Mostrando entradas con la etiqueta El colegio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El colegio. Mostrar todas las entradas

11 de noviembre de 2013

1179- CALEFACCIÓN ESCOLAR EN 1960.

Ignoro que pasaría en otros colegios de nuestra querida España porque, claro, nuestro pueblo -Cabanes- es de montaña y contrariamente a lo que ocurre actualmente, en 1960 los inviernos eran muy crudos y especialmente yendo casi todos vestidos con poca ropa y de escasa calidad. Grandes escarchas y nieve o aguanieve media docena de veces cada invierno amorataba aquellas piernecitas, desnudas ante la moda del pantalón corto. El frío por viento no era menor pues me contaba mi padre, gran aficionado a la caza de pájaros con red que se llevaba a cabo con viento del norte, que cada día debía salir varias veces de su "barraca" para romper el hielo que se formaba en la "pileta" a la que los pájaros acudían a beber, modalidad de caza actualmente prohibida.

En las horas de recreo escolar los maestros se ponían al sol y al resguardo del viento se liaban allí los cigarrillos de picadura y librito de papel que entonces se fumaban con verdadera  fruición, auténtico deleite diría yo, en una época en la que casi se consideraba "mariquita" a quien no fumase como un carretero. Los niños, aunque no muy bien alimentados, nunca teníamos frío correteando por aquel patio escolar, saltando o emulando al héroe de la última película vista en la pantalla del cine Benavente. Claro que para entonces ya eran las once y media de la mañana y el sol empezaba a calentar. No sucedía lo mismo a nuestra llegada al colegio, a las nueve de la mañana, mientras cantábamos el obligado "cara al sol" izando las tres banderas (española, falange y requetés) a sus respectivos mástiles.

A mucha gente le resultará extraña esta imagen pero así estaban todas las carreteras españolas en 1950-60. ¡Llenas de árboles!. En tiempos de tanto frío y escasez a alguien se le ocurrió la brillante idea de que, como las motos y los coches eran cada día más potentes y corredores (ya rondando los 80/90 Km. por hora) había llegado el momento de arrancar todos los árboles que poblaban las carreteras españolas para que, si se salían de la calzada, no se matasen al estrellarse contra sus troncos. Por otra parte, la madera recolectada se dedicaría a calentar las moradas piernecitas de los escolares de aquellos crudos inviernos con privaciones de toda índole. Una gran idea que hay que resaltar.

Con la leche en polvo de la mañana y el queso de bola de media tarde, todo ello proporcionado por los americanos del Plan Marshall y unas estufas de hierro alimentadas por los millones de árboles que poblaban todas las carreteras españolas, los aplausos hacia la figura de Franco estaban asegurados. Hasta entonces el 95% del tráfico por carretera en el medio rural, era de carros y carretas. Hay que tener en cuenta que incluso los "ordinarios" que se encargaban del acarreo o suministro de toda clase de mercaderías desde los almacenes ubicados en la capital provincial, con destino a las tiendas de ultramarinos de los pueblos de la provincia, se llevaba a cabo con mucha paciencia y mediante carros tirados por una o varias mulas. 

Se agradecía por tanto, por parte de aquellos usuarios de las vías públicas, que las carreteras estuvieran pobladas de árboles y poder recorrer aquellas largas distancias por lugar sombreado, en lugar de hacerlo bajo un sol abrasador. Pero, claro, en esa época empezaron a circular las camionetas y a dejar de hacerlo los carros tirados por animales. 
Con ese tipo de vehículos no se acortaban las distancias pero sí el tiempo empleado en recorrerlas. Con la ventaja añadida de que los caballos empleados en este tipo de vehículos no precisaban parar para descansar o abrevar, sin contar con que sus dueños podían ir cómodamente sentados en un mullido asiento, en lugar de ir todo el viaje caminando dirigiendo al mulo cogidos del ronzal. 

La fresca sombra de nuestras carreteras dejaba de ser imprescindible para convertirse en un auténtico peligro ya que, salirse de la vía a 70/80 Km./hora era todo un riesgo que había de evitarse. 
Se cortaron pues los árboles y se pensó, con gran acierto, dedicar todo aquel brutal volumen de madera a calentar a los escolares españoles. 
Se dotaron las aulas de estufas de hierro y se cortaron los millones de árboles que poblaban las carreteras de forma sistemática y a medida que la madera se necesitaba, lo que garantizó el suministro durante toda una década. 
En cada comarca los troncos eran llevados a las carpinterías locales para su corte en piezas menudas que alimentaran las estufas con comodidad y el encendido se llevaba a cabo con unas ramitas secas y un trozo de papel, pues las pastillas impregnadas que actualmente usamos en chimeneas y barbacoas todavía no se habían inventado. 
Cada mañana y por riguroso turno, dos escolares iban al leñero y traían un capazo de leña al aula, quedando también encargados de encender la estufa. 

