Las mujeres que cincuenta años atrás, con hijos o sin hijos, vivían en pareja sin pasar por la vicaría, eran unas putas y los niños, si los tenían, eran llamados hijos de puta por grandes y chicos a la menor discusión. Lo he visto y oído...
Era el problema añadido para esos niños que venían al mundo de padres no casados como Dios y los citados hipócritas mandaban. Ya no digamos si la madre en cuestión carecía de compañero sentimental, en cuyo caso era doblemente puta y los hijos doble hijos de ídem. El motivo de esa falta de caridad era porque, quienes ponían tales adjetivos eran la gente de misa de domingo y fiestas de guardar; gente que tampoco tenían donde caerse muertos pero que, como buenos hipócritas, se habían arrimado al sol que más calentaba en ese momento de tiranos y caciques sin escrúpulos. ¿Quien de ellos podía entonces imaginar que habían de ver a sus hijos y a sus nietos en situaciones de idéntica irreverencia religiosa?. Pero ya lo dice el refrán... "Por lo que hablarás pasarás".
Ni en el más demoníaco de los sueños hubieran podido ellos imaginar que algún día podrían verse en situación parecida. Gente, de puertas afuera sin tacha, pero que cada cual tenía sus cosas...
En la década de los años cincuenta una muchacha de nuestra localidad, pobre de solemnidad y que trabajaba de criada fuera de nuestro pequeño paraíso de Satanás, quedó embarazada y abandonada por su novio. Rechazada por los amos, en cuya casa trabajaba, sola e indefensa regresó a su pueblo natal, donde creyó que encontraría cobijo entre familiares y amigos. Tales aspiraciones solo se vieron atendidas a medias. Su madre y hermanos fueron los únicos que le dieron ese necesario apoyo, no sin la consabida y eterna reprimenda. El resto de la población solo murmuraciones y menosprecio. Ignoraba la desgraciada, que los amigos no existen en lugar alguno y menos todavía en los pueblos pequeños.
El niño, al que puso de nombre José, vino al mundo y mientras ella trabajaba en todas las labores agrícolas en que fue contratada, su madre y hermanos atendían al niño en todo lo que buenamente pudieron. La madre sufrió muchas afrentas y malas palabras del vecindario pero no acabó ahí la cosa.
Con el paso de los años, también aquel inocente sufrió las burlas de los demás niños y jóvenes de su edad puesto que, a la más mínima discusión, la frase "hijo de puta", aprendida de tan ejemplares padres como los otros tenían, afloraba en boca de todos. El joven José, conocedor de la situación, no tenía otra opción que callar o pelearse con todos. De hecho aquel chico sin padre nunca formó parte de una pandilla como los demás, pues todos le repudiaban. Y murió joven, demasiado joven, harto de fumar y beber, harto de todo y de todos. Unos años más tarde, no muchos, también lo hizo su madre.
La abundancia quita el hambre y resta importancia a las cosas. Hoy son tantas las "putas", los "hijos de puta" y los "mariquitas" o "tortilleras", que nadie repara en ellos/as. Sin embargo no es tanto por la cantidad como por la calidad de los mismos. Si todos aquellos que viven de forma incestuosa, fuera de toda norma e incluso con hijos ajenos al matrimonio, fueran pobres desgraciados como aquella joven abandonada con su pequeño José en brazos, probablemente les seguiríamos llamando putas, hijos de puta y maricones, pero las cosas han cambiado. Actualmente no hay distinción alguna de posibles entre unos y otras. Pobres y no tan pobres igualan el número de incestos, no ya para follar como perros callejeros sin compromisos de por medio, sino para tener hijos y vivir en completa normalidad como si de matrimonios bendecidos por la Iglesia se tratara. Ante lo inevitable, aquellas lenguas otrora viperinas, alaban y apoyan esta forma de vida sin compromisos legales de por medio. ¿Quien lo iba a decir?.

¡Cuanta hipocresía!. Todo es negro si lo nuestro es gris ya que el blanco no existe en casa alguna. ¡Así nos va!. Solo tenemos memoria para lo que queremos y solo queremos lo que nos interesa.
Hace dos días, a comentarios en tertulia del gran valor que tienen actualmente los cómics de antaño, me decía un amigo lo mucho que lamentaba que su padre le hubiera quemado, en una limpieza de la casa y para que estudiara más si cabe, un gran montón de tebeos que tenía de su infancia.

¡Y me lo decía a mí!, justamente a quién se los prestó 45 años atrás. Una colección completa de 250 ejemplares del "Capitán Trueno", sin faltar un solo ejemplar y 75 de "El Cosaco Verde", desde el número uno y hasta ese número 75 que fue cuando dejé la colección puesto que ya empezaban a gustarme más las chicas que los tebeos. ¡Qué jugadas nos pasa la falta de memoria!. Durante años padecí sed en el cine, no comprándome la "Gaseosa Beltrán" para ahorrar la peseta y veinticinco céntimos que valía el tebeo que llegaba cada lunes a "L'Estanc dels Frares". Y total, ¿para qué...?

RAFAEL FABREGAT
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