No es de extrañar que tantos millones de personas se sientan atraídos por la playa. La arena siempre está llena de preguntas y respuestas y allí junto al mar, al sonido de las olas, se halla el momento más relajante del día. Solo hay que ver a los niños que incansablemente juegan con la arena o recogen conchas para llevárselas a su casa, como el más preciado tesoro. Aunque no con tantos adeptos, pasear por la playa al atardecer sigue fascinando a todos quienes tienen esa sana costumbre. Los más soñadores miran el romper de las olas al tiempo que se preguntan como sería ese mismo lugar miles de años atrás, cuando la playa no era lugar de ocio ni diversión, sino lugar de desembarco de piratas y corsarios.
¿Irían los dinosaurios a la playa, acompañados de sus hijos, como actualmente hacemos los humanos?. No creo que entre ellos existiera esa costumbre, pero tampoco se descarta. La playa, como la montaña, era un sitio más donde cazar o ser cazados. Ciertamente muy cerca de la playa se han encontrado huellas fósiles de estos animales del Jurásico. Los tiempos han cambiado, pero no tan deprisa como piensan algunos. Baste decir que, apenas dos siglos atrás, nadie iba a la playa, salvo que fuera por precripción facultativa, y cuando lo hacían, iban más o menos vestidos y así entraban en el agua, los que se atrevían a entrar. Son las cosas de un pasado, no demasiado lejano, que hoy afloran a nuestra mente.
Al atardecer o en épocas menos propicias para el baño no faltan tampoco los buscadores de tesoros, armados con su detector de metales. Es una forma de pasar el tiempo, una distracción para nada rentable ya que lo más que puedas encontrar será alguna moneda, el tapón de un refresco, una llave, o una joya sin valor alguno.
Nadie va con joyas a la playa. Alli se va, si acaso, con una gran tortilla de patatas y una bolsa nevera, llena de cerveza y refrescos. Pero, en fin, la afición es vaiopinta y a cada cual nos gustan unas cosas. Desde luego no es en absoluto criticable. Es una especie de ilusión que, algunas veces, demasiado pocas, encuentra el premio de una moneda antigua que vale un dineral. Al parecer estas personas incluso tienen un código de honor que les obliga a no usar el detector de metales en yacimientos arqueológicos, a delarar objetos que puedan tener un valor patrimonial y a retirar aquellos objetos que puedan ser dañinos para la salud de quienes vayan a esas playas, tales como agujas, clavos, etc.
Rafael Fabregat Condill
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