Hay una antigua frase popular que nos dice que "Amor y dinero, nunca fueron compañeros". Quiere decirse que el dinero rompe la pureza de los sentimientos. Sin embargo en la vida diaria no son opuestos irreconciliables, sino que realmente son dos fuerzas que necesitan convivir para afianzar la relación. La pareja no puede ocultar deudas, compras caras o cuentas bancarias individuales, puesto que de enterarse la otra parte, es motivo sobrado para romper la confianza del otro. Y lo mismo ocurre cuando uno de los dos es un gran ahorrador y el otro derrocha sin límites, ya que esto es también motivo de conflicto. Otro motivo de conflicto es que, quien aporta más dinero a la cuenta familiar, quiera imponer decisiones de gastos a la pareja, pùesto que anula la equidad del pacto amoroso.
La única forma de que haya amor sin dinero, es que no lo tenga ninguno de los dos. Si esto es así, el amor es el arma que une a la pareja en la lucha por conseguir ese nivel económico que te permita vivir holgadamente. Estamos viviendo un momento difícil para las parejas sin recursos puesto que, aún teniendo trabajo los dos, la vida está muy cara y apenas si pueden afrontarse los gastos de la casa y la educación de los hijos. Es agobiante, pero hay que tener en cuenta que, en este momento, las nuevas generaciones gastan mucho más de lo que gastaron las antiguas, puesto que nadie quiere renunciar a gastos extras como comer fuera de casa algunas veces. Esto antes no sucedía y, aunque es verdad que se trata de gastos que alegran la vida de jóvenes y viejos, si el dinero no llega hay que frenar.
Y esto de tener problemas para llegar a fin de mes, no es exclusivo de los jóvenes ya que la mayoría de los viejos tienen una pensión muy ajustada y los gastos fijos del mes son muchos, e incluso con gastos inesperados que deben atenderse inexorablemente, así que las comidas o cenas fuera de casa tienen que estudiarse muy detenidamente. Son muchos los gastos que se presentan sin esperarlos, aunque sepas que van a venir... Agua, luz, gas, escalera, derramas, seguros, averías, la ITV y un largo etcétera se presentan un mes sí y el otro también y la cuenta se queda a cero, cuando no en números rojos. Y ahí es cuando llegan algunas discusiones de la pareja: que si tú esto, que si tú más, que una boda, que una comunión, que si hay que cambiar las ruedas del coche...
Por muy ajustados que estén los números, es imprescindible tener algo ahorrado para posibles imprevistos porque, el hecho de tener un "colchoncito", por pequeño que sea, te da esa tranquilidad para que el amor no se enfríe con los agobios. A la hora de emparejarse, con boda o sin ella, el factor económico necesita estudiarse, ya que influye en la estabilidad de la pareja. Desde luego para unirse en pareja tiene que haber amor, pero si no lo hay habrá que simularlo, con el peligro inminente de que la pareja tenga una corta relación. De todas formas el formar pareja por amor es algo relativamente nuevo. Hasta la llegada del siglo XIX casarse por amor era una excepción. Lo habitual era que la unión la concertaran los padres, en una especie de alianzas para unir negocios, fincas o políticas, aunque disimuladamente
los padres presentaban a los hijos a la espera de que surgiera el amor, o el interés.
Es verdad que el amor correspondido es lo más bonito que a una persona pueda sucederle, pero esa frase de que "contigo pan y cebolla" en la actualidad no es válida en absoluto y, en el caso de falta de recursos todo son problemas y discusiones. Y no estamos hablando solo de lo que sucedía entre las grandes familias, donde se pactaban las bodas a cambio de fincas, ganado o dotes. También se otorgaba una hija para tener una boca menos en la casa. Muchas ni siquiera conocían al marido con el que iban a casarse. Esto ha desaparecido en los países occidentales, pero en buena parte del resto del mundo sigue siendo así. Las mujeres no tienen opinión y son los padres o hermanos mayores quienes pactan su enlace. Y luego sale lo que sale. En muchos casos el dinero o el poder es culpable de separaciones y divorcios ya que, cuando el amor se va, solo quedan intereses prácticos o económicos.
Rafael Fabregat Condill