Ni que decir tiene que algunos días de viento casi nos asfixiábamos en las aulas, pero aquel humo endiablado daba calorcillo y allí aguantábamos divinamente, aunque escociéndonos los ojos. 
Cuando el día era de una dureza invernal inusitada, cosa harto frecuente, el calor de la estufa no era suficiente para tener el aula medianamente templada y en ese caso el maestro y los alumnos nos daba la lección poniéndonos todos alrededor de la estufa, con fin de moderar con esa proximidad el frío reinante. 

En nuestra tierra el árbol de carretera más abundante era la acacia, una madera que "tiraba" poco estando seca y nada si estaba tierna. Pero era gratuita y descargada en el propio colegio, con lo cual había pocos motivos de queja. Todavía hoy recuerdo perfectamente el olor que hace la leña de ese árbol en particular, entre picante y dulzón. 
Los primeros días eran duros puesto que aquella leña no "tiraba", pero dos semanas después había perdido buena parte de la humedad y se encendía mejor. 
No muy bien alimentados, los sabañones salpicaban las orejas y dedos del alumnado y durante las primeras horas de clase no parábamos de rascarnos. Después el calorcillo de la estufa de leña se propagaba por el aula y la cosa mejoraba bastante. Las estufas y el tazón de leche americana caliente, ayudaban a sobrellevar la mañana. Los maestros no estaban mucho mejor pues su jornal era más bien escaso, motivo por el cual agradecían y mucho el recibir algún presente. El refranero decía: "Pasas más hambre que un maestro de escuela" lo cual nos demuestra una vez más que, definitivamente, eran otros tiempos...

RAFAEL FABREGAT

4 de marzo de 2013

0941- EL MUNDO DE LA SEDA.

Escuela nacional franquista.
En las escuelas de Enseñanza Primaria de la época de Franco era común cantar el "Cara al sol", brazos en alto, acto previo al acceso de los niños a las aulas. Tras el himno e izado de la bandera, la primera misión era dar de comer a los gusanos de seda, como forma de enseñar al alumnado la cría y reproducción de estos laboriosos invertebrados. En una de aquellas habitaciones no utilizadas como aula, los maestros ponían 
cañizos apilados y separados unos de otros con latas vacías de conserva y criaban unos cientos, quizás miles, de gusanos para que toda la población escolar viera con detalle el funcionamiento de lo que bien podían ser las granjas de este lepidóptero originario del norte de Asia. 

Gusanos de seda.
Como recurso educativo, la dirección del colegio adquiría un cierto número de capullos de seda que, en las semanas siguientes, daban paso a la salida de las mariposas y a la puesta de unos minúsculos huevecillos de los que, con la llegada de la primavera, nacían los pequeños gusanos a los que se alimentaba con hojas tiernas del árbol de la morera, variedad relativamente abundante en la España de aquellos tiempos. Finalmente todo el alumnado acababa teniendo en su casa media docena de aquellos animalitos metidos dentro de una caja de zapatos para desespero de sus padres.

Ruta de la Seda.

Los gusanos, ávidos comedores de aquellas tiernas hojas, engordaban rápidamente para después formar nuevamente el capullo inicial y encerrarse dentro, a fin de convertirse en mariposa y dar paso a una nueva generación de gusanos. 

Imperio Partho.
La leyenda nos dice que en el año 3400 a.C. la emperatriz china Xi Ling-Shi tomaba el té bajo una morera cuando, de improviso, un capullo vino a caer en su taza. Aunque en principio la taza fue abandonada sobre la mesa, unos minutos después la princesa cogió curiosa aquel pequeño ovillo viendo que se trataba de un hilo fuerte y brillante que se podía tejer. Tardaría muchos años en demostrarse su utilidad y siglos en ser conocida esta tela excepcional puesto que la ínfima producción solo estaba destinada a la familia imperial china. No sería hasta el siglo I d.C. cuando, aunque todavía muy limitada, una producción relativamente mayor permitió regalos e intercambios entre mandatarios de otros países. De todas formas la producción era todavía muy limitada y alto secreto nacional. La extraordinaria tela se conocía en todo el mundo civilizado, pero nadie sabía cual era la materia prima empleada. 

Pieza de tela de seda.
Ninguna imagen puede reflejar el extraordinario tacto de la seda. La reputación de aquel tejido tan especial llegó a conocimiento de los romanos, que la vieron por vez primera tras la derrota infringida al Imperio Parto. Aunque en cantidad muy limitada, los Partos tenían establecidos intercambios comerciales con Oriente y ya disfrutaban del suave tacto de aquella tela desconocida en occidente. En el siglo IV d.C. y por primera vez en la historia, alguien sacó de China algunos capullos de seda y unas décadas después aparecieron en Asia Central granjas de esta especie de gusano y los primeros talleres artesanales para la fabricación de tejido. Un siglo después (V d.C.) la seda llegó a Europa. Contrariamente a lo que los chinos pensaban, el conocimiento europeo de la seda no perjudicó su demanda sino que, más bien al contrario, ésta se multiplicó mil veces dando paso al mayor protagonismo de la ruta entre oriente y occidente. En los primeros siglos de nuestra Era la seda era tan apreciada que los chinos la usaron como intercambio de caballos, metales preciosos y objetos de lujo de los países con los que comerciaban. 

