Como ayudante del sobrecargo viajaba Jerónimus Cornelisz, un seguidor de las teorías de Torrentius juzgado pocos días antes de la partida y condenado por herejía y blasfemia, lo que le llevó a enrolarse en este viaje a fin de poner tierra de por medio. Con el capitán Ariaen Jacobsz, oficiales, marinería y pasajeros sumaban a bordo 341 personas.
Cornelisz era un sujeto peligroso y sin escrúpulos que prontamente entabló amistad con el capitán Jacobsz, enterándose de la mala relación que había entre él y el comandante Pelsaert. Entre ambos planearon hacerse con el control del barco y apoderarse de la importante cantidad de oro y plata que transportaban, puesto que los comerciantes del sudeste asiático solo aceptaban el pago de las mercancías con metales preciosos. Con la obligada cautela los dos facinerosos fueron reuniendo a un grupo de hombres dispuestos a seguir sus órdenes a cambio de una parte del botín. Tras una parada en Ciudad del Cabo, el capitán alteró el rumbo a fin de llamar la atención del comandante y buscar la disputa pero éste no pareció enterarse del cambio. Varios actos de indisciplina y la agresión sexual a una de las pasajeras (Lucrecia) tampoco provocaron el efecto deseado. El motivo de tanta laxitud era que el comandante Pelsaert estaba enfermo por lo que los provocadores hubieron de esperar. Debido al rumbo errático, en una noche cerrada de Junio de 1629 el Batavia encalló en los arrecifes del archipiélago de las Abrolhos, en la costa occidental australiana, a unos 3000 Km. al sur de su destino.

Sin embargo, a sabiendas de que apenas fueran rescatados sería castigado por el intento de motín, con la ayuda de sus secuaces mataron a todos los supervivientes que pudieran suponer una amenaza. En un acto propio de dementes, más de un centenar de personas fueron torturadas y asesinadas por su camarilla y escondido el tesoro con el que pagar las especias. Dicho tesoro consistía en doce cajas de monedas de plata valoradas en 250.000 florines y un cofre con joyas valoradas en otros 58.000 florines. Eso sin contar dos cuadros de Rubens encargados por un gobernante mongol, que también fueron trasladados a tierra. Dos semanas después Cornelisz reunió a los conspiradores y se autoproclamó primera autoridad de los supervivientes marcando normas y aplicando penas a los insubordinados. Eran unos 25 hombres, duros y bien armados que sembraron el terror entre el resto. Cualquier indisciplina era condenada a muerte y ejecutada en el acto. Era el control absoluto en una especie de reino en el que Cornelisz ejercía el poder supremo.

Alcanzadas las balsas, hombres, mujeres y niños fueron masacrados sin piedad antes de llegar a la isla que ocupaba Hayes y sus 20 compañeros. Algunos, muy pocos, pudieron salvar su vida tras jurarle fidelidad.
Borrachos de poder Cornelisz y sus secuaces decidían quien vivía y quien moría, mientras las mujeres supervivientes fueron convertidas en concubinas. Lucrecia, la más bella de las pasajeras del Batavia que viajaba para reunirse con su marido en Java, fue tomada por Cornelisz como concubina exclusiva a cambio de salvar su vida, mientras las demás eras 'usadas' por el resto de los secuaces a discreción. Sin embargo el grupo de Hayes, con agua abundante, huevos de las aves marinas y pequeños canguros que habitaban la isla vivían mejor que el propio Cornelisz y los suyos. Algunos fugados del yugo de Cornelisz también alcanzaron la isla de Hayes. Pronto se alcanzó allí un número superior a las 50 personas, aunque sin armas. Sabían que más pronto que tarde Cornelisz les atacaría por lo que se prepararon para la defensa. Hayes entrenó a sus hombres prepararon un armamento improvisado, instalándose en un pequeño recinto amurallado construido burdamente con piedras sobre un talud que dominaba el único lugar por donde podía desembarcar la banda de Cornelisz.

Era el sobrecargo Pelsaert que habiendo llegado a Java regresaba con el buque Sardam. Cesó la lucha al tiempo que el nuevo buque fondeó a escasa distancia y con algunos hombres el sobrecargo llegó a la isla. Hayes explicó a Pelsaert lo que allí había sucedido en su ausencia y que tenía preso a Cornelisz, siendo todo corroborado primeramente por sus hombres y posteriormente confirmado por los de Cornelisz. Toda la banda de asesinos fueron apresados y al día siguiente, antes de embarcar, se inició un proceso judicial presidido por Pelsaert y la plana mayor del Sardam. Algunos hombres confesaron rápidamente mientras otros hubieron de ser sometidos a las mismas torturas que ellos habían llevado a cabo con los otros náufragos para que hablaran.
Finalmente Cornelisz y 6 de sus más fanáticos seguidores fueron ahorcados en la misma playa y los 14 restantes encadenados en la bodega del barco. El 5 de Diciembre de 1629 el Sardam llegaba a Java con 68 supervivientes del Batavia. Las autoridades dieron por buena la actuación del sobrecargo en cuanto al ahorcamiento de los 7 principales asesinos aunque la calificaron de insuficiente.

RAFAEL FABREGAT
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