22 de julio de 2013

1083- LA MUERTE BAJO TUS PIES.












Esas playas idílicas a las que acudimos durante el verano entre sonrisas amigables y tortilla de patatas regada con fresca cerveza del chiringuito, o de la bolsa nevera que muchos llevan con el fin de ahorrase unos dineros, no siempre fueron tal como las conocemos en la actualidad. La historia del mundo es larga y muchas de ellas han vivido episodios trágicos que la mayoría desconocemos.


Tal es el caso de la playa de La Franca, en las proximidades de la localidad del mismo nombre y desembocadura del río Cabra, que hace de divisoria entre la localidad de Ribadedeva y Llanes, en Asturias. 
Bajo esas sombrillas de alegres colores y a escasos centímetros de la toalla en que retozan y tuestan su piel los jóvenes asturianos, decenas de cadáveres descansan bajo las finas arenas retenidas por los altos acantilados de Santiuste y la sierra plana de Pimiango que aboca sus cicateras y esbardas sobre las mismas.

Decenas de estas playas emblemáticas se vieron involucradas en multitud de ocasiones por piratas berberiscos y por todos aquellos que nos precedieron en la conquista de la península ibérica. 
Su acceso a tierra no siempre fue pacífico y las finas arenas se cubrieron de cadáveres en multitud de ocasiones. 
No vamos aquí y ahora a citar la interminable relación de playas y hechos que han acontecido en una España peninsular cargada de historias milenarias. 
Nos limitaremos a una sola de estas playas (la de La Franca) y a hechos puntuales acontecidos en tiempos relativamente recientes de la Guerra Civil Española de 1936-1939.

Según testimonios fidedignos, resultado de las investigaciones llevadas a cabo por historiadores especialistas en la materia, los días 28 y 29 de Agosto de 1.937 tuvo lugar en esta playa asturiana un triste suceso como hay tantos en este tipo de guerras en las que una misma familia se ve abocada a luchar incluso contra sus propios hermanos. 
Nada menos que 84 presos políticos fueron ejecutados por el bando contrario en esta misma playa y sus cadáveres sepultados en fosas comunes bajo la arena.
Ningún sitio más fácil para cavar cuantas fosas hicieran falta, para esconder el pecado de unos odios sin sentido que ninguno de los que dispararon sentían. 
Entre el 1 y el 4 de Agosto había comenzado la ofensiva franquista sobre Asturias... 

A pesar del duro trabajo realizado para hacer frente al enemigo, las fuerzas republicanas no pudieron aguantar la embestida de un ejército más numeroso y mejor armado y rápidamente hubieron de replegarse. En su retirada los republicanos llevaron a cabo todo tipo de tropelías, como igual hicieron los franquistas en otros episodios de la contienda, especialmente contra los prisioneros. 
En varios pueblos y parajes decenas de soldados y civiles fueron ajusticiados en represalia por las fuerzas en retirada, pero uno de los puntos, desgraciadamente famosos, fue la playa de La Franca donde el día 28 de Agosto eran ajusticiados 40 prisioneros y otros 44 al día siguiente. De ellos 50 eran guardias civiles que habían sido apresados tras la rendición del cuartel gijonés de Simancas. 

No son solo esos 84 prisioneros nacionales los que por lo visto se encuentran bajo las arenas de esa playa asturiana sino que también otros prisioneros, esta vez republicanos, descansan en lugar tan idílico hoy para el turismo nacional e internacional. 
Esto fue mucho más tarde cuando, la misma playa de La Francafue escenario en 1.948 de la emboscada y posterior asesinato de un grupo de guerrilleros antifranquistas, uno de los cuales había participado en la masacre de 1.937. 
Pues bien, como ésta hay decenas de historias que salpican una España inquieta y mil veces conquistada por los diferentes pueblos que por aquí han pasado a lo largo de la Historia, para ser reconquistada posteriormente por los autóctonos.