Vestido medieval de lino.
Acostumbrados a vestir con bastas telas de lino o algodón y conocedores de este descubrimiento sin precedentes, las familias reales europeas y las de ricos comerciantes pagaban auténticas fortunas por una pieza de aquella tela de tan delicados y brillantes colores, intensificándose un comercio que viajaba a través de miles de kilómetros por desiertos y caminos intransitables. Sin embargo la cría del gusano de seda no llegaría a Europa hasta el siglo VI cuando dos monjes enviados por el emperador Justiniano consiguieron sacar de China, ocultos en una caña de bambú, huevos de gusanos de seda y semillas de morera, único alimento que come esta especie de lepidópteros. Aún así la producción de gusanos en Europa a gran escala, tardaría en cuajar y los primeros talleres de seda y telas de este material no se instalarían en Venecia (Italia) hasta principios del siglo XII, parecida fecha en la que Marco Polo viajaría a China (1271) en compañía de su padre y de su tío, socios mercaderes venecianos que serían los primeros europeos en viajar a este país por "la Ruta de la Seda"Se dice que la familia Polo fue la que trajo a Europa el invento chino de la pólvora. La primera vez que dicho invento fue utilizado en el continente europeo, fue en la Batalla de Niebla (Huelva, 1262). 

Capullos y gusanos de seda.
La ruta no era un camino lineal, sino una serie de etapas entre distintas poblaciones y reinos, cuyo final eran las tierras del maestro Confucio
La seda es pues una fibra natural de tipo proteínico. El capullo, formado por un gusano adulto llegado a su fase máxima, se encierra sobre sí mismo para dar paso a su metamorfosis. Convertido en mariposa hace su puesta de huevos y se inicia nuevamente el ciclo. Es pues ese capullo el que, escaldado y deshilado, produce una fibra de casi 1 Km. de largo. La producción industrial de seda es pues la cría masiva de gusanos y el uso de los capullos formados por éstos antes de realizar su metamorfosis, ya que la salida de la mariposa significa la perforación y consiguiente corte de las fibras que constituyen el capullo. 

Deshilvanado de capullos.
Cosechados todos los capullos que se quieren aprovechar para la producción de seda y previamente escaldados, se busca el inicio de la fibra de cada uno de ellos y se atan a una rueca o devanadora donde van hilvanándose de forma artesanal. Ese es el modo más rudimentario de producir la seda aunque, claro está, aquello ha pasado a la historia y en la actualidad la fibra se produce de forma totalmente mecanizada. De todas formas la perfección de la industria sintética textil  y los bajos precios a los que se consiguen estos materiales, ha relegado a la seda a bajos niveles de uso, impensables pocas décadas atrás. La modernización industrial acaba con todos los productos artesanales, algunos de ellos totalmente irrepetibles, pero así es la vida y el mundo moderno que nos ha tocado vivir.


Ya en la Odisea de Homero (s.VIII a.C.) se dice que Odiseo vestía una camisa "brillante como la piel de una cebolla seca"
Lógicamente los historiadores atribuyen esta definición a lo que podría ser una camisa de seda, aunque no hay noticias de que esta prenda hubiera podido llegar a sus manos en esa época tan remota. 
La introducción de este vaporoso material en la Península Ibérica, no llegó hasta la invasión islámica, a principios del siglo VIII. 

RAFAEL FABREGAT

22 de junio de 2010

0099- LA ENSEÑANZA EN TIEMPOS DE FRANCO.

Amanece un día cualquiera de otoño en Cabanes. Hacia las ocho me llama mi "tía" (madrastra). No sé por qué tan temprano, me pregunto.
Me visto. Pantalón corto con dos parches en el culo -la moda de entonces y ahora-, camisa con el cuello raído, viejo jersey con alguna mancha y más de un agujero.)Bajo a la cocina donde, junto a los restos de una vieja cortina de "baladre", que separa ésta del pasillo, están los restos de una silla (sin asiento) que sostiene una palangana con agua.
- Les orelles també -grita mi tía.
Me lavo la cara y bajo al corral de las gallinas donde debo hacer "otras cosas". En el corral hay cuatro viejas gallinas que apenas ponen huevos y que, al verme, se acercan presurosas pensando que puedo ser yo quien les dé el primer sustento del día, pero no es así ya que, con un trozo de caña caída del cañizo que separa el corral del cobertizo, hago un pequeño hoyo en el estiércol que tapo después de hacer "aquello" a lo que venía. En principio las gallinas han quedado sin desayuno, aunque no estoy del todo seguro puesto que, al marchar yo del corral, veo que se han puesto a escarbar...

