Mostrando entradas con la etiqueta El tabaco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El tabaco. Mostrar todas las entradas

2 de julio de 2012

0726- DON FERNANDO MATADAMAS.

En España hubo un monarca, de la familia de los Borbones, cobarde, patán y de pocos escrúpulos que sin embargo no quedó regazado en el uso y abuso de sus cuatro esposas. 
Pero la Historia no lo recuerda por su fogosidad, pues sus mujeres hubieron de completar sus necesidades con otros hombres. Se le recuerda más bien por haber anulado la Ley Sálica y por sus actitudes serviles ante el enemigo francés Bonaparte. 
La primera para, ante la ausencia de hijos varones, poder sentar en el trono a su hija Isabel y la segunda para salvar el propio culo a costa de entregar el país a los gabachos. Unas y otras cosas le dieron, ante el pueblo, la más baja categoría que jamás tuviera un gobernante español. 
Fernando VII fue con diferencia el rey más odiado de todos los tiempos. Sin embargo hoy no vamos a entrar en aspectos tristes de la Historia de España, sino que vamos a comentar hechos más jocosos que nos animen en este día próximo a la llegada de los Reyes Magos. 
Fernando VII era hijo de Carlos IV, un pusilánime cuernudo que dejó el control del gobierno de España en manos de Manuel Godoy, amante de su mujer María Luisa de Borbón-Parma. Su hijo, déspota y tirano pero de fascinante personalidad (Fernando VII el Felón) empezó muy joven a frecuentar los burdeles madrileños del Arco de Cuchilleros al amparo de disfraces nocturnos y compañeros de mala nota.

Arco de Cuchilleros
Uno de sus lugares preferidos era la casa de "Pepa la Malagueña", en la calle del Ave María, donde le servían el mejor vino en la laxitud posterior a su lascivo rebullir con la Pepa o cualquiera de sus pupilas.
- Además de felón, putero -decía el pueblo de Madrid.
A los 18 años sus padres, a fin de continuar el "negocio" familiar, decidieron casarlo en 1.802 con su prima hermana María Antonia de Borbón, hija de Fernando IV de Nápoles y María Carolina de Austria. La boda fue por poderes y a final de año se conocieron los esposos con gran impresión por parte de la joven señora...

- "Al verle estuve a punto de desmayarme. En el retrato que me mostraron me pareció feo, pero comparado con la realidad era un Adonis. ¡Y tan encogido!. El duque de Santo Teodoro me dijo que era un buen mozo, despierto y amable. Cuando estás preparada para lo malo encuentras el mal menor, pero yo creí en sus palabras y quedé espantada al verlo".
Tres meses después el matrimonio aún no se había consumado. Por lo visto, en los primeros encuentros el "soldadito" de Don Fernando no funcionaba.
- Mi hija está desesperada y con mucha razón -decía la suegra- 
Su marido es memo. Un latoso que no hace nada. Ni caza, ni pesca y ni siquiera es animalmente su esposo. Y sin embargo no sale de su alcoba...

María Antonieta de Borbón
Según Bergau, seis meses después de la llegada de la esposa, "...el único juego erótico practicado por el marido era la succión de los monumentales senos de la mujer". 
Con 19 años el ceporro no solo incumplía con su esposa, sino que incluso se hacía pis en la cama y se levantaba con el camisón empapado. La pobre muchacha vivía una vida desagradable, en un país extranjero, lejos de su casa y de su familia. 
Su suegra, María Luisa (la ligera) decía de ella que era "Una escupitiña de su madre, animalito sin sangre, vívora ponzoñosa, rana a medio morir..."
Pero las cosas cambiaron cuando, por fin, una noche Fernando consiguió consumar el matrimonio. Tras la faena y en ese momento en que la lengua se suelta y fluyen las confidencias, Fernando confesó su odio a Godoy, el amante de su madre. Sorprendida por la confidencia, ella le respondió que tampoco le gustaba nada. A partir de ese momento Fernando pasó de ser un inútil en la cama a un auténtico salido. Sin embargo María Antonia murió dos años después (1806) de tuberculosis y sin descendencia, con lo que Fernando VII volvió a sus quehaceres nocturnos y amistades barriobajeras que tanto le gustaban pues le permitían practicar sus sucios modales. Se limpiaba con el dorso de la mano los restos de vino que le chorreaban hasta la barbilla y fumador empedernido acostumbraba a ofrecer los puros a medio acabar a los presentes como muestra de amistad.
- ¡Toma, acábatelo!. Y el infortunado tenía que tomar la punta de puro, mordisqueado y babeado y acabárselo, tanto si era fumador como si no.


