allí se dispensaba a los presos, era bien sabido que salir de allí con vida era poco menos que imposible. Lord Thomas Morus, posteriormente santificado como Santo Tomás Moro; Juana Grey, reina durante nueve días y decapitada con 16 años; Ana Bolena, primera esposa de Enrique VIII y madre de la reina Isabel I, decapitada por orden de su marido, fueron algunos de los ejecutados.
Este castillo fue popularizado no por la cantidad de ejecuciones, sino por la importancia de los personajes ejecutados. 

Capilla real, donde están enterrados muchos de los ejecutados.
Las ejecuciones se llevaban a cabo normalmente en Tower Hill, al norte del castillo, y se estima su número en 112 personajes de la mas alta dignidad. Claro que con la llegada de las Guerras Mundiales, el castillo fue nuevamente destinado a prisión y, entre otros fueron ejecutadas doce personas acusadas de espionaje. Al final de la II Guerra Mundial el castillo fue reparado y abierto al público. Actualmente es una de las principales atracciones turísticas del país, por el material expuesto y por el morbo que suponen las múltiples ejecuciones allí sucedidas a tan altos dignatarios. En 1988 este castillo fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, como fortaleza medieval normanda excelentemente bien conservada y por haber sido centro del poder británico durante casi mil años.

La actividad fantasmal de este lugar ostenta todo un récord. El primer fantasma fue el del cuerpo de Thomas Becket, gobernador de la Torre y asesinado mientras oía misa en 1170 por orden del rey Enrique II. La torre estaba en obras y muchos trabajadores murieron en extraños accidentes hasta el punto de abandonarse la obra. Cientos de testigos hablaban de apariciones de fantasmas, muchos de ellos sin cabeza. Miles de veces dicen haber visto a la reina Ana Bolena. Extrañamente sobre la Torre viven permanentemente seis cuervos, ni uno más y ni uno menos. Se dice que si algún día estos cuervos desaparecen, se caerá la Torre y con ella la monarquía británica.
No sé yo si, tal vez, de lejos y con mira telescópica...

RAFAEL FABREGAT

16 de agosto de 2019

2835- LOS PALACIOS PESTILENTES.

Palacio de Pedro I el Grande.
He tenido la suerte de poder viajar visitando, entre otros muchos lugares, algunos de los palacios más importantes de Europa y alguno de Asia y África. 
Indudablemente, aunque hay importantes diferencias, todos son impresionantes. Lo que pasa es que, por muy bien conservados que estén, no pueden mostrarnos con exactitud la vida que en ellos llevaban sus habitantes. Lujos impensables para el pueblo llano, eso sí, pero también incomodidades de todo tipo y no pocas restricciones debido a lo anticuado de los servicios de que se disponía en aquellos tiempos. Todo un rey podía forrar sus habitaciones del más caro de los mármoles, maderas nobles de los más remotos bosques tropicales y hasta incluso de jade, ámbar u oro, pero faltaba la modernidad de las instalaciones. 


Los visitantes, también personas de la nobleza nacional o extranjera, quedarían sin duda impresionados, sobrecogidos por tanta belleza y monumentalidad, pero si les entraban ganas de orinar no tenían a donde dirigirse. A la visita debían acudir con todas las "obligaciones" hechas, pero... A veces cualquier desarreglo intestinal daría al traste con todo y el susodicho visitante tendría que hacer un alto en la conversación para salir disparado hacia el jardín en busca de un seto tras el que cobijarse. ¿O no es así?. Sin duda que sí. El rey lo tenía más fácil puesto que, a la más mínima necesidad, los criados le traían el orinal o la silla de defecar y, sin cortarse un pelo, su majestad hacía sus necesidades sin tener que parar la conversación con uno de sus generales o la recepción de un embajador, incluso la visita de otro rey. Realizada la obligada "necesidad", no esos mismos criados, sino un noble encargado de tal eventualidad, le limpiaba el culo al rey y aquí no ha pasado nada. 


