Su desgraciado final hizo que algunos historiadores calificaran su reinado de fracaso político pero no fue tal. El poblema es que para conocerlo realmente habría que leer la gran historia de su vida y la mayoría no tenemos paciencia para tanto. Fue tan sabio y tan ensalzado que, hasta ahora, nadie se ha atrevido a simplificar su historia. Al parecer también era un hombre creído, hasta el punto de decir que "Si hubiera estado con Diós en el momento de la Creación, el mundo hubiera sido mucho mejor". Nació en Toledo en 1221 pero se crió en Burgos y Galicia. Era primogénito de Fernando III el Santo y de Beatriz de Suabia y bisnieto de la mitad de los monarcas de media Europa. Ya mayor de edad participó en los acuerdos que desembocaron en la anexión de Murcia a Castilla.
Participó, junto a su padre, en el asedio de Sevilla que capituló en 1.248, exigiendo que se entregara intacta, con amenaza de pasar a cuchillo a los responsables si destruían sus muchos palacios y mezquitas. Alfonso se casó en 1249 con la infanta Violante de Aragón, hija de Jaime I, que tardó seis años en tener descendencia y a punto estuvo de ser repudiada por ello. Sin embargo a partir de 1255 tuvo diez hijos. Alfonso ya había aportado al matrimonio dos hijas y tres hijos de sus diferentes amantes, la más conocida Mayor Guillén que estuvo con el monarca hasta su muerte y de cuya relación había nacido Beatriz de Castilla que fué reina de Portugal. Tuvo éxito en todas sus empresas, pero no en su máxima aspiración, que era la de sentarse en el trono del Sacro Imperio Romano Germánico.
Le correspondía, pero los electores imperiales se decantaron por el inglés Ricardo de Cornualles aunque, no llegando a un acuerdo, el trono quedó vacante. Creó grandes obras científicas, literarias y poéticas pero, a pesar del esplendor de su época, los últimos años de su vida se vieron plagados de repetidas amarguras. La primera de ellas fue la gran desilusión imperial. En Septiembre de 1273 Rodolfo I de Habsburgo fue elegido emperador y las esperanzas de Alfonso X se desvanecieron para siempre. No fue por conformismo, ya que intentó revertir su suerte pero en Mayo de 1275 nuestro monarca fue obligado a renunciar de manera definitiva ante el papa Gregorio X. Ese mismo año se ensombreció todavía más, ante la muerte de su primogénito el infante Fernando.
Se abría un proceso sucesorio complicado entre descendientes. Los hijos de Fernando, se enfrentaron a su tío Sancho, segundo de los hijos de Alfonso X, pero finalmente fue este el que accedería al trono como Sancho IV, a la muerte de su padre en Abril de 1284. Alfonso X tenía 62 años y fué enterrado en Sevilla, donde había pasado la mayor parte de su vida.
Su legado cultural y legislativo marcó un antes y un después en la historia de Europa, pero esa circunstancia no lo consoló, ante el hecho de no haber sido ungido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico que le correspondía por vía materna al ser nieto del emperador Federico II. Sin embargo ese trono no se heredaba de forma automática, lo que dió lugar al conflicto llamado "Fecho del Imperio" del que salió victorioso Rodolfo I, puesto que la Iglesia era un pilar definitivo en aquellos tiempos. El sepulcro con el cuerpo de Alfonso X el Sabio está, junto a sus padres, en la Capilla Real de la catedral de Sevilla pero, debido a los designios del rey y, ante la imposibilidad de llevar parte de ellos a Tierra Santa, su corazón y sus entrañas están en una arqueta instalada en el Altar Mayor de la catedral de Murcia.
Rafael Fabregat Condill