Isabel de Braganza
En 1.816 Fernando VII contrajo nuevas nupcias con su sobrina Isabel de Braganza, infanta de Portugal e hija de su hermana mayor Carlota Joaquina y Juan VI de Portugal. Tuvieron una hija que apenas vivió cuatro meses. Poco después quedó embarazada de nuevo y falleció. En avanzado estado de gestación Isabel tuvo un desmayo y los médicos, creyéndola muerta, procedieron a extraerle el feto. La pobre embarazada dio un agudo grito y murió por las heridas causadas. Tampoco se pudo hacer nada por el feto.
Un año después (1819) Fernando VII se casó de nuevo, esta vez con María Josefa de Saboya, hija de Maximiliano de Sajonia y de Carolina de Borbón-Parma. No tuvieron descendencia, veremos inmediatamente el por qué...
La joven aún no había cumplido 16 años cuando contrajo matrimonio con el rey de España. Tras la muerte de su madre, Josefa se había criado en un convento por lo que nada sabía de las relaciones carnales. El monarca, aunque despertó tarde, era conocido por sus arrebatos sexuales y además tenía prisa por engendrar al hijo varón que le perpetuara en el trono. En aquellos tiempos era costumbre en la corte que, justo antes de comenzar la noche de bodas, la princesa de sangre -casada y con categoría más próxima al rey- pasase quince minutos con la recién casada explicándole lo que sucedería después.


María Josefa de Saboya
Sin embargo a quien correspondía esta misión era a la cuñada del rey, María Teresa de Braganza hermana de la esposa anterior de Fernando, por lo que ésta se negó a ello. A falta de la princesa, la función correspondía a la camarera mayor pero esta también se negó alegando que "nunca se había fijado en las cosas que le hacía su marido en la cama..."
Cuando entró el rey en la habitación solo vio a una asustada niña de 15 años que al verlo viejo, gordo y seguramente "excitado", intentó huir corriendo por toda la habitación. De poco le sirvió al fogoso marido hacerse entender, puesto que la joven no conocía el español ni el alemán. Fernando monta en cólera y hace llamar a su cuñada y a la camarera mayor para que instruyan a la joven de forma inmediata. Tras la breve charla de las mujeres el rey y su esposa retornan a la habitación para consumar el matrimonio, esta vez sin que el monarca encontrase resistencia alguna. Sin embargo la procesión iba por dentro. Los temores de la niña María Josefa Amalia de Saboya eran de tal magnitud que mientras su marido la penetraba se fue de vientre sobre él. Fernando se limpió como pudo y no volvió a tocarla en ocho días. No sabemos como serían sus relaciones posteriores pero la reina murió diez años después (1829) sin descendencia. 
Aquel mismo año Fernando VII se casaría de nuevo, esta vez con otra de sus sobrinas, María Cristina de las Dos Sicilias, de la que tendría dos hijas (Isabel y Luisa Fernanda) motivo por el cual el monarca abolió la Ley Sálica que permitió la subida al trono de la que sería Isabel II.

María Cristina Dos Sicilias
A esta última esposa (María Cristina) no solo no pudo enterrarla sino que, muriendo Fernando VII en Septiembre de 1.833, cuando la heredera de la Corona (Isabel II) solo contaba tres años de edad, fue nombrada Regente y gobernadora del Reino ejerciendo el cargo durante siete años.
A los tres meses de enviudar, María Cristina se casó en secreto con un sargento de su guardia. Por lo que se ve, era bastante menos mojigata que su predecesora... En 1.840 los continuos enfrentamientos entre liberales y moderados la obligaron a dejar el poder en manos del general Espartero pero desde París intrigó en sus adictos contra el general y consiguió derrocarle, favoreciendo que el gobierno fuera entregado a su hija Isabel II que contaba entonces 13 años de edad. Valiente y decidida se comentaba que no había negocio importante donde ella no estuviera metida por lo que se ganó las antipatías del pueblo y volvió a ser expulsada en 1.853, esta vez para siempre. Volvió a París y no regresó hasta la entronización de su nieto Alfonso XII, pero con la limitación de no poder fijar su residencia en España. Su segundo matrimonio (con el sargento) no fue bien visto por su hija Isabel ni por su nieto Alfonso, motivo por el cual nunca mantuvieron una buena relación con ella.
En fin. Cosas que pasan todos los días, aunque no se escriban en la Historia...