No hay desayuno en nuestra casa, mi tía me pone un trozo de pan y un bollito de "chocolate terroso" dentro de la cartera escolar, a la vez que ata con un pequeño cordel el tazón de aluminio que queda colgando del asa al exterior; todos los niños lo llevan así y, como cada día, en el recreo nos lo llenarán de leche americana en polvo, que cocinará la tía Trinidad la de Bolos, madre de José Luís y Marisa.
Me mojo un poco el pelo y con el peine, al que le faltan no menos de cuatro o cinco púas, consigo hacerme la raya lo más recta posible y con la punta de un lápiz aprovecho para quitar la mugre que hay entre las púas que quedan. Me despido de mis padres y salgo hacia la escuela. Vivimos en una calle secundaria pero de gran actividad. La calle de Les Eres, parte trasera de las casas del Carrer de Castelló, es donde todos estos vecinos hacen principalmente su vida, mientras la puerta a la calle principal está permanentemente cerrada. Son los ricos del pueblo, los pobres vivimos en la pared de enfrente de la misma calle, a la umbría. Para más ambiente, en el carrer de les Eres tenemos la más importante carpintería de la localidad (els Facundos) y el "molí de farina del tío Ernesto de la Barana" donde los niños jugamos entre sacos y poleas, para enfado de Herminio el de Santamaría, que es el encargado principal y único. 

La actividad es frenética en nuestra calle y la vida hace acto de presencia al llegar las primeras luces del alba. Habitadas todas las casas de dicha calle los agricultores preparan carros y animales para marchar hacia el campo, las mujeres salen a barrer la calle pasando antes la regadera para no levantar polvo. Algunos carros del Pla de l'Arc acuden a moler el trigo y algunas otras legumbres para pienso de los animales, al tiempo que los niños salimos en dirección a la escuela: Solita la de Tarambana y su hermano Paquito, Mari Nieves que pasa una temporada en casa de su tío Ximo el dels Garxos, Paquito el de Facundo y su hermana Maria Pilar, Paquito el de Valero, Contxita la de Valeriano, Teresita la de Belesario y yo mismo Rafael el de Condill; frente a su herrería nos está esperando Manolito el de Pipa. Todos, más o menos juntos, enfilamos hacia la escuela por "el Clot de Pipa" un camino hondo y lleno de hortigas que ha propiciado más de una urticaria.

Nuestra primera idea es levantarles la falda a las chicas para verles las bragas, acción duramente perseguida a día de hoy. ¡Cosas del Opus Dei social-comunista!. Pero entonces, semejante comportamiento era ¡cosa de niños! y ahí acababa la cosa. Ellas ya se sabe... 
- ¡Cotxinos, malcriats, ja els ho direm als vostres pares!.
Pero las risas evidenciaban que el chivatazo no se produciría.
A la llegada a la escuela chicos y chicas se separaban, puesto que la enseñanza de unos y otras era diferente y en aulas separadas. Chicos ala norte del edificio y chicas ala sur, separadas por un gran patio que servía para jugar en las horas de recreo. 
Falta un cuarto de hora para que empiecen las clases y todos aprovechamos para los primeros contactos y juegos del día. El tiempo pasa pronto y un silbato pone fin al juego, al tiempo que las voces de los maestros nos conminan a formar frente a los mástiles emplazados en la fachada interior de la entrada principal.
- Alinearse... ¡Ar!
- Izquierda.. ¡Ar!
- Firmes....... ¡Ar!

Los tres primeros de la clase de los mayores son los encargados de izar las banderas. La española en el centro y a derecha e izquierda la de la Falange y la de los Requetés. Don Francisco Amela, director del colegio entona el primer himno...
Viva España,
alzad los brazos
hijos del pueblo español,
que vuelve a resurgir...

El cántico finaliza al grito del Director,
- ¡Viva España!...... (viva)
- ¡Viva Franco!...... (viva)
Y Don Francisco empieza de nuevo...
Cara al sol con la camisa nueva,
que tu bordaste rojo ayer...
Esta vez el himno finaliza de forma distinta,
- ¡Arriba España! -grita Don Francisco... (viva)
- Rompaaan... ¡filas!. ¡Ar!

En Cabanes el 80% de la población mayor eran republicanos. Los cánticos y las tres banderas en lo alto de sus mástiles emocionan a una chiquillería que no sabe de políticas..., aunque en las casas no se hace otra cosa que maldecir los signos que allí constituyen el inicio de la jornada escolar de los chavales. Nosotros, niños con 8-10-12 años, no sabemos donde está la verdad. Hoy, cincuenta años después, sabemos que la verdad no existe, puesto que cada cual tiene la suya.


Entramos en clase. Cada uno ocupa ya su pupitre cuando, de repente...
- ¡En pie! -dice el maestro, al tiempo que inicia el rezo de un Padrenuestro que los alumnos acompañamos disciplinadamente.
Lo siguiente, según el día, puede ser un Dictado, la lectura de "El Libro de España" o el estudio de una de las materias de la enciclopedia que habitualmente estudiamos. La hora del recreo (11,00h) llega pronto y nuevamente el silbato, que suena en el patio del colegio, indica que ha llegado la hora de salir. Serán 15 minutos para tomarnos la leche en polvo que los americanos proporcionan a los niños españoles, a cambio de poder instalar en nuestro país sus bases militares, y 30 para jugar. Los niños desatamos del cinturón de la cartera el tazón metálico que todos llevamos y nos disponemos a formar para, en rigurosa fila, ir a recoger el tazón de leche. También por la tarde se repetirá este acontecimiento diario, esta vez con un trozo de queso amarillo "de Bola", que acompañaremos con el pan que nos pondrán nuestras madres en la cartera.

