Con la frase "casa de Diós", suelen referirse a cualquier centro de oración de cualquiera de las miles de religiones que pueblan el planeta Tierra. Al menos en los paises occidentales, estos centros a los que podemos llamar iglesias, catedrales, mezquitas y no sé cuantos mas nombres, según su ubicación, no tienen otro destino más que la llegada de dos docenas mal contadas de fieles a los cuales les ocurre cualquier aflicción y van allí buscando una solución a su desgracia. Si tienen la suerte de librarse del problema, agradecen a su divinidad el favor recibido y vuelven a su rutina diaria que, desde luego, no es la de rezar en dicho lugar. No les criticamos por ello, puesto que es lo natural, pero todos sabemos que Dios no habita esos lugares, puesto que, demasiadas veces, han resultado ser menos santos de lo esperado.
Tradicionalmente las llamadas "casa de Dios" invitan a la meditación, claro que sí, pues su silencio invita al recogimiento y nos acercan a nuestros dioses, pues ya están hechos para ello. No hay obra de teatro que se precie, sin la tramoya adecuada. En occidente no hay pueblo sin iglesia, ni ciudad sin catedral o basílica, de la misma manera que en oriente estos lugares son elegidos en el punto más solitario que encuentran en la naturaleza. Desde su punto de vista, Dios no se recoge en cualquier lugar, sino en los paisajes mas recónditos y fantásticos que pueden encontrar. No tienen mal gusto, no. Los centros de oración occidentales, elegidos por las religiones mayoritarias y poderosas económicamente, son construcciones hechas, en lugares céntricos y bien comunicados, mientras que los orietales buscan la soledad y la exhuberacia del lugar, sitios de belleza natural incomparable.
Allí si que se invita a la meditación y encuentro con Dios y la naturaleza. Lugares remotos, si no fuera porque la religión y la visita de sus fieles les ha creado los accesos necesarios para el culto de sus seguidores. Pequeños arroyos y algún bonito estanque, rodeado de una verde naturaleza los hace idílicos paracomunicarse con el Creador. Sin embargo ninguna construcción, por maravilloso que sea su entorno, es "la casa de Diós".
Dios está en todas partes y en ninguna. Él es lo que cada uno de nosotros quiere que sea y, siendo inmaterial, no tiene un lugar específico donde poder encontrarlo. Dios está dentro de nosotros mismos, en cada piedra del camino y cada uno de los pétalos de la flor más bonita de cualquier prado, también en la más fea que podamos encontrar en un desierto sin agua.
Dios no puede estar de forma selectiva en los inmensos pasillos del Vaticano, ni en la mezquita de Casablanca, donde el oro y los mármoles mas bellos del mundo se encuentran en cada paso; tampoco en el Palacio de Potala, hogar del Dalai Lama, en Lhasa, capital del Tibet. Ni siquiera en el Monasterio de Santa Catalina, en el desierto del Sinaí, donde nos han contado que Diós le dió a Moisés las Tablas de la Ley. En su desesperación, la humanidad busca algunas veces ese consuelo, que le permita seguir adelante, y lo hace en lugares que otros le han preparado artificialmente, cuando en realidad a Dios lo tiene siempre a su lado. Incluso se ha dado el caso de grandes personajes, principes y reyes que en un momento determinado, por agobio o soledad espiritual, han sentido la necesidad de aislarse, aunque solo fuera por un corto periodo de tiempo.
Gautama Siddhartha, conocido como Buda, (563-483a.C.) fue un príncipe hindú que a los 29 años, hastiado de tanta riqueza y conociendo el hambre del mundo, renunció a sus comodidades palaciegas, abandonándolo todo en busca de un lugar de soledad y pobreza. Permaneció seis años aislado del mundo, viviendo de forma ascética y comiendo lo que encontraba por la montaña. Allí estuvo meditando hasta que finalmente encontró la Luz en la predicación de un mundo mejor y más justo para todos, fundando el budismo. Aquel lugar es hoy sagrado y lugar de peregrinación para los budistas.
Cualquier sitio es bueno para hablar con Dios. Estos lugares están en la Tierra pero nos acercan al Cielo, sin importar sus riquezas exteriores, solo el silencio y la paz se respira en el interior el creyente. Cada cual, cuando lo necesite, que busque a Dios allí donde mejor le parezca, ya que en todas partes podrá encontrarlo. ¿Qué les parece nuestra ermita de Les Santes?. Ya sé que es la casa de la Virgen del Buensuceso pero, tranquilos, también es la de Dios...
Rafael Fabregat Condill .
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