21 de septiembre de 2016

2200- LA ESTRELLA, UNA LEYENDA REAL.














La Estrella es una aldea aislada, casi remota, construida en el fondo del barranco excavado durante miles de años por el río Monlleó, a unos 16 Km. del pueblo de Mosqueruela (Teruel) a cuyo término municipal pertenece. Supuestas apariciones marianas, tragedias y hasta el nacimiento de un famoso torero, han convertido este lugar en un enclave singular. Lugar santo y antiguo poblado próximo a los 200 vecinos, que hoy es un amasijo de casas derruidas por el tiempo y el abandono, aunque no falta algún nostálgico que la mantiene habitable. 

Allí no hay luz eléctrica, ni agua corriente o comodidad alguna. Las calles son de tierra, yermas, llenas de yerbajos en un completo abandono, pero en algún tiempo estuvieron limpias y bien cuidadas. Hoy la naturaleza campa a sus anchas y más aún desde el momento en el que sus únicos moradores (Martín Colomer y Sinforosa Sancho) con más de ocho décadas a sus espaldas, ya no están para romper el mango de ninguna azada. Sus últimos vecinos y compañeros de andanzas hace ya casi cuarenta años que marcharon. Su plaza principal y única, la forman la fachada de la iglesia y tres casas, dos de ellas pertenecientes al clero. La más grande es la 'Hospedería', morada de este matrimonio singular y de una veintena de gatos, todos los cuales atienden al nombre de 'Michurrín'. 

La plaza está presidida por una gran morera plantada en 1930 por el último maestro y sus alumnos. No hace mucho aquel señor cumplió 100 años y pidió a los suyos que le llevaran a visitar su antigua escuela, no pudiendo contener las lágrimas. Allí le esperaban dos alumnos. Bueno quizás solo uno, puesto que Sinforosa no fue a la escuela pues en su casa necesitaban todos los brazos para poder subsistir y los suyos siempre fueron dedicados al pastoreo. 
El poblado carecía de escuela, pero en verdad no era necesaria. En una gran sala de la Hospedería ya en desuso, en las mismas mesas que antaño sirvieran de comedor para monjas y viajeros, se dieron clases a los últimos niños que allí aprendieron las primeras letras y las cuatro reglas aritméticas. 
Y es que esta gran casona encierra muchas y variadas historias, no conocidas por todos, puesto que siempre se han comentado en voz baja o han quedado en el más absoluto de los silencios. Sí amigos, porque la citada Hospedería, perteneciente al obispado, fue otrora paridera para damas de la alta sociedad, cuando no de las propias monjas que quedaban preñadas, que no eran pocas, por curas y laicos que pasaban largas temporadas entre aquellas 'santas' paredes dedicadas en teoría a la adoración de la Virgen y a la meditación.

Cuando algún viajero lo comenta en su presencia, Sinforosa dice no saber nada pero no es verdad, pues ella misma ha contado algunas veces lo que hacían las monjas con los niños de aquellas damas que allí nacían, e incluso con los procreados por hombres y mujeres al servicio de Dios y de la Virgen María que habitaron aquellos parajes. Naturalmente aquellos niños no fueron abandonados a su suerte, sino que se buscaron para ellos buenas y santas familias, sin duda mejores que quienes los trajeron al mundo. Todo en la gran casona es grande y majestuoso, porque grandes y majestuosos fueron sus 'clientes' y el número de ellos que por allí pasaron. Decenas de habitaciones, salas, cocinas, amplios ventanales y horno, que rezuman todavía ese rancio olor a tiempos inmemoriales de una grandeza escondida.  

Lo principal para construir un poblado es el agua y en La estrella el agua no falta. Aunque, eso sí, el terreno es pobre y escabroso, rodeado de peñascos, que apenas permitía la supervivencia por tratarse de tierras de escasa profundidad y que tampoco retenían la humedad.
La reconstrucción del Santuario se llevó a cabo entre los años 1720 y 1731 aunque durante la Guerra Civil Española fueron destruidos todos los altares y encalados los frescos que adornaban las paredes del templo. También las campanas han dejado de presidir su campanario.
Todo ello fue afectado por unas lluvias catastróficas ocurridas la noche del 9 de Octubre de 1883. El Monleón es una riera seca, que solo sale en caso de lluvias torrenciales. Aquella noche el río se elevó seis metros de su pedregoso lecho pero, aunque nadie podía imaginarlo, el peligro mayor vendría desde lo alto de las peñas. Una fuerte tromba de agua cayó en lo alto de la montaña generando una avalancha de agua y piedras que arrastraba cuanto encontraba a su paso. La primera línea, compuesta por 17 casas, quedaron destrozadas por completo y sus moradores bajo sus escombros o hacia el río Monlleó, en una muerte terrible e inesperada. Las 28 casas restantes también resultaron muy afectadas, aunque ellas y sus moradores quedaron en pie. El culpable no fue el río Monlleó, sino un pequeño arroyo que cruzaba el poblado y que aquella noche se convirtió en mortífera avalancha debido a los tres días de lluvias incesantes. 

