Según decía el gran filósofo griego Platón (427-347 a.C.) "No es en los hombres, sino en las cosas, donde hay que buscar la verdad". Quiere decirse que los hombres cuentan más mentiras que verdades y es en los hechos probados donde se encuentra la verdad. A quien esto les cuenta, de joven siempre le ha gustado la Historia, pero a medida que van pasando los años te das cuenta que la historia siempre la han contado los ganadores de todo tipo de batallas, con lo cual la han contado al gusto de quienes le pagaban para ello. Todo mentiras o medias verdades. Para contar la verdad tienes que enemistarte con tanta gente que no merece la pena hacerlo. Mejor contar medias verdades y de esta forma, aunque pocos te halaguen, también con pocos te enemistarás. Hasta ahora, todos cuantos han mandado han buscado su beneficio.
Si esto es así, poco de bueno puede contarse, porque a los mandatarios se les elige buscando el interés general y eso es justamente en lo que menos piensan ellos. Exceptuando su propio interés y en el de quienes les apoyan, todo lo demás les resbala. Hasta incluso en las cosas más sociales, nunca se persigue el bienestar de los débiles, puesto que de ellos no se puede sacar nada. Solo cuando se acercan las elecciones se acuerdan de ellos, ya que en las altas esferas es donde está el meollo de las cosas, el interés de quien habla y de quien escucha. Sin embargo ante el cercano voto de las urnas, cambian sus trajes por camisas y cazadoras y se lanzan a la calle y a los mercados en busca de ese voto que tanta falta les hace. Eso, por muy natural que sea, es lo más vergonzoso de su proceder y de nuestra imbecilidad.
No contentos con olvidarse del débil durante toda la legislatura, ante la proximidad de las elecciones los vemos deambular por plazas y mercados, incluso besando niños, en unos actos que no hacen más que reir al más inocente de los votantes. Alguien podría pensar que dejar entrar a puerta abierta a los migrantes es un acto de buena voluntad hacia los débiles, pero todos sabemos, tampoco en este caso, que esto no es así. Los dejan entrar porque saben que, una vez censados en los diferentes ayuntamientos tienen derecho a voto. Y ¿a quien se supone que tiene que votar esa gente?. ¿A quien les ha facilitado la entrada o a quien se la prohibe?. Está todo muy claro, lo que pasa es que los que mandan nos tienen por imbéciles, que seguramente lo somos, pero no tanto como para no darnos cuenta de sus maniobras.
En la pasada Guerra Civil (1936-1939) a muchos les pareció un conflicto limpio, en el sentido de que los dos bandos creían luchar por unos ideales casi espirituales, pero no era así. Luchaban para conseguir mandar, incluso cuando ellos mismos pensaban otra cosa. Los estudiantes, naturalmente jóvenes, aunque no se lo parezca son románticos e inexpertos, con lo cual se sienten atraídos por el anarquismo y las libertades. En principio la lucha está en desbancar al poderoso y apoyar la debilidad. Pero a medida que pasan los años te das cuenta que todas esas campañas revolucionarias nada consiguen de cara al desvalido, sino que más bien hacen que resplandezca el poder del más fuerte. Con este viraje de las realidades ya miras al mundo de distinta manera, en el sentido de que solo la tristeza ve la realidad ante la tragedia inútil.
En todas las guerras y especialmente en las civiles, solo tienen voz los que mandan, el pueblo es tan invisible que apenas existe. Se habla de los jefes de aquí y de allá, gente que, mientras en las trincheras los pobres mueren a manos de sus propios hermanos de sangre, ellos están dirigiendo las batallas desde los mullidos sillones de sus despachos. Es algo absurdo, pero así ha sido siempre. Y mientras tanto los cañonazos, actualmente misiles, destrozan a la humilde tropa que, unos carniceros y otros sastres o albañiles, no saben siquiera por qué luchan y quien hay en la trinchera de enfrente. Tal vez tu hermano o tu propio padre. ¿Y para qué esa lucha a muerte?. Para que fulano o sotano, a quien tal vez no has visto en tu vida, te diga lo que tienes que hacer o no el resto de tu vida. ¿A quien le importa?. ¡Vaya mierda de mundo...!
Rafael Fabregat Condill

























