Manos quietas. Todo es plástico. En una visita turística por determinado lugar del mundo, vas tranquilamente por la calle, buscando donde comer, y te encuentras con escaparates repletos de comida de un aspecto maravilloso y resulta que es de plástico. Entras en el local y el camarero te muestra esa misma comida en una bonita carta y la pides con tal ansiedad y la boca llena de agua, hasta el momento en que el camarero te trae la comida solicitada que, al menos de vista, nada tiene que ver con lo ofertado. La sorpresa y el disgusto son mayúsculos así que, si tienes lo que hay que tener, le dices al camarero que lo retire porque eso no es lo que tu has pedido. Sin embargo eres tú el que está equivocado.
En España estas cosas no suelen ocurrir. Si en el escaparate de un restaurante ves langostas u otro marisco, son langostas y están vivas. Otra cosa es que sea esa langosta la que te sirvan en el plato. Sin embargo en el lejano Oriente y muy especialmente en Japón, la comida de plástico o vinilo está tan perfeccionada que, tanto los restaurantes como otro tipo de negocios de comida, es ese material el que exhiben en los escaparates, a fin de evitar el stok de comida real que se echaría a perder causando trabajo y muchas pérdidas.
En Japón no es que se trate solamente de la carta de un restaurante, sino que en las tiendas de alimentación están también en sus escaparates esos mismos alimentos, que incluso aparecen como cocinados, para engañar al paladar y crear la salivación. Los ves tan apetitosos que no puedes evitar su compra. ¡Y eso que la gente de allí ya saben que, de lo que ven a lo que les saldrá al cocinarlos hay un abismo, pero lo compran en la esperanza de crear algo lo más parecido posible y que, naturalmente, salga bueno. Esto nos demuestra que, al menos en Japón, una imagen vale más que mil palabras. Ojo pues si vas a cenar a un restaurante. japonés en cualquier país, puesto que eso puede ocurrirte también.Sobre el papel todo es espectacular y sabroso, y también en el escaparate o en la carta, pero después ponte a rezar, a la espera de lo que te vayan a servir. Normalmente, nada que ver. Eso no quiere decir que no esté bueno, lo cual demuestra que los restaurantes japoneses no es que sean malos, ni mucho menos, sino que los fabricantes de señuelos alimenticios, no paran de superarse a sí mismos. Tú, de las estanterías no cojas nada. No sea cosa de que te dejes allí un diente, que te costará una fortuna reponer. Y si pides una comida roja y te sale rosácea, calla y come que seguramente estará rica, pero no te fijes en los colores. La presentación es una cosa y lo que te pongan en el plato será otra, sí o sí.
Si eres amigo de la buena carne... ¡ojo al dato!, puesto que los fabricantes del señuelo plástico, han llegado a tal perfección que si te dan a elegir entre un chuletón de plástico y otro auténtico, con un año de curación, es posible que elijas el primero y te quedes sin comer. Seguramente no podrás creer que la perfección llegue hasta ese punto, pero puedes incluso equivocarte. Esta idea no es nueva en el Imperio del Sol Naciente. Ya en los años 20 del siglo pasado se hacía, aunque entonces se trataba de cera pero, tan perfectamente decorada que también daba el pego. Posteriormente con la invención del plástico el negocio prosperó hasta límites increíbles, porque todo fué más fácil y más aparentemente real.
Rafael Fabregat Condill





