Su nombre no pudo ser más rimbombante... Nuestra Señora de la Limpia y Pura Concepción, fué uno de los dos mejores galeones de la Armada Español del siglo XVII, de 600 toneladas y botado en 1620 en La Habana, entonces una de las provincias españolas de ultramar. En uno de sus viajes, partió de Veracruz (México) en Julio de 1641 cargado con una inmensa fortuna de plata, oro y porcelana china, pero se topó con un huracán y encalló en unos arrecifes cuando estaba pasando al norte de la Isla La Española (República Dominicana / Haití) hundiéndose definitivamente el 11 de Noviembre de 1641. Su cargamento se estima en más de 100 millones de euros y se sabe, casi exactamente el lugar donde se encuentra, pero España es diferente.
No creemos que España tenga un organismo que acuda con rapidez ante el hecho de que algún cazatesoros encontrara la fortuna que albergaba este galeón ya que hay muchos otros que han sido expoliados a nuestro país por falta de estructuras legales para reclamarlos. El historiador militar Hugo O'Donnell, miembro de la Real Academia de Historia cuenta que La Concepción era una Almiranta de bandera española que se hundió en aguas del Caribe en 1641 y que se dirigía a España procedente de La habana. La Concepción era buque defensivo de una expedición de varios barcos de camino a la península. Dos terceras partes de la tripulación perecieron ahogados o comidos por los tiburones intentando salvarlo a última hora.
Claudio Bonifacio, autor del libro Galeones con Tesoros, explica que con la flota semihundida, murieron de sed, hambre y comidos por los tiburones 300 personas, entre dotación y pasajeros, mientras otros 150 fueron capturados por los piratas ingleses que pirateaban por la zona y a los que abandonaron desnudos cerca de la costa. En total solo salvaron su vida 190 personas. Solo se sabe que La Concepción era un buque de guerra y que, por lo tanto, se procuraba no cargarlo demasiado pero sin embargo se les custodiaba a ellos las piezas de mayor valor, considerando que allí estaban mejor protegidas. Sin embargo el resto de barcos eran mercantes y por lo tanto también iban cargados de riquezas y alimentos con destino peninsular.
El galeón La Concepción había cargado en Veracruz (México) metales preciosos y productos exoticos procedentes de China, previamente remitidos desde Filipinas y llegados hasta el puerto de Acapulco y llevados tierra adentro hasta el puerto de Veracruz. Principalmente era la blanca porcelana china que era muy valorada en Europa, por ser allí desconocida. En aquella época se consideraba "tesoro" todo aquello que tuviera valor y no tuviera dueño conocido. Actualmente esta denominación se da a todo aquello de gran valor y localización enterrado bajo tierra o en el mar, también sin dueño específico. Darle la categoría de tesoro invita a las empresas dedicadas a su búsqueda, creyendo que no tienen dueño ni derecho alguno sobre estos hallazgos.
Está claro que los pecios y contenido que estos buscadores puedan hallar, tienen como dueños a los países propietarios de los barcos hundidos y así se han promulgado leyes al respecto. La Historia naval de los diferentes países que navegaron esas aguas tienen perfectamente detallados los nombres de los barcos que se hundieron en su día y hasta incluso inventario de buena parte del cargamento que llevaban en el momento del naufragio. El convenio de la UNESCO sobre esta materia reconoce legalmente al Estado propietario de dichos buques y su carga respectiva, sea cual sea la nacionalidad, si la hay, de las aguas en las que se encuentre ya que, siendo una cuestión de naufragio o ataque de terceros, no están en situación de abandono.
Puede darse el caso de que este acuerdo no esté reconocido por países ajenos a estas leyes promulgadas en 1991, lo cual ocurre en el caso de La Concepción, que se sabe se encuentra en aguas de la actual república Dominicana en cuyo caso, de encontrase el pecio, habría que llegar a acuerdos o entendimientos con este país que levaran al reconocimientos de "pieza histórica" a todo cuanto pudiera encontrarse, a fin de tratar adecuadamente lo encontrado y evitar el expolio consiguiente. El lugar se sabe que está a escasa profundidad, por lo que se supone que la mayor parte de la carga sería recuperada en su momento ya que cuando esto sucedía La Corona intentaba inmediatamente su recuperación, lo cual no impide que, lo que quede, no tenga el suficiente valor para quien pueda buscarlo de forma fraudulenta.
Rafael Fabregat Condill
























