En el Egipto de los faraones, con un poco de suerte, si tu marido se divorciaba de tí ya no necesitabas trabajar. ¿Cómo, cómo...? Como lo oyen. Un chollo, la verdad.
Lo de casarse no era tan sofisticado como en la Europa actual, aunque aquí también estamos aprendiendo rápidamente. No era necesario un sacerdote o un alcalde que diera validez al acto. Se trataba de un contrato entre los constrayentes o entre las familias. Eso sí, por escrito. Tampoco era necesario un banquete para celebrarlo, con un cántaro de vino bastaba y sobraba. Lo importante era ternerlo todo claro y por escrito.
Erá algo común el visitar al padre de la novia para pedirla en casamiento pues, entre ellos, la unión del matrimonio tenía una gran aceptación, especialmente si concebían muchos hijos. Tanto si el hombre era soltero, como divorciado o viudo. Sin embargo el padre de la novia tenía la última palabra, dependiendo si le agradaba o no el compañero para su hija. La joven e incluso la madre, no tenían voz ni voto. Se ha encontrado una inscripción que dice: "Mi padre me dió en matrimonio sin yo saber nada y sin mi consentimiento". Así funcionaban las cosas en aquellos tiempos. No fue hasta la Dinastía XXVI (664-525 a.C.) cuando la mujer pudo opinar al respecto. Fue la última Dinastía egipcia que acabó con la invasión persa del año 525 a.C.
En Egipto no había ceremonias civiles o religiosas, pero sí un contrato que reflejaba lo que cada uno de ellos aportaba al matrimonio y lo que pasaría con esos bienes, o incluso con los adquiridos posteriormente, en caso de divorcio. Como sucede actualmente, los novios se unían "para toda la vida" e incluso para el más allá, pero si la pareja se separaba, todo estaba perfectamente escrito y estipulado. Con contrato o incluso sin él, las leyes estaban perfectamente reglamentadas al respecto. Cuando uno de ellos faltaba a sus obligaciones y especialmente por infidelidad, el otro podía pedir la separación. El asunto era especialmente fácil, ya que bastaba con que uno de ellos expresara su voluntad de separarse y liquidar las condiciones del contrato.
Cuando las causas del divorcio carecían de culpabilidad por parte de la mujer, ésta podía reclamar una pensión compensatoria y seguir viviendo independientemente, o bien regresar a la casa de sus padres. Lo de la pensión compensatoria era siempre a favor de la mujer pero, aún así, no se podía pedir más de lo estipulado en el contrato. Había que mirar muy bien lo que se especificaba en el mismo antes de la unión. En otras civilizaciones no había culpabilidad en el hombre así que, en todas ellas, el matrimonio encadenaba a la mujer al marido imposibilitando la ruptura. Machismo puro y duro, actualmente obsoleto, al menos sobre el papel.
RAFAEL FABREGAT
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