RAFAEL FABREGAT

9 de julio de 2011

0417- ECHARSE NOVIA EN TIEMPOS DE FRANCO.

Es muy común el pensar, al menos entre los jóvenes, que todas las cosas de la vida han sido siempre tal y como ellos las han conocido. Sin embargo esta opinión cambia con los años, al darse cuenta de que todo tiene una continua y permanente evolución, no siempre a mejor.

El noviazgo es una más de esas cosas en permanente cambio. Nada que ver lo que era echarse novia hace 50 años atrás, con lo que ocurre actualmente y para información de la juventud actual y recordatorio a los que la dejaron atrás hace ya mucho tiempo, voy a contarle a esta juventud de hoy como era lo de echarse novia en tiempos de Franco... No digamos ya en el caso de remontarnos a épocas del medievo en las que, transcurrido el tiempo de noviazgo (impuesto por los padres respectivos) y tras el banquete de boda, podía darse el caso de que alguien se metiera en tu cama para asegurarse de que hacías todo lo que tenías que hacer y de que lo hacías bien. 

A tal efecto, era también una eventualidad bastante frecuente que a la mañana siguiente tuvieras que dejar colgando las sábanas en la ventana de tu habitación, para que todo el pueblo constatara no solo que el "trabajo" había sido realizado, sino que la novia había superado su virginal abstinencia.

Después las cosas fueron modernizándose y uno podía elegir candidata a compañera vitalicia y recibir algún "adelanto" a cuenta. Lo de elegir nos lo hacían creer ellas, ya que la realidad es que ningún hombre elige mujer, puesto que siempre es la mujer la que elige al hombre.
Una vez dado el paso de la elección (más o menos simultánea) ella se apresuraba a cerrar a cal y canto la operación. Pero vayamos al grano... Los protagonistas de nuestra historia se llamaban Recesvinto y Brunilda pero, para hacerlo más fácil, los llamaremos Rafael y Montse.
- Tienes que hablar con mi padre Rafael -decía ella modosita.
- ¿De qué? -respondía uno haciéndose el despistado.
- ¿De que va a ser? -replicaba ella mosqueada- ¿No quieres que tu y yo empecemos a... (!!!) a salir juntos?.
- Mujer, pues claro. Yo te quiero, yo te... -aseguraba Rafael al tiempo que le volaban las manos.
- Para, para, para... De momento las manitas quietas. Primero tienes que hablar con mi padre -exigía ella aparentando ser un témpano polar, cuando en realidad era charquito en desierto abrasador.
- Vale, vale -respondía el novio, viendo como los planes se "desinflaban" sin remisión.

Indefectiblemente la cita, como todo en la vida, siempre la organizaban ellas.

- Padre, que hay un chico que quiere hablar con usted...
-decían ellas como quien no quiere la cosa.
- ¿Quien es y qué quiere? -decían ellos dándose importancia.
- ¡Padre! por favor... -alegaba la niña que quería ser mujer.
- José, ¡no te hagas el duro! -decía la madre apoyando a su retoña.
- Vale, vale... ¿cuando quiere venir? -decía el padre por decir algo.
- ¿Le parece bien esta misma noche? -respondía la hija presurosa.
- Cojones, un poco más y lo traes al mediodía... Qué prisas, ¡ya te hartarás ya...!
Y la hija, feliz como pez en el agua, empezaba a poner la comida en la mesa canturreando la última canción del Duo Dinámico.

Por la tarde, exultante de alegría y frenesí, Monsín comunicaba la nueva al chico de sus amores.

