7 de marzo de 2014

1288- LAS CUEVAS DE AJANTÂ.

Pues sí amigos, hay que viajar a la India y más concretamente al distrito de Aurangabad, en el estado federado de Maharashtra, lugal mundialmente conocido por las 29 grutas de culto budista esculpidas a partir del siglo II a.C. en las rocas de una hondonada boscosa.

Originalmente era templos-refugio (Vihara) construidos y utilizados por los monjes budistas durante la estación monzónica o de las grandes lluvias. Dichos "Vihara" solían componerse de templos y salas de meditación, rodeados de claustros o celdas en las que residían los bhikkhu, monjes que en aquellos tiempos eran ascetas errantes. Obligatoriamente, en las proximidades se encuentraba el bodhi o árbol de la meditación. Las reglas de estos monjes budistas estipulan que su vida en el monasterio no puede ser permanente, motivo por el cual el "Vihara" solo puede albergarlos durante periodos limitados. 


Largos y suntuosos pasadizos fueron esculpidos en la roca dando comodidad y protección a los moradores que deambulaban desde sus humildes cámaras 
hacia el templo o salas de meditación. Todos los espacios comunes están profusamente labrados e incluso decorados con frescos, lo que denota los muchos años empleados en la perfección de tales trabajos. No siempre puede verse un entorno de tan idóneas características, ni tanta rigurosidad en su acabado. Estas grutas están ubicadas en los montes Indhyagiria 5 Km. de la localidad de Ajantâ


En algunos lugares de Tailandia se llama Vihara al propio templo, en el entorno del cual están las "wat", pequeñas cámaras donde residen los monjes. La existencia de las Cuevas de Ajantâ solo eran conocida por los lugareños, siendo descubiertas al mundo en 1817 por los soldados británicos durante una partida de caza. Con el paso de los siglos, el río Vaghorâ fue esculpiendo una hondonada y dejando al descubierto una pared pétrea en la que aquellos monjes encontraron el sitio idóneo para construir un cobijo y plasmar su arte. En principio excavaron simples refugios que con el tiempo se convirtieron en grandiosos y artísticos trabajos de cantería. 


En esta foto vemos uno de los templos, con su estupa al fondo. Como se ha dicho antes, el complejo acoge dos categorías de grutas o estancias: las salas de asamblea o plegaría y las dedicadas a los servicios y estancia de los monjes allí acogidos en su día. Naturalmente las primeras son las más suntuosas y ornamentadas, mientras que las estancias de servicio o particulares son de más humilde construcción. Todo el complejo está intercomunicado, unas veces de manera interna y otras mediante pasillos o escaleras exteriores, todo ello esculpido en la roca. 


Las celdas de los monjes tienen escasa profundidad y están construidas a lo largo de un pasillo exterior, mientras que las salas de asamblea o plegaria están excavadas en la roca hasta 14 metros de profundidad y sujeto el techo por majestuosos pilares. Todo el conjunto es prácticamente una sola pieza de roca. Millones de toneladas que dan cabida a decenas de templos y salas, sin que se vislumbre ningún resto de cemento o argamasa. Mientras los visitantes contemplan extasiados este conjunto sin igual, al fondo del barranco y en silencio sigue pasando el exiguo caudal del Vaghorâ que va profundizando poco a poco esta hondonada, actualmente cruzada por un puente que conduce a los turistas curiosos al complejo.


Las Cuevas de Ajantâ se construyeron en tres fases. Seis de las 29 grutas del complejo se construyeron en tiempos de la dinastía Shâtavahana, periodo que va desde el siglo II a.C. al siglo I a.C.. Hubo una segunda fase constructiva entre el siglo III y el V d.C., durante la dinastía de los Vâkâtaca y una tercera fase entre en siglo VI y el VIII d.C. durante la dinastía de los Châlukia de Vâtâpy. Son de destacar las soberbias pinturas al fresco de las estancias interiores, con excelente estado de conservación al ser descubiertas en 1917. Sin embargo el turismo masivo ha ido degradándolas de forma considerable. Además de templo y residencia de monjes, Ajantâ fue Universidad y así lo atestigua el monje chino Xuanzang que ha encontrado documentos que dicen que allí residió en calidad de maestro el filósofo Dignâga. (480-540 d.C.)





Cuando se conocen monumentos como estos, es cuando salta a la vista que en el mundo occidental estamos demasiado acostumbrados a mirarnos el ombligo y a cerrar los ojos ante la evidencia de que, mientras aquí se construían castillos faltos de buen gusto y comodidades, oriente ya expresaba su arte en la piedra, en la seda y en el buen hacer de sus gentes. Porque cuando miren estas fotografías no deben olvidar que esos espacios no están construidos, sino excavados en la roca, sin ninguna herramienta más que rudos martillos y cinceles. 

RAFAEL FABREGAT

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