- A medida que vayáis terminando la leche podéis salir al recreo -dice el maestro, que tiene más ganas que nosotros de poder salir a tomar el sol y a fumarse un pitillo.
Varios eran los juegos de los niños y niñas de entonces: El guá, la bandereta, la comba, Buli y dali, la trompa, les chapes, els cartonets, etc., etc.
Pero el tiempo pasa rápido y nuevamente el silbato nos indica que el horario de juegos ha finalizado. Entramos atropelladamente en clase y tras unas breves indicaciones del trabajo a realizar por la tarde suenan las doce del mediodía.
- ¡En pie! -dice nuevamente el maestro, al tiempo que empieza el rezo del Ángelus, de obligado cumplimiento en aquellos años de posguerra...
Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo,
bendita tu eres
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto
de tu vientre, Jesús.

Los niños disciplinadamente respondemos...
Santa María, madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores...
Antes de marchar el maestro nos recuerda...
- No olvidéis decirles a vuestros padres que mañana finaliza el plazo para realizar las aportaciones "voluntarias" 
para el Domund y la Santa Infancia. 
Hay algunos que todavía no han traído su donativo. Los que mañana no hagan su aportación, pasarán a ser los últimos de la clase...

RAFAEL FABREGAT

14 de enero de 2010

0028- LA GRAN NEVADA DEL 54.

Mucho se ha hablado estos días, primeros de año del 2.010, de la gran nevada de 1.954. Ante las numerosas e importantes nevadas acaecidas estas últimas fechas por toda España, los mayores cuentan con vehemencia y nostalgia que parece que hayamos vuelto a los inviernos de antaño y más concretamente a las nevadas del "año 54".
Nada más lejos de la realidad puesto que apenas han cuajado unos 5 cm. de nieve en nuestro pueblo. Sí es cierto que por las regiones del norte y centro peninsular han habido varias y fuertes nevadas, pero es muy poco frecuente que sean importantes en nuestra zona. Tan poco que solo sucede una vez cada cien años o más. En 1.954 quien escribe solo tenía 5 años pero, por algún extraño motivo, lo recuerda como si fuera ayer mismo. Mientras todos los niños de mi edad iban a la clase de Doña Teresa (la dels cagonets) yo estaba en la de Don Julio (primer ciclo de Primaria). No es que un servidor fuera más inteligente que los demás o que tuviera algún "padrino" dentro del colegio.

La razón es que mi madrastra, al igual que ya hiciera con ella su padre, se empecinó en que entrara en el colegio ya sabiendo leer y escribir, así como (al menos) sumar. No es fácil conseguir esto de un niño de 4 años pero, si uno pone interés... ¡Y ella lo puso y yo (a la fuerza) también!.
Mi madrastra, a la que me enseñaron a llamar "tía" y a la que con esta expresión me referiré en adelante, siempre había oído hablar mal de las madrastras y no quería que tales comentarios pudieran decirse de su persona. Tal como ella quería, entré en la escuela primaria sabiendo leer y escribir y, aunque el primer año lo pasé en la clase de párvulos, al siguiente ya me pasaron a la del primer ciclo normal. Aquello era "otro mundo". Pocas tonterías y muchos castigos si no ponías interés.
- Dos por una dos, dos por dos son cuatro, dos por tres son seis, dos por cuatro ocho...
Y cuando alguien tiene una pequeña base el estudio, para muchos difícil y tedioso, se convierte en una fiesta y más cuando el maestro te engrandece poniéndote como ejemplo a seguir.
- Nueve por una nueve, nueve por dos dieciocho, nueve por tres veintisiete...

Y llegó la nieve... Más de medio metro. Una nevada nocturna que nadie esperaba. Entonces no había todavía televisión y tampoco radio en mi casa, aunque tampoco sé si lo de los "partes" meteorológicos ya se estilaba por aquellas fechas, aunque supongo que sí. Mis padres se levantaron, como cada día, hacia las siete de la mañana. A mí me llamaban hacia las 8,30 h. puesto que, aunque el colegio abría sus puertas a las nueve, la entrada a clase no se hacía hasta las nueve y media. No sé que pasaría en la casa de los demás, pero en la nuestra no había costumbre de desayunar, por lo que lavarse la cara y "hacer alguna cosa más" requería poco tiempo. Mi tía me ponía un trozo de pan y dos "cuadritos" de chocolate o un trozo de "codonyat" en la cartera (de cartón), el tazón de aluminio colgado con un pequeño cordel y a la escuela.