- Rafael, cariño, ¡el asunto es esta misma noche! -decía ella sumisa y satisfecha.
- ¿Cual asunto? -él manteniendo las distancias.
- ¡Rafael, por favor...!
- ¡Si mujer...! Era broma, esta noche voy. -la chica estaba como un queso y había que hacer el sacrificio que hiciera falta para llevársela al huerto.
Quieras que no, uno iba bastante acojonado y el asunto de agradable no tenía nada...
Con la puntualidad de un Omega de oro, a las nueve en punto Rafael se presentó en la casa de sus futuros suegros. Dispuesto al sacrificio, como cordero musulmán en matadero municipal, que sabe que tras el dolor de la muerte viene el premio celestial.
-¡Montse! -llamó él vergonzoso, casi indefenso, a la puerta de la casa.
Afortunadamente ella estaba esperando y salió presurosa a darle su apoyo incondicional.
- ¡Ah ¿eras tú?. (Coño, ¿quién había que ser?)
- Pasa, pasa... ¡Padre!. -risitas emocionadas de la fémina. 
- ¡Rafael ha llegado!. (Al matadero)

El señor José, con cara de perros, asomó por la puerta del salón, como el ogro del castillo de Lilipud, al tiempo que Montse marchaba hacia la cocina donde la esperaba su madre.

- Buenas, ¿qué pasa? -dijo el hombre, que tampoco se acordaba de por donde había que coger el toro.
Rafael azorado, no sabía qué responder. Tragó saliva y echando mano de un recurso entonces exclusivamente varonil, sacó el paquete de Celtas, dándole uno al padre del bombón. Tras darle fuego al futuro pariente y encender el suyo propio, el ánimo de Rafael ya estaba más calmado...
- Montse y yo nos queremos -soltó Rafael a bocajarro.
- ¡Ah!, ¿sí...? -el "ogro" no daba facilidades- ¿Y...?
- Ejem, hombre pues... que si a Ud. no le importa... ¡Saldríamos juntos!
-explotó Rafael ya más animado.
- ¡Yo vendría a buscarla aquí a su casa, iríamos al cine, iríamos a pasear con los amigos...! Cuando el chico empezaba a tomar confianza, la brasa del cigarrillo llegó a la boquilla. ¡Aquello sabía a alquitrán de carretera local bacheada...!

Sabiendo que el señor José era un fumador empedernido, Rafael sacó nuevamente el paquete de Celtas y le alargó otro cigarrillo al progenitor de su amada, que éste no rechazó.

José quería hacerse el duro y no daba facilidades. Callado como una tumba, lo dejaba todo en manos de Rafael, que ya no sabía que más decir.
En la cocina (ji, ji, ji) se oían unas risitas de complicidad entre madre e hija que, con las orejas pegadas a la puerta, no perdían detalle, mientras los hombres de la casa encendían su tercer cigarrillo.
- Pues eso señor José que yo, si a Ud. no le parece mal, vendría aquí algún día de la semana a charlar un ratito con su hija, o a buscarla para salir...
Por fin José hizo un esfuerzo...
- Vale, pues muy bien. Pero, a ver qué hacemos...¡Eh! Que la cabeza está para algo. ¿Está claro? -remachó José y acto seguido llamó a su hija.
- ¡Monsín!, que Rafael ya se marcha -dijo el hombre aguantando la risa.
- Padre que, si le parece bien, iremos a tomar una limonada y volvemos enseguida -dijo Montse, más espabilada que el hambre.
- Bueno, pero no volváis tarde -dijo el padre condescendiente.
- Hasta luego y gracias -se despidió Rafael hecho un manojo de nervios y viendo que apenas le quedaba tabaco en el paquete.

A la salida de la casa y aprovechando la poca luz que hacía el alumbrado público de entonces, Rafael ya le dió un achuchón a su flamante novia que todavía se resiente ahora, cincuenta años después. Es un decir, claro está...
Ahora ya nada es como antes...
- Padre, este es Manolo -espetan las hijas sin avisar de su llegada.
- Ah muy bien, ¿qué tal? -responde uno cortés.
- Muy bien gracias -dice el "dueño" de tu hija por decir algo.
- Madre, nos vamos -dice la hija sin más dilaciones.
- Adiós -respondemos los padres ya curados de espanto.
Y ahí acaban las presentaciones y las formalidades... y cuando se cansan de estar allá donde les da la gana, vuelven a casa o no vuelven. Nada es previsible, los nietos tampoco. Llegan, o no llegan. Y eso que a los cuatro días te dicen: 
- La semana que viene nos vamos de viaje... Y al volver nos ponemos a vivir juntos en una casita que hemos alquilado.
Y los padres... ¡Aguanta y a callar!.
Lo malo es que con esta misma rapidez, funciona todo lo demás... (Las separaciones también)

RAFAEL FABREGAT

11 de abril de 2011

0329- EL ESTIGMA DEL FUMADOR EMPEDERNIDO.