Las playas han sido siempre lugar de encuentros y desencuentros. Embarcos y desembarcos donde unos intentan lo que otros quieren impedir. 
La playa de los alemanes, en Tarifa (Segunda Guerra Mundial). Playa de Poniente, en Benidorm (Guerra de la Independencia). Playa de Mata Negra, en Huelva (II Guerra Mundial). Playa de Alhucemas, en Tarifa (Guerra del Rif). Playa de la Barrosa, en Cádiz (Guerra de la Independencia)... y un larguísimo etcétera. 
Como estas hay decenas, cientos de playas que han sido testigo mudo de otras tantas tropelías, miles a lo largo de todo el mundo, que provocaron miles de muertos cuyos restos descansan bajo la arena. 
A la vista nada queda de aquellos episodios pero no falta constancia, algunas veces documentada, de muchos de ellos. 
Estos trágicos sucesos no deben impedir que disfrutemos de nuestro tiempo de ocio en tan bonitos lugares. Son agua pasada que no mueve molino, pero que debemos procurar no se repitan. 

RAFAEL FABREGAT

21 de julio de 2013

1082- LA CUARTA PIRÁMIDE.











Cinco años atrás un grupo internacional de arqueólogos descubrió, tras doce años de excavaciones, la que se considera "la cuarta pirámide egipcia del valle de Giza". Destruida por los romanos y aprovechada durante siglos como cantera para la ciudad de El Cairo, hasta hacerla desaparecer casi por completo, nadie recordaba su existencia y menos aún su emplazamiento. 


DYADEFRA. Museo del Louvre.
Se trataba de la morada funeraria del faraón Dyedefra, tercer faraón de la Dinastía IV, hijo y sucesor de Keops que reinó en Egipto a partir del año 2.556 a.C. Keops tuvo muchas esposas y decenas de hijos pero solo cuatro de ellos gobernaron Egipto. El primero de ellos fue Dyedefra. No era el hijo primogénito y no le correspondía por tanto reinar a la muerte de su padre, pero asesinó a su hermano Kawad, que era el primogénito y le arrebató el trono. Era algo bastante frecuente en aquellos tiempos. Una probable instigadora del hecho sería su propia hermana Hetepheres con la que se casó posteriormente. El Canon de Turín le otorga un reinado de ocho años, aunque diferentes historiadores de la Grecia Antigua aseguran que Dyedefra reinó por un periodo aproximado de 25 años. De hecho la fecha más alta conocida de su reinado fue el undécimo censo de ganado por lo que, teniendo en cuenta que los censos eran bienales, es fácil deducir que, como mínimo, gobernaría 21/22 años. 

La pirámide de Dyedefra fue construida en Abu Roash, a 8 Km. de Guiza, bastante alejada por tanto de la de su padre Keops. En ruinas desde la antigüedad, ha sido siempre objeto de controversia. Desde muy antiguo se pensaba que Jefra, hermano sucesor de Dyedefra, destruyó la tumba de su hermano al haber accedido al trono gracias al asesinato del primogénito Kawad, hermano de ambos, pero las pruebas apuntan que fueron los romanos. Respecto a su construcción, recientes estudios hacen pensar que la avanzada edad del faraón hizo que se eligiera un emplazamiento elevado que permitiera ganar en altura a la de su padre Keops con menos esfuerzo y tiempo de construcción. También se realizó con los mejores materiales. El descubrimiento de construcciones próximas de culto indican que el enterramiento llegó a realizarse y no quedó inconclusa como algunos historiadores apuntaron décadas atrás. 

La cantera estaba situada a 800 Km. de distancia y los bloques, de hasta 25 toneladas de peso, llegaban por el Nilo siendo arrastrados posteriormente por 370 personas hasta su emplazamiento definitivo. Se estima que trabajarían unos 15.000 operarios en esta inmensa obra. 
En este caso la cámara funeraria se encuentra en la parte baja de la pirámide. Una profunda grieta en la tierra, actualmente al aire libre, deja al descubierto que se utilizó argamasa para acondicionar y consolidar el pasadizo por donde había que deslizar el inmenso sarcófago de granito y el interior del recinto donde había de descansar el cuerpo del faraón.

