Se sabe que el ámbar que contiene al citado insecto no tendrá una antigüedad inferior a los 100 millones de años.
En la Era Mesozoica, cuando los dinosaurios y sus pisadas atronaban la tierra, escondidos entre la maleza y los herbazales ya existían pequeños mamíferos, peludos y llenos de garrapatas.
Los mamíferos se alimentaban de brotes tiernos y todo tipo de insectos, pero las garrapatas ya esquilmaban su sangre de la misma manera que han venido haciéndolo desde millones de años a esta parte.
Decir también que los grandes animales no eran tan temibles como nos han hecho creer pues, aunque los había carnívoros, también los había herviboros.
En todo caso todos ellos, con pelos o con plumas y comiendo una cosa u otra, criaban amorosamente a sus retoños y compartían enfermedades y parásitos, entre ellos la garrapata común.
Hace unos 65 millones de años, todos aquellos animales fantásticos desaparecieron de la faz de la tierra dejando un gran número de posibilidades para otro tipo de animales más pequeños, aunque las características básicas de alguno de aquellos animales extintos, han pervivido hasta nuestros días bajo la forma de aves modernas o reptiles. Todo eso se sabe principalmente por las plumas y todo tipo de pequeños insectos que quedaron atrapados en el ámbar.
El ámbar, catalogado como piedra semipreciosa, no es otra cosa que la resina fosilizada de coníferas u otras especies que ha llegado a nuestros días con multitud de insectos, hojas y hasta pequeños animales de todo tipo, de aquella época primigenia. La resina que exudaron este tipo de árboles o plantas se fosilizó, conservándose en depósitos minerales que han llegado a nuestro tiempo millones de años después.

Claro que si alguien puede pensar que se pueda extraer el material genético de la citada garrapata y revivir el pasado, que vaya olvidándolo ya que la momificación que sufren las especies atrapadas en el ámbar, impide extraer muestras de su material genético. Mmmm. ¡Qué lástima!. ¿Verdad?.
RAFAEL FABREGAT
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