18 de julio de 2013

1079- EL FIN DE UN IMPERIO.

Emperador Teodosio I.
Nos cabe a los españoles el honor de que Teodosio I el Grande, último de los emperadores que gobernaron sobre todo el Imperio Romano, fuera español y más concreto de la ciudad, hoy segoviana, de Coca. Nació el año 347 y era hijo de Teodosio el Viejo, cristiano ortodoxo y destacado general del imperio que alcanzó la dignidad de Conde de Britania en el 368 tras una campaña de control de invasiones bárbaras y algunas rebeliones locales. Seis años después de esta campaña y nombramiento, el padre cayó en desgracia y fue ejecutado tras lo cual Teodosio se retiró a Hispania probablemente castigado por Valentiniano I por la pérdida de dos legiones en lucha contra los sármatas. Tras la muerte de Valentiniano I en 375, el trono pasó a sus dos hijos (Valentiniano II y Graciano) y a la muerte del primero en el 379, Graciano nombró a Teodosio co-augusto de Oriente en agradecimiento por su ayuda en la lucha contra quienes querían usurparle el trono. Sin embargo seis años después (385) Graciano también sería asesinado en el transcurso de unas rebeliones y Teodosio I quedó como único emperador del Imperio romano hasta su muerte en Milán el año 395.


La muerte de Teodosio dividió el Imperio en dos mitades, al cederlo a sus hijos y facilitó más si cabe el dominio de los bárbaros. Burgundios, Alanos, Suevos y Vándalos camparon a sus anchas por toda la parte occidental del Imperio, dominando Hispania y llegando hasta el norte de África. El imperio romano occidental quedaba limitado a la península Itálica y a una estrecha franja del sur de la Galia. Finalmente, en el año 402 los Godos invadieron la península Itálica y obligaron a los emperadores a refugiarse en Rávena, una zona más segura que las ciudades imperiales de Roma o Milán por estar rodeada de zonas pantanosas. Mientras ellos permanecían allí impotentes, los bárbaros saqueaban las ciudades romanas sin que nadie osara hacerles frente. En el 410 las tropas de Alarico entraron en Roma y durante tres días mataron a todos los que se enfrentaron a ellos, saquearon la ciudad, profanaron los templos y robaron cuantos tesoros encontraron.


Saqueada y destruida la capital, quedaban pocas esperanzas de que el antiguo imperio pudiera renacer de entre tantas cenizas. Incluso los propios cristianos, anteriormente perseguidos por los romanos, veían en estos aconteceres la mano de Dios y el fin definitivo del Imperio, sino del mundo. Tan extralimitados temores condujeron a muchos al abandono de sus obligaciones y a la venta de sus pertenencias en un intento por escapar de la masacre. El propio San Agustín, obispo de Hipona, intentando salir al paso de tan sombríos presagios explicó a los cristianos en sus homilías que Roma era tan solo la ciudad de los hombres y que la Ciudad de Dios, identificada con su Iglesia, sobreviviría para demostrar a los propios bárbaros que nada había tan poderoso como las enseñanzas de Jesucristo. 


Finalmente, en el año 475 llegó al trono Rómulo Augústulo, nombre que pretendía unir el del fundador de Roma con el de su más emblemático emperador, pero parece ser que nada había en él que recordara a ninguno de aquellos grandes personajes. Apenas un año después era depuesto por el bárbaro Odoacro que declaro vacante el trono de los césares y de forma inmediata lo ocupó él mismo quedando como patricio de Roma aceptado, que remedio, por Bizancio. 
Se dio la paradoja de que Odoacro fue justamente el que más privilegios dio a los romanos y, aunque arriano, se mostró siempre tolerante con los católicos. Así, sin más guerras ni alarde de fuerza, el Imperio romano occidental quedaba borrado de la faz de la tierra. Diez años más tarde sería asesinado personalmente por Teodorico, rey de los ostrogodos. Cuando éste le clavó la espada exclamó: ¿donde está Dios?. Teodorico respondió: ¡así trataste tú a mis amigos!. Con Teodorico, Roma disfrutó de un periodo de paz que sobrepasó los 30 años.

Mientras tanto el Impero Romano Oriental o Bizantino sobreviviría mil años más, hasta 1.453 cuando los turcos derrocaron al último emperador de Bizancio, Constantino XI Paleólogo, último de los descendientes de Rómulo, el fundador de Roma. El día 24 de Mayo de 1.453, tras un asedio de dos meses, Mehmet II y sus tropas otomanas entraron en la ciudad de Constantinopla. El emperador Constantino XI fue visto por última vez cuando entraba en combate contra los jenízaros de los sitiadores otomanos. Era el fin definitivo del Imperio Romano y el nacimiento del otro gran Imperio, el Otomano. Pero esa es otra historia...

RAFAEL FABREGAT
Un tema interesante, cada día del año.

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