Con permiso de Simón & Garfunkel doy título a esta entrada, para dar paso a lo que en realidad son los secretos del sonido. El oído es una parte importante de nuestra vida y, junto a la vista, uno de los sentidos más valorados. Nos sirve para informarnos de lo que sucede en nuestro entorno, para comunicarnos con los demás e incluso para sobrevivir. En este mundo somos muchos los sordos, al menos a partir de cierta edad, pero afortunadamente la tecnología ha adelantado mucho y actualmente los últimos modelos de audífonos nos salvan del problema de no poder comunicarnos y de lo que es peor: recibir la información que nos permita estar al día de lo que sucede en el mundo. Sin embargo son muchos los que luchan por conseguir un silencio que les es necesario, Estas son las paradojas de la vida.
Si vives en una gran ciudad o cerca de un aeropuerto puede ser un suplicio. Lo mismo que cerca de una estación o de una discoteca de moda. Los humanos somos así de ruidosos pero, cuando nos cansamos del ruído, lo daríamos todo por un ratito de silencio y tranquilidad. Nos quejamos del ruido ambiental, algunas veces con razón, pero nos olvidamos de ello cuando estamos de fiesta. Porque en el mundo de hoy el ruido es inevitable y no solo en una gran ciudad. También los pueblos están saturados de coches y motos, de bruscas frenadas y acelerones injustificados. Pero no hay que olvidar que también hemos sido jóvenes y ese mismo ruido lo hemos provocado nosotros en más de una ocasión. Escapar del ruido no es tan difícil como pensamos. Te vas a la montaña y allá, en medio del bosque, nadie te molestará.
Pero tampoco es eso lo que queremos. En los años 50-60 fue mucha la gente que abandonó su pueblo y marchó a la gran ciudad en busca de mejores condiciones de vida. Hoy, ya viejos, vuelven a su pueblo natal, escapando del infernal ruido pero, sin embargo, al cabo de cuatro días mal contados se vuelven a marchar porque en el pueblo se aburren. ¿En qué quedamos?. Las grandes ciudades son ruidosas, sí, pero es el ruído de la civilización, del trabajo y de la fiesta, de la propia humanidad. Es cierto que en más de una ocasión y sobre todo a los viejos, el ruido nos molesta pero, más pronto que tarde, tanta transquilidad nos aburre. Creo que cuando el silencio nos aburre es muy buena señal. Quiere decirse que, aunque seamos viejos, tenemos vitalidad y todavía necesitamos el ruido para sentirnos vivos. Quizás no para ir a una discoteca, pero sí para irnos a cenar, al cine o al teatro. La gente quiere gente...¡y ruido!.
Rafael Fabregat Condill
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