En tierras británicas se llamaba "Groom of the Stool" y, contrariamente a lo que podamos pensar, era un oficio muy codiciado en la Casa Real. Ahora, ya en el siglo XXI, el mundo está plagado de "lameculos" pero el trasero se lo limpia cada cual. Eso sin contar que tenemos WC que te lavan el culo y hasta te lo secan, una modernidad que en aquellos era impensable. Aquello de que "nada es como antes" es, en este caso, totalmente cierto. El Palacio de Versalles, muy próximo a París, ya tenía entonces 700 habitaciones, 352 chimeneas, más de 2500 ventanas y 67 escaleras. Contaba (y cuenta) con 800 hectáreas de parques y jardines, más de 200.000 árboles, 20 Km. de caminos interiores y 11 hectáreas techadas. Para mantener en un cierto orden todo aquello, llegaron a habitar en él hasta 20.000 personas. Pero la mayor barbaridad es que... ¡No tenía ni un solo cuarto de baño!.


Palacio de Versalles. París.
El año 1535 el rey Enrique III y una corte de más de 700 personas emprendieron su anual viaje de cuatro meses de duración, en el que visitaba hasta 30 palacios diferentes, residencias aristocráticas y monasterios. Era una forma de mantener la lealtad de sus súbditos pero también la de escapar de los repugnantes problemas de las constantes fiestas reales. Estos palacios tenían que ser evacuados de vez en cuando para eliminar los montones de deshechos humanos acumulados en sus jardines y sótanos. Era un vano intento de escapar de tanta purulencia y de vivir en un ambiente más natural e higiénico. Otra forma de conseguirlo era alternar constantemente con las más de 50 residencias que poseían. En cada cambio de residencia los cientos de criados se dedicaban a limpiar toda la suciedad y vaciar los sótanos a donde iban a parar heces y orina de todos los habitantes y visitas de palacio, así como para airear todo el lugar a la espera de una próxima visita de la Corte.


Palacio de Catalina la Grande. Museo de l'Hermitage.
Dos días después de cualquier fiesta era normal que el hedor se extendiera por todo el palacio, debido a los alimentos sobrantes mal conservados y a los deshechos humanos acumulados en las cámaras subterráneas, pasillos y escaleras. El estándar de limpieza de aquella época medieval era bajo pero justamente los palacios de la Corte eran, con diferencia, más sucios que los hogares de tipo medio. Por poner un ejemplo, el reinado de Catalina la Grande tuvo lugar en un contexto de olores nauseabundos y piojos por doquier, sin contar la enorme cantidad de pulgas y garrapatas que sus animales de compañía soltaban por todas partes. Las pinturas de la época nos muestran gran opulencia pero, para suerte de viajero ávido de conocimientos, la fetidez que desprendían aquellas prendas, que nunca se lavaban, no llega a nuestras fosas nasales. Tampoco el ambiente nauseabundo de unas habitaciones constantemente mal ventiladas.
HAPTON COURT. Palacio de Enrique VIII.

De todas formas, el problema más grave de salud era la falta de opciones para eliminar los deshechos humanos en lugares tan ampliamente visitados y con tanto personal para atenderlos. 
La orina y las heces estaban por todas partes -se cuenta en el libro "The Royal Art of Poison". 
Muchos cortesanos no se molestaban en buscar un orinal y en cualquier rincón del palacio, escalera o rincón de chimenea, se bajaban los pantalones y hacían allí sus necesidades. Detrás de las puertas era uno de los lugares donde más se acumulaban los excrementos. Para los criados no era ninguna novedad pillar gente en esta actuación y, haciendo caso omiso, se disponían a recogerlo apenas el infractor se marchaba de allí. Claro que muchas veces no se detectaba al sujeto y heces y orina quedaban allí durante días hasta que el insoportable olor delataba su presencia.

VIENA. Palacio de Schonbrunn.
Luís XIV de Francia solo tomó dos baños en su vida y María Antonieta se aseaba una vez al mes. Otros historiadores cuentan que Enrique VIII luchó constantemente contra la suciedad, el polvo y los malos olores, pero con escaso éxito. En una época en la que hasta la gente más noble ignoraba la limpieza, era imposible ganar esta batalla en lugares donde tanta gente vivía en un mismo sitio. El propio rey de Inglaterra advertía a sus visitantes que no se limpiaran ni frotaran sus manos en ningún tapiz, pero su batalla contra la suciedad fue un absoluto fracaso. Enrique VIII ordenó pintar una X de color rojo en los lugares donde más suciedad solía acumularse, pero no sirvió de nada. Más bien, aquellas X les sirvieron a las visitas para atinar mejor donde creían que podían hacer sus necesidades por expreso deseo del rey.