Por lo que se ve, la provincia de Castellón es la que peor lleva la nueva Ley antitabaco. Ahí están los datos que lo corroboran. Nada menos que el 66% de las sanciones llevadas a cabo en toda la Comunidad Valenciana. 

De los 403 expedientes sancionadores interpuestos en esta Comunidad, 285 corresponden a la provincia de Castellón. Oye, ¡que chulos somos!. ¿No?. O más bien tontos, diría yo, porque son ganas de tirar el dinero... ¿Tanto tenemos?. Lo más interesante (y peligroso) es que, parece ser, que son los propios clientes los que denuncian el incumplimiento de la normativa en determinados establecimientos. ¡Ojo al dato!. Que no es necesario que casualmente pase un inspector por tu establecimiento para encontrarte con una multa que te arruine la semana, no. 

Cualquier simpático cliente al que tu le pones cada día su bocadillo o su café, puede ser el "chivato" que te vacíe la cartera. 
Esa denuncia se traducirá en la visita de un inspector de incógnito que te levantará el acta a la vista del primer cigarrillo y te "bajará los humos", nunca mejor dicho. 
Este hecho está corroborado por la Inspección Sanitaria que dictamina que las visitas de oficio no llegan al 14% mientras que más del 86% son visitas de parte. 
Tu, permisivo, dejas que dos gamberros fumen en tu establecimiento, por no llamarles la atención y espantarlos como clientes y resulta que va otro y te denuncia. Eso si no son los mismos que fumaban... "T'ha agradat el socarrat"?.
Y es que no hay civismo. Como niños malcriados, baste que una cosa te la prohíban para que guste doblemente. 
Yo no soy partidario de imposiciones pero, si no hay educación ni ciudadanía, solo queda el camino de la sanción. Soy el primero en levantar la bandera de la libertad, pero tu libertad acaba allí donde perjudicas a un tercero y no sería necesario decir cuanta gente se ha alegrado de ¡por fin! poder entrar a un bar sin humos. 

Cuarenta años atrás era tan general el uso del tabaco en los bares que recuerdo que se hacía obligatoria la colocación de un pequeño extractor en la parte alta de la puerta de entrada. 
Nadie lo pedía pero el propio dueño del bar, fumador o no, terminaba la jornada asfixiado y alguien le sugeriría esta mínima solución. 
En verano, con las puertas abiertas, la nube tóxica de puros y cigarrillos aún se toleraba bastante bien pero en invierno... 
Todo cerrado, para aislarse del frío de la calle, el humo era tan intenso que en locales alargados apenas se distinguía a quienes estaban sentados al fondo del local. 
Por si el tabaco no fuera suficiente, en los pueblos era bastante frecuente la colocación de una estufa de leña que, sacando el tubo de la chimenea por un orificio practicado en la propia puerta del local, sacaba el humo al exterior. 
Claro que, ya se sabe, al más mínimo soplo de viento solía sacar algunas bocanadas de humo, aumentando la ya intensa nube creada por los fumadores. 
Ante cualquier comentario la respuesta estaba preparada...
- El que no vulgui pols que no vagi a l'era.
Y el quejica quedaba sin saber qué responder. 
Estas actitudes tan poco cívicas, promovidas por la escasa preparación académica del personal, no admitían queja alguna de los no fumadores. 
Quien podía soportar los "malos humos" acudía igualmente a jugar la partida o a pasar la tarde con los amigos y a quienes su salud no les permitía tragar el humo de los bares, no tenía otra solución que quedarse en casa. 
Nunca ningún fumador, hasta ahora, se planteó jamás lo perjudicial que podría ser su vicio para los demás. De hecho todos los fumadores hemos fumado en presencia de criaturas de corta edad, tanto en la casa como en los bares, sin ni siquiera plantearnos que ello pudiera ser perjudicial para nadie. 