Allí, unas veces antes de la clase y otras un ratito después, nos ponían en fila aula por aula y nos daban un tazón de leche en polvo, que los americanos amablemente "regalaban" al pueblo español para paliar la mucha hambre acumulada por la postguerra y con la "única" contrapartida de instalar sus Bases Militares en nuestro país.
Forjado en caballería militar obligatoria, mi padre era siempre el primero en levantarse con el empeño de fumarse el primer cigarrillo del día en el dintel de la puerta de la calle, esperando que otros como él se asomaran también entablando la primera tertulia. El tiempo, el gobierno, etc.
Saltaba de la cama (en invierno con camiseta y calzoncillos largos de felpa) y sin vestirse, cogía el orinal que tenía bajo la cama. Situada su habitación junto al terrado, sobre un pequeño patio por el que correteaban cuatro gallinas, abría la pequeña puerta y saliendo al mismo, vaciaba el contenido del orinal tirándolo por la baranda de obra al patio inferior. Las gallinas huían despavoridas esquivando el tibio elemento. Pero aquel día...
- ¡Pilar!, ¡Pilar!, corre... -gritaba mi padre.
Como cada día, había abierto la puerta del terrado... ¡pero no podía salir!
La cotidiana labor de vaciado del susodicho recipiente tenía que esperar. Como he dicho antes, entonces no había servicios de meterología ni medios de comunicación que avisaran de lo que podía acontecer... y la sorpresa, estaba servida. Mi padre, de pie frente a la pequeña puerta, en "paños menores" y con el orinal en la mano, no daba crédito a lo que sus ojos veían. Abierta la pequeña puerta que daba al terrado, apenas quedaban libres 50 cm. de los casi dos metros de altura que la puerta tenía. No es que la nevada fuera de esa magnitud (unos 50 cm.) pero la ventisca había empujado la nieve hacia la puerta que miraba al sur, cubriéndola casi.

- ¡Crida al xic!... ¡que vinga a veure-ho! -chillaba mi padre, como si el niño fuera él.
Con unos golpes de azada en la parte más alta y de menos grosor de nieve, pudo acceder al terrado aunque saltando todavía más de un metro de altura de nieve. Por fin el extraordinario fenómeno meteorológico, muy raro en estas latitudes, pudo ser contemplado en todo su esplendor.
Como he apuntado antes, la nevada era de unos 50 cm., algo pocas veces visto en nuestro pueblo situado a 12 Km. de la costa y a menos de 300 m. de altura. Nadie, que yo recuerde, había visto jamás algo semejante, ni lo ha vuelto a ver hasta el presente. Cada cinco o diez años pueden blanquearse un poco los tejados (5 cm.) pero no más. Aquello era una cosa desconocida y había que tomar las medidas pertinentes.
Los vecinos, todos alborotados y al unísono, sacaron herramientas de todo tipo y se pusieron a abrir "caminos" en el centro de todas las calles de la localidad y de dicho centro hasta sus puertas por lo que en menos de una hora las "comunicaciones" quedaron restablecidas. Se podía ir a buscar el pan o realizar cualquier avituallamiento en la tienda de "ultramarinos", que era lo más importante.

- Avuí el xic no cal que vage a l'escola -le dijo mi padre a su mujer.
- Jo vull anar! jo vull anar! -pataleaba yo horrorizado al ver que podía perderme la oportunidad de disfrutar del inesperado acontecimiento.
- Però, ¡no veus que quasi no és pot ni caminar per el carrer! -decía mi tía preocupada por la irresponsabilidad que suponía mandar a un niño de 5 años a la escuela con tal nevada.
- És igual tía... ¡jo vull anar a l'escola! -gritaba yo.
- Pero tu escoltes açò Herminio -le decía ella orgullosa a mi padre.
- Tu saps... en el fret que fa i encara vol anar-se'n a l'escola. ¡I què sabut és...! i quant li agrade anar a l'escola! -recalcaba mi tía con satisfacción.

Yo, con tan solo cinco años, estaba perplejo escuchándola. ¿Como era posible que una persona mayor (42 años), inteligente como ella era, se dejara engañar por un niño de tan corta edad?
- Pues que fage el que vullgue... ¡que vage! -dijo mi padre.
- Però... ¡és que en este fret! -se quejaba mi tía.
- Pues que no vage... -decía mi padre condescendiente.
- Home, tampoc és això!... és que el xiquet vol anar...! -respondía mi tía.
- Pues que vage, collons! -dijo mi padre ya un poco nervioso por tanta contradicción.
- Gràcies pare... -contesté antes de que cambiara de parecer.
Mi tía, considerando que solo me movía el afán de aumentar mis conocimientos, estaba orgullosa viendo al retoño de cinco años marchar hacia la escuela, en condiciones tan adversas pero bien arropado y con la cara tapada con una bufanda raída por la polilla.