RAFAEL FABREGAT



https://www.abc.es/historia/abci-deshechos-y-pestilencia-repugnante-verdad-higiene-palacios-siglo-201908130154_noticia.html

15 de agosto de 2019

2834- ¿COMUNIDAD VALENCIANA?.

Comunidad, ¿de qué?. De políticos vagos y maleantes que nada hacen por sus pueblos y sus gentes?. Será eso, porque otra cosa... ¡No sé yo!.Tras la llegada de la Democracia y aprobación de la Constitución Española de 1978, el Estado se dividió por autonomías a fin de la consecuente aprobación de los Estatutos Autonómicos. No todos estamos de acuerdo en que la gobernabilidad del Estado Español se dividiera, multiplicando los gastos consiguientes y los impuestos para atenderlos, pero en fin... Así se hizo y hecho está.  Quien escribe es un valenciano de la provincia de Castellón y no entiende ni ha entendido nunca la denominación que en su día se le dio a la "mal llamada" Comunidad Valenciana, sin mención alguna a lo que fue Reino de Valencia, dependiente de Aragón, pero sede real, autogobernada y por lo tanto más libre que nunca.

Son muchos, cada día más, los que quieren vivir sin dar un palo al agua, multiplicando por 17 los cargos y por consiguiente los gastos de hacer 17 veces el mismo trabajo. 
De todas formas, este no es el motivo de esta entrada.
Cuando todas las comunidades autónomas de España tienen el nombre histórico que las ha reconocido desde siempre, parece ser que para la nuestra no había nombre más apropiado que llamarnos "comunidad", comuna de apestosos que carecen de reconocimiento histórico alguno. Todo es política amigos lectores. 
Una región que fue conquistada a los moros por Jaime I de Aragón y que, aunque dentro de la corona de Aragón, fue elevada al rango de Reino independiente de Valencia y sede del mismo rey, ¿no lo merece?. 
Si esto es así, ¿por qué no se la pudo llamar Reino de Valencia o, al menos, Región Valenciana como se hizo con Murcia?. 
El Estado Español está formado por la unión de diferentes reinos y no veo razón alguna para que, si las diferentes autonomías han sido llamadas por su nombre, no pudiera haberse hecho lo mismo con Valencia. 
A la hora de darle nomenclatura poco faltaría sin duda para ser llamado "País Valencià ó, quizás mejor, Català". Sin duda habrían sumado muchos adeptos.

Ya sabemos que los catalanes no solo piensan independizarse de España, sino que incluso pretender anexionarse Baleares y la Región Valenciana, con el beneplácito de cuatro truhanes que están bien "engrasados" por el sistema independentista catalán. Pues me parece que no lo verán mis ojos, ni tampoco los de aquellos que así pretenden que sea. Valdría más que se dedicaran a trabajar en cosas más necesarias y provechosas para la comunidad, que no para ellos mismos. ¡Pedazo de gandules...! Como se ha dicho antes el Reino de Valencia fue creado a partir de la conquista de la Taifa de Valencia por Jaime I de Aragón, el año 1238 y hasta 1707, fecha esta última en la que Felipe V, vencedor de la Guerra de Sucesión, promulgó los Decretos de Nueva Planta anulando los Fueros, leyes e instituciones propias de la corona de Aragón y por extensión los del Reino de Valencia, los de Baleares y Cataluña.

