El título no es realmente cierto, puesto que hay que decir que, aunque guarros los ha habido siempre, digamos que fue en el siglo XIX cuando se inventó el lavarse. Tal era el miedo al agua que, hasta entonces, se creía que era justamente la limpieza la que propiciaba las infecciones. ¡Y puede que tuvieran razón!, puesto que nadie se lavaba en su casa y los pocos que se lavaban, muy de tarde en tarde, lo hacían en baños públicos donde, efectivamente, el agua olía a podrido a los diez minutos de abrirse el establecimiento. ¡Tanta era la porquería que todos traían...! Porque, claro, ¿Baño?. Una vez al año. ¿Jabón? ¿Qué es eso y para que sirve...? Hasta la revolución higiénica del siglo XIX la mugre reinaba en todos los rincones de Europa. Y no solo en las casas, sino también en las calles y en los palacios.
Habían letrinas y baños públicos, pero poca gente los usaba. Cada cual defecaba donde podía, la mayoría a las afueras de la población, en el corral del mulo, o en cualquier rincón apartado donde pocos lo vieran. Y si lo pillaban, uno se quedaba tranquilo puesto que, como era de suponer, el que te pillaba iba a lo mismo. ¡Donde me aprieta lo hago!. Mas de cuatro pensarán que resulta increíble actuar de esa manera, pero era la forma en la que se hacían las cosas en aquellos tiempos. La gente hacía sus necesidades en público, en el primer lugar que tuviera a mano. Y limpiarse el culo, con una piedra lo más redonda posible, una hoja de parra o de higuera... ¡o nada!. Además, la creencia popular era que lavarse era muy malo para la salud. Sobre todo los niños ya que... ¡Se volvían blandos!. Y para colmo de males, al grito de ¡agua va!, las aguas sucias se tiraban por la ventana a la calle.
Y esta forma de actuar no era exclusiva de la gente pobre, no. Los burgueses solían bañarse el día de San Silvestre, cuando estaban enfermos, o el dia de su matrimonio. Una forma de actuar que hoy nos parece chocante y hasta increíble pero que hasta hace poco imperaba. Tal era así que se sabe que, hasta la llegada del siglo XIX, la mayoría de la gente solo se bañaba un día en toda su vida. La cabeza se la empolvaban con talco para no tener que lavarla y el resto del cuerpo y especialmente las mujeres, llevaban faldas y vestidos tupidos para que no se notara el olor. Para salir a la calle había que ir mirando con mucha atención para no pisar los excrementos que había. Aunque resulte extraño, en tiempos más antiguos la gente no iba tan sucia. Especialmente los romanos iban con frecuencia a las termas y cuidaban su cuerpo, lo mismo que los nórdicos y turcos tenían sauna o hamman.
El invento y pieza más preciada de la casa era el orinal, que se ponía bajo la cama en todas las habitaciones ocupadas. Para ir por la calle había que hacerlo con los ojos bien abiertos ya que aparte de lo que mucha gente tiraba por la ventana, puesto que no había desagües ni agua corriente, todos los medios de transporte estaban tirados por animales que, como es lógico, defecaban a dos por tres en la propia calle. Hasta la revolución hidráulica del siglo XIX, en las ciudades toda la suciedad se tiraba a la calles, incluídos los restos de comida. Imagínense como estaban y cual era el ambiente de moscas y gorriones. A falta de alcantarillado, calles y plazas eran un vertedero en el que corrían las aguas menores y mayores. Incluso en los barrios de tintoreros y matarifes, todo el sobrante más o menos líquido, también se lanzaba a la vía pública. El riesgo de enfermedades era muy grande y de ahí que llegara la peste y otras dolencias.
Sin embargo hay gente para todo y en las ciudades había gente dedicada a recoger los excrementos humanos y de animales que posteriormente vendían a peso a los agricultores que tenían sus campos en extramuros de las ciudades. No veas qué lechugas y coliflores vendían después. No las había mejores en ninguna huerta. Las acelgas medían hasta medio metro de altas y todos los productos de la huerta como tomates y hortalizas de cualquier clase eran las que más caras se pagaban, dado su color y tamaño espectaculares. Lo recogido en las calles era sin duda el mejor abono, entre otras cosas porque los fertilizantes todavía no se habían inventado. La recogida de basuras solo se llevaba a cabo en las calles principales puesto que con esas ya recogían abono más que suficiente para atender la demanda agrícola. ¡Qué tiempos y qué olores...!
Hubo que esperar muchos años, pero todo llegó: el alcantarillado, el agua y los retretes, así como las bañeras y lavabos de cobre. Primero para los ricos, claro está, pero unos años más tarde también para el proletariado. Una placa de porcelana en el suelo como WC y sin baño ni lavabo, sustituídos por una silla sin asiento, a la que se le ponía una palangana de agua y un clavo que sujetaba un trapo viejo, con el que secarse. Pero la gente empezó a lavarse, incluso con jabón casero, hecho con sosa cáustica y aceite rancio. ¡Pero se lavaba!, que no era poco. Los animales se trasladaron a patios traseros ventilados y las casas empezaron a oler a casas habitables y habitadas porque, si el vecino así lo tenía, nadie quería quedarse atrás. Llegó el cloro y la lejía para las casas y el Zotal para los lugares con animales pero, poco a poco, se empezó a respirar. ¡Ufff, que sea por muchos años...!
Rafael Fabregat Condill