No estaba equivocado. A la escuela niños fueron pocos pero nos lo pasamos muy bien jugando con la nieve y haciendo bolas de nieve hasta la extenuación. En mi clase éramos tres niños pero había otros mayores.
El maestro nos mandó al "cuarto de la leña" y encendimos la estufa. Como es natural, con tan pocos niños no hubo clase ni rezos de ningún tipo. Los maestros también estaban afectados por la nevada y reunidos en una de las aulas fumaban, charlando sobre el temporal y otros asuntos pero desentendiéndose por completo de la docena de niños que habían acudido aquel día.
Sin vigilancia alguna, rápidamente salimos todos al patio y empezamos a tirarnos puñados de nieve unos a otros hasta que, ya cansados de ese juego, entre todos empezamos a construir un gigantesco muñeco de nieve. Nadie nos había enseñado ni vimos hacerlo antes, pero hay cosas que no necesitan enseñanza... Juntamos un montón de nieve y tras apretarla a modo de balón, empezamos a empujarla rodando entre todos.

Aquello se hizo grande en poco tiempo y no pudimos continuar. Una enorme bola quedaba situada en el patio y solo restó situar otra más pequeña encima, a modo de cabeza. El resto fué coser y cantar.
Después de aquella, otra y otra... y otra más.
Las manos escocían por el prolongado contacto con la nieve y mucho más si intentabas calentártelas en la estufa. Un fenómeno extraño para nosotros.
Los maestros cumplieron el horario y a la una nos mandaron a casa diciéndonos que por la tarde no volviéramos a la escuela. Al parecer ante la ausencia de niños y el frío reinante habían acordado cerrar para lo que restaba de día.
A mi llegada a casa, en principio no sabía qué decir ante las preguntas de mi tía, pero quedó explicado rápidamente y sin mentir...
- Tía... Han anat poquets xiquets i casi no hem fet res -le dije, aparentando disgusto.
- Pues si que ha valgut la pena passar fret -respondió mi tía enfadada (con los maestros).


Más de una semana duró la nieve, a pesar de que el buen tiempo volvió rápidamente.
Al día siguiente las clases llenas y todo normalidad, aunque todavía con mucha nieve en las calles y en el patio del colegio, para regocijo de todos.
Aquí finalizan mis recuerdos sobre "La gran nevada del 54".
No es poco para un niño de solo 5 años...

RAFAEL FABREGAT

1 de diciembre de 2009

0018- LOS DOMINGOS, MISA DE 10.

Se dice que para los adolescentes cualquier época es buena pero, a pesar de la juventud, la posguerra no fué precisamente el mejor momento para disfrutar de la vida.
En el colegio empezaba la jornada con breves saludos entre el alumnado, que finalizaban a toque de silbato.
Como si de cuartel de reclutas se tratara, tras las órdenes oportunas se ejecutaba una rápida y correcta formación de todos los presentes.
-Rápido... ¡A formar!
-Alinearse... ¡en fila de a tres!
-Firmes... ¡Ar!
-Izquierda... ¡Ar!
La bandera española, la de la Falange y la de los Requetés subían lentamente a sus respectivos mástiles, al tiempo que los alumnos, dirigidos por el profesorado, entonaban el himno de rigor...

¡Viva España!
alzad los brazos
hijos del pueblo español,
que vuelve a resurgir...
Gloria a la patria
que supo seguir
sobre el azul del mar
el caminar del sol.
¡Triunfa España!
los yunques y las ruedas
cantan al compás,
del himno de la fé...
Juntos con ellos
cantemos de pié,
la vida nueva y fuerte
de trabajo y paz.

¡España!.............. ¡Una!
¡España!...............¡Grande!
¡España!...............¡Libre!
¡Viva España!......¡Viva!
Y el maestro entonaba un himno nuevo, que los alumnos seguían con el mismo entusiasmo que el anterior...(?)

Cara al sol con la camisa nueva,
que tú bordaste rojo ayer...
etc., etc., etc.,
finalizando el maestro con el consabido...
¡Arriba España!
¡Viva Franco!

Los niños, eran niños pero no tontos e intuían que el protocolo tenía un fundamento, una relevancia que, justa o no, era la que correspondía al momento presente. Con esa misma fé se rezaba el Ángelus o asistíamos al Mes de María.
A media mañana, con el recreo, tazón de leche en polvo y por la tarde trozo de mantequilla o de queso; todo ello procedente de la ayuda alimenticia con la que los americanos obsequiaban al pueblo español, previa instalación de sus Bases en nuestro territorio.
De todas formas en la casa de cada cual los padres, a favor o en contra del régimen dominante, ejercían la potestad de educar a sus hijos ensalzando o vilipendiando a los dirigentes y a todos aquellos que les apoyaban. Cualquier opinión era posible tras una guerra civil en la que familiares directos (padres, hijos y hermanos) se habían enfrentado con las armas, alguno de ellos finalizando la contienda en la cárcel o bajo tierra. Fueron años difíciles...