Otros indicios descubiertos recientemente dejan claro que la destrucción de esta pirámide tuvo lugar en época romana y que, de forma inmediata, fueron ellos y los propios egipcios quienes la fueron utilizando como cantera para la ciudad del Cairo hasta su práctica desaparición. 
Con una base de 106 m. de lado, 68 m. de altura y 52º de inclinación, estaba 7,62 m. más elevada que la de su padre puesto que se encontraba sobre una colina, a 220 m. sobre el nivel del mar, motivo por el que se eligiría dicho emplazamiento. 
Los estudios llevados a cabo sugieren que esta pirámide fue construida en tres partes: un primer zócalo de 12 m. de altura de granito pulido, un cuerpo superior revestido de piedra caliza y coronación mediante una piedra piramidal forrada de electro; aleación natural de oro, plata, cobre, etc. 

Como todos los faraones, Dyadefra tuvo también varias esposas e hijos. La principal era Hetepheres II su hermanastra, hija de una de las esposas secundarias de Keops y a la que eligiría como forma de consolidar la sucesión al trono. 
Sin embargo tuvo otra esposa que dejó mayor huella en la vida de Dyadefra: Jentetenka, con la que tuvo al menos tres hijos y una hija. 
Fue el primer faraón que usó el apelativo de dios Ra añadiéndolo al final de su nombre real que era solamente Dyadef.
 Para desgracia de los aficionados hay que decir que los restos de esta cuarta pirámide egipcia, la más alta jamás construida, queda fuera de las rutas turísticas. Se puede, eso sí, ir por libre con un vehículo alquilado pero el acceso puede resultar complicado puesto que está ubicada en una zona militar.

Se tenían noticias de la existencia de esta pirámide desde el siglo XIX pero ya nadie conocía su emplazamiento ni se habían realizado investigaciones serias al respecto, mucho menos las propias autoridades egipcias. 
La leyenda, de todo punto imposible, dice que su construcción significó una carrera contra el tiempo puesto que tan solo duró 7/8 años. Queriendo ganar en altura a la de su padre, se buscó un emplazamiento elevado que lograra el objetivo de situar la cumbre más cerca del cielo, aún siendo más pequeña. 
Al separarla de aquel, lo que realmente consiguió Dyadefra es que fuera más rápidamente olvidada y más fácilmente destruida. 
En pocos siglos se convirtió en "la pirámide perdida". 
Saqueadores romanos y egipcios aprovecharon sus monumentales piedras durante siglos y cuando apenas quedaron las piedras de su base, la arena del desierto hizo el resto hasta hacerla desaparecer por completo.

RAFAEL FABREGAT

20 de julio de 2013

1081- LAS VIRTUDES DEL HOMBRE.

EL VATICANO.- Las virtudes cardinales. (Rafael)
FE, ESPERANZA y CARIDAD son las tres virtudes teologales que tradicionalmente cuenta la Iglesia como hábitos que Dios imprime en la inteligencia de cada ser humano para que éste las administre a conciencia y en plena libertad. Aparte de éstas hay otras complementarias y más terrenales que son las virtudes cardinales

Para demostrar la existencia de las virtudes teologales, los cristianos suelen partir de ciertos textos de las Sagradas Escrituras que, reunidos en el mismo compendio de fe, suelen decir que Dios nos dio el amor por medio del Espíritu Santo, momento a partir del cual permanece en nuestros corazones no solo el amor, sino también la esperanza y la fe en su existencia y en las enseñanzas de su hijo Jesucristo. 
No se trata de verdades demostradas, sino espirituales, simple cuestión de fe. 
En el siglo XII el papa Inocencio III, de vida humilde y destacable, por predicar siempre con el ejemplo de sus actos, hablaba de las discusiones sobre si los niños recibían las virtudes teologales al ser bautizados.