De saberlo, aunque no todos, algunos nos hubiéramos planteado el dejar un cigarrillo sin encender en determinadas ocasiones. Aunque hay gente para todo no creo yo que, a sabiendas de lo perjudicial que puede ser el humo del tabaco para los demás, uno pueda tener la desfachatez de seguir fumando en presencia de otras personas y especialmente de los niños. Naturalmente en locales cerrados, porque hacerlo en la calle o espacios abiertos, no creo yo que pueda perjudicar a nadie. Si todos fuéramos como debiéramos ser, no haría falta que se prohibiera fumar en locales públicos cerrados, pero ¡claro! es que, de ser así, no haría falta tampoco policía, ni guardias de tráfico, ni abogados, ni jueces, ni...

RAFAEL FABREGAT

3 de marzo de 2010

0046- TRAVESURAS DE NIÑO POBRE.

El primer cigarrillo.
Sucedería allá por el 1.958-59, teniendo yo por tanto unos 9-10 años de edad. Estaba con un compañero de juegos (Enrique el del Raconet) y seguramente no teníamos otra cosa mejor que hacer.
Pasábamos el tiempo explorando las cercanías del Ravatxol, intentando seguramente cazar alguna rana en los charcos putrefactos, que entonces eran habituales, cuando descubrimos que la pequeña "pallisa de Sixto" estaba con el techo hundido y la puerta abierta. Nos acercamos cual exploradores aguerridos saltando la alta pared que allí tenía la riera y nos acercamos temerosos de que el dueño pudiera estar por las cercanías de la pequeña construcción, plantando quizás alguna verdura en el bancal anexo. No había nadie por las inmediaciones y nos acercamos a la puerta que, abierta en su totalidad, mostraba un tejado de teja artesana sobre cañizo de cañas, hundido solamente por uno de los lados.

Al parecer, las vieja vigas (cabirons) de madera se habían roto por la humedad provocada por alguna gotera no arreglada y el tejado había caído al suelo parcialmente, formando una especie de túnel que a nosotros se nos antojó una cabaña en la que acudir a jugar un día si y otro también. Bajo el techo semi caído y con un verdadero peligro que no intuimos jamás, había restos de paja que acomodamos en el improvisado habitáculo y que nos daba una cierta comodidad. Una semana después la vieja y ruinosa caseta era ya nuestro cuartel general. Cierto día, aprovechando que mi padre siempre tenía tabaco en rama en el desván y los libritos de papel de fumar sobre la chimenea de la cocina, hice acopio de material y lo trasladé al lugar de juegos.

Sin idea del asunto y con un resultado de pena, el llamado Enrique y yo nos liamos un cigarrillo cada uno y lo encendimos con unas cerillas simulando ser hombres hechos y derechos en un juego que duró poco tiempo.
Bromeando Enrique encendió la paja que teníamos alrededor y yo hice lo propio en el encañizado que aguantaba las tejas del maltrecho tejado. Posiblemente era un caluroso día de verano y todos aquellos materiales viejos y resecos por el calor, prendieron como si de pólvora se tratase. Asustados intentamos apagar el pequeño fuego que a modo de broma habíamos encendido, pero cuanto más lo golpeábamos más fuerza y extensión alcanzaban las llamas. Salimos... A duras penas salimos de la pequeña caseta donde pudimos perecer abrasados. Indemnes pero asustados, vimos como en cuestión de segundos las llamas sobresalían varios metros por encima de las breves paredes.

Corrimos asustados como perseguidos por el propio diablo, cada cual hacia su casa y sin pararnos a comentar nada sobre lo sucedido.
Naturalmente, en previsión de un posible castigo, no dije en casa nada de lo que había ocurrido pensando también que se trataba de una caseta derruida y que la cosa tampoco tenía gran importancia.
Al día siguiente en la escuela hablamos sobre lo que pasó y tampoco Enrique había dicho nada a sus padres, por lo que decidimos olvidar el tema y lógicamente no volver más por allí. Pero el olvido fue por poco rato...
Alertados por algún vecino que vería las llamas y nuestra salida de la caseta en desbandada, cuando llegamos a casa al mediodía a la salida de la escuela, nuestros padres ya nos estaban esperando correa en mano que afortunadamente no llegaron a emplear. Se montó el oportuno interrogatorio, improperios y amenazas de todo tipo y algún que otro tirón de orejas... Nos obligaron a ir a la casa del dueño de la caseta a pedir perdón, pero nada más.

