Cualquiera de esas necesidades y también cambiar un tacón o colocar unas medias suelas a zapatos que tenemos en gran estima, son cosas que atiende perfectamente un zapatero de este tipo. Como auténtico cirujano, actúa en la trastienda, mientras su mujer, una hija o incluso una empleada atiende al público que traspasa la puerta de su taller. Cuando el caso es complicado y requiere su atención personal la ayudante solicita su presencia y el zapatero deja su banco de trabajo para dar su opinión sobre lo marcado por el médico. Por supuesto también fabrican o comercializan plantillas de diferentes materiales, para cualquier problema que se nos presente, y arregla cinturones que por despiste hemos comprado demasiado largos. La solución de estos últimos no es solamente recortarlos, sino crear también nuevos orificios para que la hebilla cierre en el punto más conveniente.
Ser zapatero es ejercer una profesión muy antigua que se estima en unos 15.000 años o más, cuando los hombres de las cavernas experimentaron por primera vez la necesidad de proteger sus pies, amarrando un trozo de piel a los mismos y atando una tira de ésta para sujetarlo. El zapato de cuero más antiguo que se conoce fue descubierto en un lugar de Armenia y se le estima una antigüedad de 5.500 años. Está hecho de una sola pieza de piel de vacuno, tiene cordones y está realizado buscando encajar en el pie de su propietario. Se podría decir que no solamente es el zapato más antiguo que se conoce, sino que además en un zapato fabricado a medida. Realizado en la Edad del Cobre, no difiere mucho con lo encontrado en Sudamérica pues los Olmecas (5.000 a.C.) ya hacían estatuillas de sus dioses llevando una especie de calzado.
No muchas décadas atrás, la profesión de zapatero era mal vista y peor pagada. Incluso considerada una profesión insalubre debido al mal curtido de las pieles con las que tenía que trabajar. Sin embargo también ha tenido momentos, especialmente en la Edad Media, en los que ha sido considerado un oficio noble y privilegiado. Era sin duda cuando atendía las necesidades de la nobleza, pues la plebe iba descalza hasta que cada cual sabía confeccionarse las zapatillas que necesitaba. En las casas de los pobres nadie llevaba zapatos y hacer tus propias zapatillas era algo normal y corriente en todas las casas. Ser zapatero de la familia de un personaje ilustre, incluso de sus criados más relevantes, era el mayor privilegio que podía alcanzarse. Actualmente el zapatero remendón tiene su negocio, trabaja con dignidad y está justamente remunerado.
RAFAEL FABREGAT
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