Inocencio III dijo que efectivamente llegaban con el bautismo y servían para ayudar a los cristianos a establecer su relación con Dios. 
El bautismo requiere de las virtudes teologales, por lo que no puede haber uno sin las otras ni éstas sin el bautismo. 
A partir del bautismo la fe permite la oración y el diálogo con Dios. 
La esperanza del retorno de Jesucristo y la caridad derramada por el Espíritu Santo en el corazón de los cristianos, se convierte en vía de comunicación con el Santo Padre celestial. 
Así de clara y contundente es la enseñanza católica al respecto de las virtudes teologales

Algo más terrenales, repito, son las virtudes cardinales... 
Para los griegos la excelencia de una persona consistía en el cultivo de la Fortaleza, la Templanza y la Justicia pero Platón, en un compendio de filosofía política sobre el estado ideal (La República), añadió una cuarta que era la Prudencia, como forma de impartir mejor la justicia. A partir de ese momento fueron cuatro y no tres las virtudes cardinales. 
Estas virtudes fueron plasmadas también por Cicerón en su Tratado del año 44 a.C. sobre los deberes u obligaciones del ser humano y por el emperador y filósofo Marco Aurelio en su gran obra "Meditaciones", escrita entre 170-175 d.C. en griego helenístico y en la que expone lo que podría ser el modelo perfecto de gobierno. 
Este emperador, de origen hispánico, fue el último del grupo de los llamados "Cinco Buenos Emperadores" y la figura más representativa de la filosofía estoica. 
Posteriormente, el Cristianismo añadiría las virtudes teologales como complemento a lo que debería ser una vida de paz y amor entre todos los hombres, nuestros hermanos.

Desde el punto de vista de la teología Católica, las virtudes cardinales disponen al entendimiento de los hombres, pero es la razón iluminada de la Fe la que lleva a dicho entendimiento. 
A estas virtudes (cardinales) las preside la honestidad del ser humano, pero no tienen presente a Dios. 
Su objeto es ético, precursor del bien como fundamento moral, sin buscar ninguna intercesión divina. 
Partiendo de textos de las Sagradas Escrituras, Santo Tomás de Aquino y otros escribieron más o menos lo siguiente:

"Si amas la justicia, el fruto de su sabiduría es la virtud, porque ella enseña la prudencia, la templanza y la fortaleza. 
Juntas son la mayor virtud en la vida de los hombres". 
Para ello... "Debemos mostrar en nuestra fe virtud, en la virtud ciencia, en la ciencia templanza, en la templanza paciencia, en la paciencia piedad, en la piedad fraternidad y en la fraternidad caridad.
El resumen de todo ello es el amor
Si la humanidad dejara a un lado egoísmos y fijara su meta en el bien común, amándose como hermanos que son, la vida sería tal paraíso que no sería siquiera necesario pensar en el Cielo como meta a encontrar tras la muerte. 
El Cielo estaría aquí, en la Tierra...

RAFAEL FABREGAT

19 de julio de 2013

1080- LOS PRIMITIVOS AMERICANOS.

De acuerdo con los últimos datos, obtenidos del análisis de objetos y restos óseos encontrados en las excavaciones llevadas a cabo en diferentes territorios americanos, se ha llegado a la conclusión de que los primeros pobladores habrían llegado de Asia en diferentes etapas. 
Pruebas de ADN y otros tipos de análisis demuestran que territorios y pueblos tan diversos como los esquimales de Alaska o los Yanomamos de Brasil, tienen mucho en común. 
Las últimas investigaciones intentan establecer la procedencia más exacta posible de estas etnias que se creen emparentadas con poblaciones de Mongolia o nordeste de Siberia y que llegaron al continente americano unos 10.000 años atrás, mucho más recientemente de lo que se creía hasta ahora.

Se trataría pues de una cultura neolítica llegada por el estrecho de Bering, como única vía más probable y que con el tiempo fue expandiéndose hacia el sur, en busca de pastos y un clima más agradable. 
Las investigaciones realizadas vienen a demostrar que estos indígenas, ya totalmente adaptados y desarrollados dentro del continente americano, seguían siendo portadores de diferentes características raciales mongólicas y siberianas, pero derivadas de un tronco común. 
Hay discusión en el número de migraciones y su fecha de llegada, que algunos datan hasta en 15.000 años de antigüedad
Como suele suceder en estos casos, hay opiniones para todos los gustos y raras veces suelen ser coincidentes. 