Jaime I de Aragón, el Conquistador.
Por contra, nuestros vecinos del antiguo Reino de Murcia, si que conservaron la titularidad autonómica como Región de Murcia. La explicación no es sencilla, pero ahí va...
Viéndolas venir Ibn Hud al-Dawla, emir de Murcia, aceptó en 1243 la protección de Fernando III de Castilla y León a fin de pararle los pies al ambicioso Jaime I, que ya había conquistado Villena, y a los de la Orden de Santiago que habían hecho lo propio con Chinchilla y Yeste. En 1266 la rebelión musulmana contra Castilla pilló a Fernando III atendiendo otra en Andalucía, motivo por el cual Violante de Aragón, esposa de Alfonso X, pidió ayuda a su padre Jaime I que acudió a sofocar la revuelta, dejando un buen número de aragoneses en el Reino de Murcia como garantía de paz. De todas formas, de acuerdo con el Tratado de Almizra, se establecieron los límites y la titularidad de Murcia seguió siendo para Castilla.

Felipe V cabeza abajo. Museo de Arte de Xátiva.
Esa y no otra es la razón por la cual el Reino de Murcia siguió manteniendo sus derechos al ser protectorado independiente de Castilla, mientras que el Reino de Valencia perdió sus Fueros tras la derrota de Almansa y conquista de Felipe V. 
La Batalla de Almansa marcó un antes y un después en la historia de estas tierras. Durante el conflicto de la Sucesión Española, el 25 de Abril de 1707 las tropas de Felipe de Francia y Carlos de Austria querían hacerse con el trono de España, ante la muerte de Carlos II de España sin descendencia. Con el triunfo de Felipe en esta batalla, el camino hacia Valencia quedó expedito hasta llegar a la ciudad de Xátiva que, favorables a los austracistas, se metieron en su castillo poniendo en serios apuros a las tropas del francés. Tras serias dificultades una de las murallas fue derribada y las tropas de Felipe V entraron en la ciudad causando una masacre sin precedentes. Los supervivientes fueron desterrados y la ciudad incendiada, ardiendo durante siete días. Para mayor burla, obligatoriamente, la nueva ciudad se llamaría San Felipe, el nombre del rey. No fue hasta 1812 cuando la ciudad pudo recuperar su nombre original. Como venganza el retrato de este rey fue colgado al revés, lo que se mantiene a día de hoy. Especialmente totalitario, uno de los primeros Decretos del nuevo rey fue la abolición de los Fueros de Valencia, Baleares y Cataluña, dependientes de la Corona de Aragón, con todas sus leyes e instituciones. Con esta nueva normativa desaparecía el Reino de Valencia y todos los demás. 

RAFAEL FABREGAT

14 de agosto de 2019

2833- ZAPATERO REMENDÓN.

Es un oficio en desuso pero no desaparecido, ni mucho menos. Aunque sin apartarse de su oficio, algunos han sabido mantenerse y evolucionar, ocupando locales comerciales de cierta importancia y dando a entender que ganan su buen dinero. Nos parece muy bien puesto que, aunque de forma esporádica, son importantes y necesarios. A diferencia del antiguo limpiabotas, sustituido por los múltiples artefactos que nos venden en cualquier superficie comercial para lustrar nosotros mismos los zapatos, el zapatero remendón es un personaje imprescindible para corregir cualquier defecto del pie e incluso para hacerte un zapato a medida. Tras la visita a un especialista en podología es muy probable que tengas necesidad de colocarte una cuña o un alza que corrija una pierna de diferente altura. 

Cualquiera de esas necesidades y también cambiar un tacón o colocar unas medias suelas a zapatos que tenemos en gran estima, son cosas que atiende perfectamente un zapatero de este tipo. Como auténtico cirujano, actúa en la trastienda, mientras su mujer, una hija o incluso una empleada atiende al público que traspasa la puerta de su taller. Cuando el caso es complicado y requiere su atención personal la ayudante solicita su presencia y el zapatero deja su banco de trabajo para dar su opinión sobre lo marcado por el médico. Por supuesto también fabrican o comercializan plantillas de diferentes materiales, para cualquier problema que se nos presente, y arregla cinturones que por despiste hemos comprado demasiado largos. La solución de estos últimos no es solamente recortarlos, sino crear también nuevos orificios para que la hebilla cierre en el punto más conveniente.