Cine Astoria. c/. Teatro, 1 - Cabanes.Hay una incógnita que todavía no he sabido descifrar, pero real como la vida misma. En los pueblos la gente, faltos de todo, apenas comiendo lo que cultivaban y poco más, pero...
¡Todos los domingos al cine!
Seguramente era una forma de escapar, un par de horas a la semana, de la cruda realidad que el día a día significaba.
Lo que el viento se llevó, Los diez mandamientos, El último cuplé, Las chicas de la Cruz roja, etc.
La sala tenía un aforo de mas de 500 butacas de platea y dos "gallineros" con unas 70/80 plazas cada uno. Todo era poco y el pasillo central y los dos laterales eran ocupados por una hilera de sillas que aumentaban la capacidad del local en otras 60/70 plazas más. Afortunadamente nunca pasó nada que obligara a un desalojo rápido ya que, de suceder, nadie sabe lo que hubiera podido pasar. Un desastre, sin duda.
Aunque había carteles con la prohibición de fumar, muchos hombres fumaban durante la proyección y nadie les recriminaba por ello. El lleno absoluto y esos cigarrillos permanentemente encendidos, provocaban una nube irrespirable que hacía saltar las lágrimas de muchos de los presentes. Esta circunstancia se solucionaba en verano con la apertura de las puertas laterales, pero en invierno...

A la salida del cine el Bar de Xulla, con una ventana en la barra que daba a la calle, la "tía Nieves" instaló una pequeña plancha eléctrica en la que ponía unos trocitos de sepia con la pretensión de que alguno de los viandantes entrara a su local para degustar tan exclusivos manjares. Era lugar de paso obligado a la salida del cine, independientemente del lugar en el que cada cual tenía su casa. Por toda la calle en cuestión se extendía el olorcillo de la sepia asada que hacía las delicias de los transeuntes. Habida cuenta la miseria general, alguno de ellos tomaba a mal el sistema de promoción, entendiéndolo como una provocación. Sea cual fuere la opinión de cada cual, es bien cierto que la gente marchaba para sus casas con la boca llena de saliva y preparado su aparato digestivo para trasegar lo que buenamente su mujer tuviera preparado de antemano; normalmente tortilla con patatas, sangre de cerdo con cebolla y también tomate frito con morcillas y longaniza, puesto que era domingo y la cena era especial. Pero hemos empezado la historia por el final y habremos de enmendar el error.

Tras una larga semana en la que todos los días, incluído el sábado, eran laborables llegaba el domingo y se agradecía. Todos nos levantábamos con otro ánimo. Normalmente no había desayuno en las casas pobres y por lo tanto, tras el lavado de cara de rigor, la primera comida era el almuerzo que consistía en un trozo de pan con lo que podías encontrar en la alacena, puesto que entonces tampoco había neveras: Tocino, membrillo, chocolate, etc.
Después, las mejores ropas y... ¡a misa de 10!
A la misa no podías fallar, puesto que el lunes el maestro preguntaba a los alumnos si habían asistido y los mismos compañeros eran los agentes de vigilancia que corroboraban la asistencia o la falta. El que fallaba, automáticamente se convertía en el último de la clase. Las misas de entonces eran largas puesto que, solo el sermón, duraba cerca de una hora.
Invariablemente, el comienzo era siempre el mismo.
-Amadísimos hermanos! -empezaba el mossén.
-En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos...! -y tras eso una hora de interminable perorata que tenía tres partes:
1ª).-Sermón sobre el evangelio de la jornada.
2ª).-Reprimenda a los feligreses por su escasa caridad.
3ª).-Peticiones económicas para causas interminables.

La suma de todo ello tenía un efecto analgésico extraordinario, capaz de dormir al más creyente de los feligreses, como así sucedía en algunos casos.
Pero el tiempo pasaba y, como uno iba cumpliendo años, lo que empezó como una obligación se convirtió en placer. Cumplidos los 14/15 años finalizaba la escuela obligatoria y la naturaleza iba despertando nuevas sensaciones y necesidades.
La misa ya no era una obligación, pero seguía siendo lugar de encuentro con los amigos y con las chicas de nuestro interés y tras ella, a la salida (no habiendo nadie que dispusiera de una sola peseta, puesto que el escaso "sueldo" que los padres nos daban era tras la comida) era costumbre el paseo con unos y otras. En nuestro caso por las afueras de la población, más concretamente la carretera de l'Arc, bajo cuyos puentes nos escondíamos todos para jugar "al cordellet". El juego consistía en unos trozos de cordel (tantos como parejas éramos) con un pequeño nudo en una de las puntas y que uno tenía cogidos por el centro. Los chicos elegían una punta con nudo y las chicas uno sin él. Al abrir la mano el que sujetaba los cordeles, chicos y chicas quedaban emparejados y podían besarse. Juegos (excusas) para realizar los primeros escarceos juveniles.

Claro que eso era a los 14 años, a los 16 las cosas cambiaron...
La mañana finalizaba pactando la casa donde acudir por la tarde para montar el tocadiscos y bailar un rato con ellas, tras lo cual todos nos íbamos a comer.
Por la tarde, después del ratito de "guateque", todos al cine; los más afortunados, podían incluso sentarse junto a la chica de sus sueños, lo cual era mucho en esos tiempos... A lo sumo, ¡quizás un beso furtivo...!
Todo candidez y hambre. De pan y de chicas.
Ya lo dijo Jesucristo...
¡No solo de pan vive el hombre...!

EL ÚLTIMO CONDILL