Se cree que, así como parece claro que las primeras oleadas pudieran ser de procedencia asiática, las llegadas más recientes podrían ser oceánicas y concretamente llegadas de algunas islas de Oceanía y de la propia Australia. Este origen oceánico podría darse con toda probabilidad a los diferentes pueblos indígenas de California y también a los onas y tehuelches instalados en la Patagonia argentina, lo que indica que pudieron desembarcar por todo el continente. 
Estos últimos se organizaban en clanes pero no tenían jefes, siendo los ancianos quienes tenían el liderazgo principal. Se trataba normalmente de grupos reducidos de tres o cuatro familias con un médico o hechicero que se encargaba de la salud del grupo y del ceremonial a llevar a cabo con los diferentes espíritus.

Era práctica común entre ellos el casamiento con varias hermanas, o con la madre viuda y sus hijas, así como heredar a la mujer del hermano en caso de fallecimiento de éste. 
A la muerte del hombre de la casa, ésta se quemaba y mujeres y descendientes se trasladaban a la casa de quien fuera su nuevo patriarca o, de no haberlo, se construían una casa nueva. 
Las pieles de los animales que cazaban eran muy apreciadas puesto que se cubrían con ellas y fabricaban su calzado y la cubierta de la choza que habitaban. 
A la muerte de uno de ellos, éste era enterrado envuelto en sus pieles más personales así como sus armas, normalmente su arco y el carcaj con sus flechas.

Anteriormente hubo una teoría, ya descartada, de que los indios americanos primitivos eran autóctonos, se desarrollaron en el continente y no procedían por tanto de lugar alguno. A ésta le siguió otra que afirmaba que la humanidad nació y evolucionó paralelamente en los cuatro continentes principales a la vez. 
En la actualidad la opinión mundialmente aceptada es que el ser humano apareció en África y desde allí se expandió por todo el planeta, siendo con toda seguridad el estrecho de Bering la puerta de entrada al continente americano. 
Como tantas cosas de la vida, la realidad no la sabe nadie y por lo tanto cada cual tiene su opinión y sus teorías. 
Para eso se inventaron los dioses y las religiones. Para dar explicación a aquello que no la tiene y además vivir de ello. Y muy bien, por cierto... (Vaya gentuza).

RAFAEL FABREGAT

18 de julio de 2013

1079- EL FIN DE UN IMPERIO.

Emperador Teodosio I.
Nos cabe, a los españoles, el honor de que Teodosio I el Grande, último de los emperadores que gobernaron sobre todo el Imperio Romano, fuera español y más concreto de la ciudad, hoy segoviana, de Coca. 
Nació el año 347 y era hijo de Teodosio el Viejo, cristiano ortodoxo y destacado general del imperio que alcanzó la dignidad de Conde de Britania en el 368 tras una campaña de control de invasiones bárbaras y algunas rebeliones locales. 
Seis años después de esta campaña y nombramiento, el padre cayó en desgracia y fue ejecutado tras lo cual Teodosio se retiró a Hispania probablemente castigado por Valentiniano I por la pérdida de dos legiones en lucha contra los sármatas
Tras la muerte de Valentiniano I en 375, el trono pasó a sus dos hijos (Valentiniano II y Graciano) y a la muerte del primero en el 379, Graciano nombró a Teodosio co-augusto de Oriente en agradecimiento por su ayuda en la lucha contra quienes querían usurparle el trono. 
Sin embargo seis años después (385) Graciano también sería asesinado en el transcurso de unas rebeliones y Teodosio I quedó como único emperador del Imperio romano hasta su muerte en Milán el año 395.

