No, no...¡No es el perro!. El perro y el gato, son los más adoptados como animales de compañía, pero eso no ha sido nunca así en el mundo antiguo y más aún entre los egipcios.
El burro es uno de los animales más fuertes que existen y los que menos gasto producen. Es relativamente pequeño y por lo tanto fácil de mantener pero, sin embargo, puede ayudar en el campo casi tanto como un mulo u otro equino de tamaño muy superior. Tenemos constancia de que los egipcios fueron de los primeros en domesticarlo para su ayuda en las diferentes tareas del campo, tanto en el arado y siembra de la tierra como en el acarreo posterior de las cosechas. Ayuda tan inestimable tuvo su gradecimiento en aquella época y prueba de ello son las muchas imágenes que han llegado hasta nuestros días. No es que fuera un amor filial, pero sí un agradecimiento a la ayuda prestada a lo largo de los años.
Tampoco era un animal válido para la batalla, ni el más dócil de la casa pero, comparativamente a su tamaño, sí era sin duda el más fuerte. Aunque incluso se enterró, en muchos casos, en la propia tumba de algunos faraones, en muchas de las imágenes que de este animal podemos contemplar, se le representa recibiendo palos. El por qué lo sabemos todos. Se trata de un animal muy tozudo. Todo lo que tiene de fuerte y resistente lo tiene de tozudo y no siempre atiende a lo que se le manda a las primeras de cambio. Incluso alguno, si le tratas mal, pude darte un mordisco. A pesar de todo, era tanto el rendimiento que daba en el campo y en el acarreo de todo tipo de cosas, que para el Egipto Antiguo fue el animal más apreciado. Pero en el resto de los países de aquella época, tampoco se quedaban cortos en su aprecio.
No hace mucho, en Tell-es Saf, antiguo enclave ananeo, se descubrieron los restos de cuatro burros jóvenes, bajo los cimientos de viviendas de casi 5.000 años de antigüedad. Su disposición hizo pensar en un enterramiento ritual y que los animales no eran del lugar, sino de tierras egipcias. No podemos saber por qué los sacrificaron allí pero sin duda fue algo en consonancia con el agradecimiento que se les daba a sus dioses por algún favor recibido. Por lo que se ve, la gente de entonces estaba muy agradecida a los esfuerzos que este animal les proporcionaba y así lo reflejaron en tumbas, paredes y lápidas. Desde luego, si no fue antes, se tiene constancia de más de 5.000 años de entendimiento entre el hombre y el burro y puede que fueran incluso algunos siglos más atrás. Se trata de un animal que, por su pequeño tamaño, es capaz de acarrear grandes pesos y a distancias considerables.
Como el camello, es también capaz de caminar durante horas cargado y por terrenos imposibles, además de aguantar mucho tiempo sin beber. Como se ha dicho antes, es animal de mucho aguante y dócil para su dueño, pero suele ser bastante tozudo y hay que tener un mínimo de paciencia con él. Egipto debió ser uno de los primeros lugares donde se domesticó. Su importancia en este territorio quedó patente al encontrarse hasta diez ejemplares en la tumba del faraón Aha, de la I Dinastía (3000 a.C.) lo que indica claramente que eran considerados con la dignidad suficiente para compartir la tumba del rey, en su viaje al inframundo. Para considerar destacada su presencia en el Egipto Antiguo hay que tener en cuenta que la economía egipcia se basaba en la agricultura del Delta del Nilo y el burro se usaba, no solo para trabajar la tierra, sino también para acarrear las cosechas.
El acarreo no solo era hasta la casa de su dueño ya que, posteriormente, algunas veces se llevaba hasta Oriente Próximo por medio de largas caravanas de estos animales. Dado su alto valor en todos los usos, los grandes terratenientes y mercaderes acaparaban gran cantidad de ellos. Incluso para los faraones eran un gran botín de guerra. El faraón Sahure de la V DInastía (2487-2475 a.C.), de sus campañas contra los libios se trajo a Egipto un botín de 233.400 burros. Casi todos los agricultores tenían uno o dos animales para ayudarles en el campo. De todas formas, aquellos que no tenían recursos suficientes para adquirirlos, recurrían a su alquiler por una o varias jornadas, que por cierto no era nada barato. Previo a la entrega del animal, su dueño les hacía firmar un contrato con el tiempo y el importe resultante que, salvo excepciones, había que pagar por adelantado.
RAFAEL FABREGAT
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