Inventores sin medios.
Por aquellos tiempos y con una cierta frecuencia venía a Cabanes un tal Arturo, sobrino de la "tía Martina" y "Agustí Andreu", cuñados de la "tía Elvira la
espardenyera". Agustí era guardia de campo y el matrimonio vivía en el número dos del carrer Nou, junto a la placeta de Sitjar, en la casa que actualmente ocupan María Jesús (Chus) y su marido Quique.
Tantas eran las veces que Arturo venía a nuestro pueblo que incluso iba con nosotros a la escuela, por lo que a menudo solíamos jugar juntos. Él era un par de años mayor que yo y además de tener conocimientos superiores a los míos por la edad, le gustaban las aventuras un poco estrafalarias o al menos a mí eso me parecía, lo cual resultaba atractivo.
Cierto día me dijo querer hacer un cohete que llegara al cielo y me preguntó si tenía dinero para comprar los ingredientes necesarios para fabricarlo. Naturalmente yo no tenía una sola peseta y para asociarme a su aventura brindé la posibilidad de vaciar unos cartuchos que había descubierto días antes en el desván de mi casa y aportar la pólvora que saliera.

Aceptó encantado y aquella misma tarde busqué los citados cartuchos, al parecer de fusil y que seguramente habría traído mi padre de la reciente guerra civil. Ignorando el peligro al que me enfrentaba, a golpe de martillo arranqué las balas de los cartuchos y vacié la pólvora que contenían en una pequeña cajita de latón que había preparado al efecto.
Afortunadamente nada pasó y al día siguiente, dentro del cauce del "Ravatxol", que era el lugar de la cita, aporté mi material. Arturo no se alegró tanto como yo creía, pues dijo que con tan pequeña cantidad nada importante podríamos hacer. Se guardó la cajita que dijo emplearíamos en mejor ocasión y me dijo que había conseguido un "duro" y que con él podríamos realizar el invento. Nos fuimos los dos a la "tenda de les Danieles" y diciendo que era para su tía Martina, Arturo compró 2 Kg. de "piedras de carburo" (4,-Ptas.) y con ellas metidas en una bolsa de papel nos encaminamos al punto de lanzamiento, dentro del cauce del Ravatxol.

Afortunadamente la escasez económica hizo que Arturo optase por distribuir el "carburo" para varios "lanzamientos", porque si llega a disponer todo el material en uno solo, posiblemente hoy no podría escribir esta entrada (por falta de manos, o de cabeza, vete a saber).
Previamente preparada una lata vacía de sardinas en aceite, de una capacidad aproximada de 2 Kg. y con un pequeño agujero en el centro que habíamos realizado con un pequeño clavo, cavamos un hoyo en el suelo de un ancho similar al del bote conseguido. Al hoyo, doble de profundo que la lata preparada, pusimos una buena cantidad de carburo dentro, añadiéndole una cierta cantidad del agua putrefacta que el río siempre llevaba, procedente de los lavaderos municipales. El carburo en contacto con el agua empezó rápidamente a hervir, creando el gas que tantas veces se empleaba entonces para alumbrarse en patios y corrales sin luz eléctrica. Arturo tapó rápidamente el hoyo poniendo la lata del revés y arrimando al mismo tiempo tierra alrededor para que el gas escapara solamente por el pequeño agujero realizado.

Prensó bien la tierra de alrededor de la lata a base de patadas y, gato viejo y espabilado, Arturo mandó al jovencito e inocente Rafael que prendiera una cerilla y la arrimara al pequeño agujerito del que, según él, saldría una pequeña llama cual si de un farol de carburo se tratara y entonces...
¡¡¡ BOOUM !!!
Una fuerte explosión dejó escocida mi mano para el resto de la semana. Apenas fue el roce del bote porque yo, ya miedoso con el experimento, acerqué la llama de la cerilla con precaución y la retiré de inmediato pero aún así la explosión fue más rápida que yo. Mi mano quedó amoratada y el bote... ¡no alcanzó el cielo, pero si que fue a parar a más de cien metros!
Con la mano envuelta con mi pañuelo de bolsillo, el susto no impidió que consumiéramos el resto de carburo en nuevas explosiones, pero los experimentos posteriores ya fueron encendidos por Arturo, lanzando éste la cerilla al agujerito desde una mínima distancia de seguridad, en lugar de acercarla con la mano.

