Desde el 10 de Mayo de 1933, bajo los adoquines de la antigua plaza de la Ópera de Berlín, yace la Biblioteca Sumergida. Fué el gobierno nazi de Adolf Hitler el que, en dicho lugar, quemó ese día los miles de libros que no gustaban a su régimen totalitario. Muchos años después Micha Ullmann, un maestro escultor israelí proyectó una construcción escultórica con estantes suficientes para albergar más de 20.000 volúmenes, cuyos anaqueles permanecen vacíos. Un símbolo admonitorio de lo ocurrido allí mismo. En ese mismo lugar la noche de la fecha mencionada 20.000 libros, seleccionados por los nazis por parecerles anti-alemanes, fueron arrojados a la inmensa hoguera, buena parte de ellos de autores judíos y allí se consumieron. Pero eso no fue todo, ya que en otras muchas ciudades alemanas ocurrió otro tanto.
Según el ministro de propaganda nazi, dicha acción constituía "el fin de la época extremista del intelectualismo judío". Según él, "contra la decencia moral y a favor de la disciplina y la nobleza del alma humana". Así lo justificó llamando a esta acción: "La entrega a las llamas del espíritu diabólico del pasado". Aquella quema provocó un gran impacto en la sociedad europea. Sigmund Freud, cuyos libros se encontraban entre los seleccionados, comentó irónicamente a un periodista que, semejante atropello, sería en realidad un avance en la historia de la humanidad ya que, "en la Edad Media también a mí me habrían quemado". La destrucción de la palabra escrita no era nuevo puesto que, en Mesopotamia, hace más de 5.300 años, ya se utilizaba este tipo de censura, cuando a religiosos o mandatarios no les gustaba lo que allí estaba escrito.
Lo destruían porque, según ellos, su contenido confundía a la gente. Las bibliotecas eran un blanco fácil, pues nadie las defendía. La prohibición y destrucción de la palabra escrita es un sistema de persecución física, con el ánimo de aniquilar la memoria que encierran, o sea, el patrimonio de una cultura que no es de su agrado. La primera prohibición de libros a gran escala, de la que se tiene noticia fidedigna, fue ordenada por el emperador chino Chi-Huang Ti el año 213 a.C. Este soberano mandó destruir todas las obras escritas que no versaran sobre agricultura, medicina o adivinación. Una manera de borrar todo rastro de la doctrina de Confucio e ideas que avalaran su régimen. No contento con eso decretó que "Los que se sirvieran de la antigüedad para denigrar tiempos presentes, serían ejecutados junto a sus parientes".
La primera censura política decretada en Grecia se remonta al siglo V a.C. El sofista Protágoras de Abdera fue acusado de impiedad y blasfemia por haber afirmado que "era imposible saber si los dioses existían". El elocuente maestro no fue ajusticiado, pero su libro se buscó casa por casa, confiscado y quemado públicamente. El mismo Platón compartía aficiones pirómanas, puesto que no dudó en quemar todos los poemas de Sócrates. Tras varios ataques fracasados, la Biblioteca de Alejandría, joya del mundo antiguo, fue quemada en el siglo IV a.C., momento en que atesoraba más de 700.000 volúmenes. El incendio se propagó por todo el puerto de Alejandría, salvándose la BIblioteca Hija, situada en el Templo de Sirapis. Finalmente también esta última desapareció décadas después bajo la dirección del obispo católico, Teófilo de Alejandría.
Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzeovina, bombardeada con obuses incendiarios en 1992.
En el año 415 d.C. el historiador Orosio viajó hasta Alejandría comprobando que algunas partes de la biblioteca seguían en pié y que unos estantes se habían librado del incendio, pero estaban vacíos. Parece poco probable que fuera cierto lo escrito por el cronista árabe Ibn al-Kifti, al decir que Omar I (586-644) ordenó destruir los libros que quedaban en la Biblioteca de Alejandría tras estas palabras: "Si contienen la misma doctrina que el Corán no sirven para nada, puesto que se repiten y si dicen algo distinto no vale la pena conservarlos". De todas formas el cronista Kifti vivió siete siglos después de la toma de la ciudad por los árabes, añadiendo que dichos textos eran de Hesíodo, Platón y Gorgias, en tal cantidad que sirvieron de combustible durante seis meses. También la Biblia habla de quema de libros gnósticos. En todos los tiempos hubo cuturas y fanáticos que prohibíeron pensar...
Rafael Fabregat Condill