Como puede comprobarse, un zapatero remendón da para mucho y su trabajo no suele ser tan barato como alguien pudiera suponer. Remienda cuando la pieza es de buena calidad y le queda todavía una largo camino que recorrer, sino... Las herramientas empleadas son muchas y todas ellas creadas exprofeso para este trabajo. Actualmente las máquinas han sustituido a las herramientas para la fabricación del calzado, pero esto no afecta a la actividad del zapatero que normalmente ya no se dedica a la fabricación, sino al mantenimiento o la modificación de las piezas que el cliente le lleva. Podría fabricar, pero no es lo habitual dado el alto precio que tendría que cobrar por fabricar a medida. No es ya fabricante, como lo era antaño, sino quien nos hace un remiendo o quien nos da solución a un problema puntual.

Ser zapatero es ejercer una profesión muy antigua que se estima en unos 15.000 años o más, cuando los hombres de las cavernas experimentaron por primera vez la necesidad de proteger sus pies, amarrando un trozo de piel a los mismos y atando una tira de ésta para sujetarlo. El zapato de cuero más antiguo que se conoce fue descubierto en un lugar de Armenia y se le estima una antigüedad de 5.500 años. Está hecho de una sola pieza de piel de vacuno, tiene cordones y está realizado buscando encajar en el pie de su propietario. Se podría decir que no solamente es el zapato más antiguo que se conoce, sino que además en un zapato fabricado a medida. Realizado en la Edad del Cobre, no difiere mucho con lo encontrado en Sudamérica pues los Olmecas (5.000 a.C.) ya hacían estatuillas de sus dioses llevando una especie de calzado.

No muchas décadas atrás, la profesión de zapatero era mal vista y peor pagada. Incluso considerada una profesión insalubre debido al mal curtido de las pieles con las que tenía que trabajar. Sin embargo también ha tenido momentos, especialmente en la Edad Media, en los que ha sido considerado un oficio noble y privilegiado. Era sin duda cuando atendía las necesidades de la nobleza, pues la plebe iba descalza hasta que cada cual sabía confeccionarse las zapatillas que necesitaba. En las casas de los pobres nadie llevaba zapatos y hacer tus propias zapatillas era algo normal y corriente en todas las casas. Ser zapatero de la familia de un personaje ilustre, incluso de sus criados más relevantes, era el mayor privilegio que podía alcanzarse. Actualmente el zapatero remendón tiene su negocio, trabaja con dignidad y está justamente remunerado.

RAFAEL FABREGAT

2832- VIAJAR... ¡EN TREN!.

En la década de 1950 y principios de los años 60 nadie que yo conociera marchaba de vacaciones, claro que yo soy de pueblo y entonces eminentemente agrícola. En el campo el trabajo no acababa nunca y menos aún durante los meses de verano, época de recoger las diferentes cosechas. Se empezaba a finales de Mayo recogiendo las patatas y se continuaba segando (a mano) los campos de trigo y cebada, trillando para separar el grano de la paja y acto seguido recogíendo todo lo indispensable para pasar el año. Tomates, judías, garbanzos, melones, sandías, manzanas, ajos, cebollas... Entrados en el mes de Agosto tocaba el turno a la uva moscatel y quince días después la vendimia del resto de variedades de uva. Acto seguido las almendras y después las algarrobas. Era un no parar que nos llevaba hasta mediados de Octubre.

Los trabajos del campo, si quieres hacerlo bien, no acaban nunca. Después preparar los campos para la siembra, podar los árboles, sembrar, podar las viñas y plantar las cosas de verano. Un largo etcétera que, como he dicho antes, no acaba nunca pues, entre unas cosas y otras volvías a meterte dentro del mes de Mayo y vuelta a empezar. ¿Vacaciones?. Esa palabra no existía para las gentes del campo y menos aún cuando eran de recursos más bien limitados. Si sobraba algún día incluso se arreglaban aperos o paredes de los bancales rotas por alguna riada o se buscaba ganar algún jornal. En las ciudades ya es otra cosa, puesto que allí las personas con determinados oficios, en verano podían cerrar unos días el negocio y dedicarlos a la familia y al relax, con viaje o sin él. De todas maneras coches apenas había y, en el caso de viajar, lo más socorrido era el tren.