La muerte de Teodosio dividió el Imperio en dos mitades, al cederlo a sus hijos y facilitó más si cabe el dominio de los bárbaros. Burgundios, Alanos, Suevos y Vándalos camparon a sus anchas por toda la parte occidental del Imperio, dominando Hispania y llegando hasta el norte de África. El imperio romano occidental quedaba limitado a la península Itálica y a una estrecha franja del sur de la Galia. Finalmente, en el año 402 los Godos invadieron la península Itálica y obligaron a los emperadores a refugiarse en Rávena, una zona más segura que las ciudades imperiales de Roma o Milán por estar rodeada de zonas pantanosas. Mientras ellos permanecían allí impotentes, los bárbaros saqueaban las ciudades romanas sin que nadie osara hacerles frente. En el 410 las tropas de Alarico entraron en Roma y durante tres días mataron a todos los que se enfrentaron a ellos, saquearon la ciudad, profanaron los templos y robaron cuantos tesoros encontraron.

Saqueada y destruida la capital, quedaban pocas esperanzas de que el antiguo imperio pudiera renacer de entre tantas cenizas. 
Incluso los propios cristianos, anteriormente perseguidos por los romanos, veían en estos aconteceres la mano de Dios y el fin definitivo del Imperio, sino del mundo. 
Tan extralimitados temores condujeron a muchos al abandono de sus obligaciones y a la venta de sus pertenencias en un intento por escapar de la masacre. 
El propio San Agustín, obispo de Hipona, intentando salir al paso de tan sombríos presagios explicó a los cristianos en sus homilías que Roma era tan solo la ciudad de los hombres y que la Ciudad de Dios, identificada con su Iglesia, sobreviviría para demostrar a los propios bárbaros que nada había tan poderoso como las enseñanzas de Jesucristo. 

Finalmente, en el año 475 llegó al trono Rómulo Augústulo, nombre que pretendía unir el del fundador de Roma con el de su más emblemático emperador, pero parece ser que nada había en él que recordara a ninguno de aquellos grandes personajes. 
Apenas un año después era depuesto por el bárbaro Odoacro que declaro vacante el trono de los césares y de forma inmediata lo ocupó él mismo quedando como patricio de Roma aceptado, que remedio, por Bizancio. 
Se dio la paradoja de que Odoacro fue justamente el que más privilegios dio a los romanos y, aunque arriano, se mostró siempre tolerante con los católicos. 
Así, sin más guerras ni alarde de fuerza, el Imperio romano occidental quedaba borrado de la faz de la tierra. 
Diez años más tarde sería asesinado personalmente por Teodorico, rey de los ostrogodos
Cuando éste le clavó la espada exclamó: ¿donde está Dios?. Teodorico respondió: ¡así trataste tú a mis amigos!. 
Con Teodorico, Roma disfrutó de un periodo de paz que sobrepasó los 30 años.

Mientras tanto el Impero Romano Oriental o Bizantino sobreviviría mil años más, hasta 1.453 cuando los turcos derrocaron al último emperador de Bizancio, Constantino XI Paleólogo, último de los descendientes de Rómulo, el fundador de Roma. 
El día 24 de Mayo de 1.453, tras un asedio de dos meses, Mehmet II y sus tropas otomanas entraron en la ciudad de Constantinopla
El emperador Constantino XI fue visto por última vez cuando entraba en combate contra los jenízaros de los sitiadores otomanos. 
Era el fin definitivo del Imperio Romano y el nacimiento del otro gran Imperio, el Otomano. Pero esa es otra historia...

RAFAEL FABREGAT

17 de julio de 2013

1078- EL IMPERIO SELYÚCIDA.















AFRASIAB.- Restos de la muralla original.

En origen era una familia turca de los Kinik asentada al norte del mar de Aral, en el Asia Central. Convertidos al islam a finales del siglo X, este pueblo de valerosos luchadores migró hacia el sur dirigido por el que entonces fuera su jefe, Selyuq ibn Duqaq y del que procede el nombre de la dinastía. Selyuq aseguraba ser descendiente del mítico rey Afrasiab, fundador de la ciudad del mismo nombre, próxima a Samarcanda. Ese origen dataría del siglo VIII a.C. del que él mismo decía que le separaban treinta y cuatro generaciones. 