No escarmentado con la experiencia anterior y con tan solo la peseta sobrante de la compra de carburo en el bolsillo, Arturo tenía una nueva sorpresa con la que deleitar a su amigo Rafael. Dijo ser capaz de fabricar pólvora en el caso de que yo le proporcionara una cierta cantidad de azúcar, que vino a ser alrededor de 100 gramos. Menos mal que esa cantidad era suficiente pues en mi casa, como en la mayoría, el azúcar (y todo lo demás) estaba escaso en aquellos tiempos. Nos fuimos a mi casa, en el número siete de la calle de las Eras (muy cercana al Ravatxol y en un momento de despiste de mi madrastra cogí un buen puñado de azúcar de un paquetito que guardaba en la vieja alacena. Arturo dijo ser suficiente y ambos nos dirigimos a la farmacia de Don Pedro, en la calle San Vicente.

Perfectamente conocedor de lo que hacía, pues habrían sido muchas las veces anteriores en las que había realizado el experimento que ya no era tal, Arturo pidió a Don Pedro una cajita de pastillas de Clorato Potásico para tratar unas llaguitas "que le habían salido a su tío Agustí, en la boca". Don Pedro no tenía el por qué dudar de su palabra pues efectivamente ese era el medicamento para dicha problemática y ese era también el ingrediente que nos faltaba. Preguntó el precio que resultó ser de 0,90 Ptas. ¡Maravilloso, aún nos sobraban 10 cts.! Cogimos la cajita de pastillas y nos encaminamos hacia el Ravatxol.Machacamos sobre una piedra grande y lisa la totalidad de las pastillas que contenía la cajita y mezclamos el polvo resultante con los aproximadamente 100 gramos de azúcar que yo había aportado. El resultado fue un combustible similar a la pólvora. De hecho, con unos canutos de caña, un trozo de mecha de voladura que también encontré en el desván de mi casa, papel de envolver y un trozo de cuerda fina, fabricamos petardos y hasta cohetes voladores. El tal Arturo, con domicilio paterno en Borriol, sabía mucho... ¡Quizás demasiado!.

Jugar a médicos, algo habitual.
Como es natural, el lector habrá pensado que voy a referirme a lo que tradicionalmente se llama jugar a médicos con chicas... Ójala se tratara de eso, pero no, no... Yo era entonces muy amigo de Pepe "el de Bolos" con el que jugaba día sí y otro también hasta el punto de que cuando no estaba yo en su casa, estaba él en la mía. Como mi padre tenía el taller de escobas junto a la carretera de Zaragoza, en la Bodega de les Camiles, costumbrábamos a jugar en la Bassa Nova, adyacente a los bancales de la familia Dotres y esquina al camino que desde "el Peiró" de la calle San Mateo, inicia el recorrido hacia Benlloch. Entonces llovía más que ahora y aunque todos los animales que venían de aquella parte del término municipal abrevaban en ella, dicha "Bassa" siempre tenía una cierta cantidad de agua y por lo tanto la materia prima que nosotros necesitábamos: ¡Ranas!.

Esa era la materia prima, las ranas con las que Pepe, también mayor que yo, ponía en práctica disecciones propias del más experimentado médico forense.
Los desgraciados animalitos no hablaban ni gritaban pero yo, más mojigato, era incapaz de realizar las instrucciones que el maestro me enseñaba. Pepe, el "maestro", se enfadó conmigo y me quedé sin amigo durante casi una semana, tachándome de cobarde y gallina. Claro que unos días después el amigo volvió, pues "le faltaba un hervor" y tampoco todos querían jugar con él. Jugamos a "pastà fang" con el barro que permanentemente había en el borde del agua. Jugábamos al "Santa lluna fa forat" y también hacíamos coches, camiones y toda clase de cosas de barro. Volvimos a ser amigos y todo volvió a ser como antes. Pero sin ranas, eso sí... ¡Sin ranas!.

RAFAEL FABREGAT