El resultado 21 muertos y 5 desaparecidos que nunca fueron encontrados. Más de un centenar de braceros sacaron a los muertos de debajo de los escombros que, tras las oraciones pertinentes, fueron llevados al cementerio de La Estrella. A partir de aquella fecha, ya cansados de tanta lucha y privaciones, los vecinos de La Estrella fueron emigrando a la búsqueda de mejores condiciones de vida. Solo Martín y Sinforosa siguen allí, ya los dos octogenarios. 
Incluso su hijo marchó al vecino pueblo de Villafranca del Cid y es que especialmente Sinforosa se niega a abandonar su lugar de nacimiento.
Allí nació también el famoso torero "el Niño de la Estrella", triunfador en las plazas de Barcelona y Orange (Francia) y cuyos padres fueron parte de esos emigrantes, forzados por el hambre al abandono de estas tierras.
El último domingo de Mayo se celebran las fiestas en honor a la Virgen de la Estrella. El viernes anterior las mujeres de Mosqueruela se citan en el horno de la localidad para elaborar los 'rollos de caridad' que se repartirán entre los peregrinos que vayan hasta la aldea de La Estrella. Además de esos rollos todos los romeros podrán degustar una cena gratuita consistente en judías con morro, tras la cual los músicos amenizarán la velada para que la fiesta prosiga hasta el amanecer, acabando la noche en el Santuario.

HISTORIA.
El Castillo de Mallo fue conquistado por Jaime I de Aragón y entregado a los Caballeros Templarios en 1233 pero los musulmanes no lo abandonaron y sus nuevos propietarios no pudieron ocuparlo hasta un año después cuando éstos fueron vencidos definitivamente. Ya no queda prácticamente nada de aquella antigua fortificación. 
De todas formas el poblado de La Estrella no nacería hasta un siglo después, cuando unos cuantos moradores se establecieron en las márgenes del río Monlleó dedicados al cultivo de la vid. Tiempo después, como en tantos lugares del planeta, un pastor dijo haber visto una luz que descendía del cielo y allí encontró una imagen de la Virgen que los vecinos de Mosqueruela llevaron a su parroquia. A la mañana siguiente la Virgen estaba nuevamente en el lugar que apareció y así tantas veces como fue retirada, por lo que se construyó una iglesia allí mismo para darle cobijo. El lugar era el poblado que se llamaría de La Estrella, en honor a la Virgen que surgió de aquella luz cegadora. El culto mariano surgiría mucho más tarde, en 1647 cuando el papa Inocencio X concedió indulgencias a la cofradía de aquella santa imagen. Es a partir de entonces cuando surgen la romerías que obligan a reconstruir la primitiva iglesia en estado ruinoso (1720-1731) y cuando se construye la Nueva Hospedería que completa la plaza central.

A partir de esta plaza, en la ladera de la montaña, es donde se reparten medio centenar de casas o lo que queda de ellas. Como se ha dicho antes, el origen de este enclave es su antiguo Castillo de Mallo cuyas ruinas se sitúan unos metros más arriba, sobre un peñasco de la misma ladera. 
Se cree que algunas piedras del propio castillo sirvieron de base para la construcción de algunas casas del poblado a mediados del siglo XIV, a partir de cuyo momento el poblado no paró de crecer hasta convertirse en centro de compraventa y ocio para todos los habitantes de las masías de la comarca, algunas a cierta distancia del lugar. En sus dos tabernas los clientes jugaban a las cartas y se tomaban unos vinos o alguna copita de licor, tras cualquier trato o sin él.
Los siglos XVII y XVIII fueron tiempos de gran esplendor para este poblado que se internó en el XIX sin merma de habitantes. Secretario, cura párroco y escuela para niños y niñas, horno público, fuente, lavaderos... Aquellas gentes poco tenían, pero nada les faltaba. La riada de finales del XIX supuso un golpe muy duro y la población fue bajando hasta desaparecer a medida que el siglo XX avanzaba. Poca gente quedaba ya en tiempos de la Guerra Civil y pasada la guerra se convirtió en lugar de parada y habitación del 'maquis', de paso hacia la costa mediterránea. Todo pasó, ya (casi) nada queda. Solo Martín y Sinforosa. Nadie sabe hasta cuando...

RAFAEL FABREGAT

NOTA.- La mayor parte de las fotografías han sido sacadas de Internet.

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