Los trenes de entonces eran a vapor, incómodos, lentos y con múltiples paradas para atender la demanda de los viajeros o para repostar agua o carbón. Para viajar de Barcelona a Sevilla, uno de los trenes más rápidos (el Expreso o Sevillano) tardaba 19/20 horas, según el día y el estado de la vía. Solo paraba en las ciudades más importantes pero siempre había tramos en reparación y por ellos se circulaba a poco más de 20 Km/h. La verdad es que, con ese servicio, viajar era más suplicio que diversión. Aun así, con la llegada del mes de Agosto, en los andenes se notaba algo más de bullicio familiar y los niños correteaban de aquí para allá pues todo era para ellos fiesta y novedad. Había algún vagón de Primera, casi siempre medio vació pues todos buscaban el billete más económico, especialmente el de Tercera. 

En los vagones de Primera los asientos estaban tapizados y, aunque incómodos también, las largas distancias se sobrellevaban mejor. En los de Tercera había bancos corridos de madera, como los bancos de parques y jardines. Cuando te levantabas para ir al retrete, o a estirarte las piernas, el culo lo tenías a rayas por la marca de las maderas. Claro que allí el viaje era más divertido pues la gente se contaba sus "batallitas" y más pronto que tarde sacaban la bota de vino, los quesos y chorizos y las fiambreras con tortilla de patata y fritangas, para compartir unos con otros. La única ventaja de ser pobre es la solidaridad, algo que no existe entre los ricos. Era ya un mundo mecánico e industrial, pero en unas ciudades sin coches y en unos pueblos sin tractores. Trabajo manual, con la única ayuda de mulos y carretas.

Durante la posguerra el tren ayudaba sobremanera a todos aquellos que se dedicaban al "estraperlo", único sistema que les permitía llevar a casa algunos alimentos extra, si tenían algo con qué pagarlos. Unas monedas, un anillo o cualquier otra joya, servía para pagar aquellos paquetes de arroz que se vendía en el mercado negro e incluso en el propio tren. Claro que muchas veces aquellas gentes tenían que tirar la mercancía por la ventanilla y hasta incluso lanzarse ellos mismos para evitar ser apresados por los guardias que también viajaban en el propio tren. Así, de estraperlo, llegó a Mallorca y San Sebastián una ruleta eléctrica que hizo su presentación en los Casinos de estas ciudades siempre repletas de gente adinerada. Claro que pronto se descubrió que estaban trucadas y su uso quedó prohibido.

Nunca olvidaré mi viaje de Burriana al Grao de Castellón en tren. Un tren pequeñito al que llamaban "la Panderola" y que hacía el recorrido de Castellón hasta la costa y también a varios pueblos próximos a la capital. Era un niño entonces y jamás había viajado en tren, aunque aquello era un tren en miniatura y a vapor. Entonces era una verdadero lujo para la capital de la Plana y una interesante herramienta para aquellas gentes que con el pequeño trenecito podían acercarse a la ciudad o a sus pueblos limítrofes a un precio muy bajo. Téngase en cuenta que había varias unidades y el servicio era pues bastante bueno para la época. Por increíble que parezca, por varias de las estrechas calles de Castellón pasaba este trenecito, cruzándose con caballerías y transeúntes. Alguna unidad llevada incluso mercancías del interior hasta el puerto de Castellón.

La Panderola en el centro de Castellón. (Plaza de la Paz).
Con este completo servicio, el pequeño tren no solo trasladaba a las personas, sino también a sus mercancías. Naranjas, frutos secos y algunas manufacturas de mimbre y palma que se hacían en los pueblos próximos y que por vía marítima podían venderse en plazas como Valencia o Barcelona. Castellón tenía su estación de Renfe y sus servicios con el resto de España, pero aquel pequeño tren de cercanías, dio buenos servicios a los castellonenses y a todos aquellos que, sin serlo, disfrutamos con sus viajes a 30 Km/h., una altísima velocidad que hacía temblar calles y edificios aparentando una ruina inminente. Dio pie a una canción que decía que "La Panderola es un tren que vola". El año 1963 fue el último para un sistema ya obsoleto. Mientras los SEAT-600 y otros utilitarios de parecidas características reclamaban el paso a la modernidad, las máquinas de La Panderola adornaron parques y jardines para no rodar jamás.

RAFAEL FABREGAT