Debido a la escasez de pastos y presionado por otras tribus hermanas que se los disputaban, el clan Selyúcida se separó de la confederación de los nueve clanes de los Tokuz-Oghuz, asentada entre los mares de Aral y Caspio estableciéndose a la orilla derecha del río Sir-Daria. 
El sultán gaznavida (Mahmud de Gazni) que dominaba la región aceptó su llegada y nombró a los cuatro hijos de Selyuq sus auxiliares. 
A la muerte de Selyuq en el 1.038 sus hijos ya se habían apoderado del territorio de Mahmud y el mayor de ellos (Togrüll) se había proclamado emir de Khorasán expandiendo sus incursiones por todo el noreste de Irán. 
Las victorias selyúcicas se sucedieron y en 1.055 habían llegado a Bagdad, nombrándose a sí mismo ganador del califato abasida y adquiriendo el título de sultán, siendo el primero que grabó ese título en las monedas en circulación. 

Togrüll fue sucedido por Alp Arslan (1063-1072) verdadero fundador del imperio, que estableció su capital en la actual Teherán. Conquistó Alepo, Armenia y parte de las tierras orientales del Imperio Bizantino. 
Venciendo a Romano IV en la batalla de Mantzikert (1071) comenzaba el poder turcomano en Anatolia, precursor del Imperio Otomano y la Turquía actual. 

A partir de ese momento los gobernantes de las tierras bizantinas conquistadas se constituirían en una rama independiente que sería llamada Selyúcidas de Rum
El máximo apogeo del Imperio Selyúcida, constituido por un territorio de 6 millones de Km2., se produciría con el reinado de su hijo Malik Shah (1072-1092). 
Adoptó el persa como idioma oficial y gobernó también sobre toda el Asia Menor, aunque gracias sobre todo al ingenio de su visir Nizam-al Mulk
Con los años el Imperio se desmembró en varios sultanatos menores (Kermán, Irak, Siria) que se debilitaron rápidamente. 
Tras la muerte de Malik Shah estalló una guerra civil que acabaría con el Imperio Selyúcida. 

Khorasán fue la primera en liberarse del poder turco, al tiempo que los gobernadores de Irán, Irak, Siria y la región de Yazira se proclamarían sultanes de sus territorios respectivos. En Kerman y Siria nacerían varios reinos efímeros, rápidamente doblegados por el último sultán selyúcida Togrüll II (1176-1194) que murió guerreando contra los insurgentes. 
El sultanato de Rum fue el único que mantuvo su identidad hasta 1.302, bajo la protección del Imperio Bizantino y a cambio de que sus tropas sirvieran como mercenarios cuando fueran requeridos. 
Estaban asentados en Anatolia y se expandieron por Mesopotamia y Armenia. 

MEHMED VI, último sultán otomano.
Aún conocieron una época de esplendor, con puerto mediterráneo en Antalya, desde donde servían de enlace al comercio entre Europa y Extremo Oriente. 
También tenían puerto en Sinop, en el mar Negro. 
A partir de 1.231 los mongoles fueron arrasando y fraccionando el sultanato. Pocos rincones del sultanato quedaron libres de sus incursiones. 
Los osmanlíes, instalados en las estepas occidentales del Turkestán quedarían al margen y serían el núcleo del que nacería el Imperio Otomano, auténticos descendientes del primer selyúcida Selyuq ibn Duqaq
El primer soberano otomano que sucedió a los selyúcidas sería Osmán I (1299-1326) aunque sería su hijo Orhan I (1324-1360) el que estableció las bases del nuevo estado que se convertiría con el tiempo en el gran Imperio Otomano hasta su decadencia tras la muerte de Solimán el Magnífico en 1566. 
A pesar de dicha decadencia, los sultanes del antiguo imperio otomano siguieron en el poder durante más de tres siglos, hasta el final de la I Guerra mundial (1.918) cuando los otomanos fueron derrotados por los aliados y su último sultán Mehmed VI hubo de acatar la Constitución de la nueva República. 
En 1.922 su presidente Kemal Atatürk abolió el sultanato y puso fin al imperio otomano y a la última raíz selyúcida.
Así es la Historia, tan sencilla y tan complicada a la vez.

RAFAEL FABREGAT