Actualmente, el chocolate que encontramos en los supermercados nada tiene que ver con el producto artesanal que lo dió a conocer en sus inicios. Poco o nada queda de aquellas mujeres que lo tostaban en grandes calderas al fuego de leña. Descascarilldo la almendra y molido, la mayor parte de las veces, en grandes morteros de piedra dándoles golpes con un tronco de madera. Detrás de ese duro trabajo se tenía que refinar, desmenuzándolo más finamente, antes de la mezcla del azúcar y la canela. El último trabajo era el atemperado para sacarle el brillo ya que, además del sabor, la gente nos hemos sofisticado mucho y queremos que las cosas sean bonitas, además de buenas. Se dice que la vista también come y los actuales chocolates son vistosos y de un sabor inmejorable.
Ahora todos los productos están industrializados y todo es a lo grande. Los artesanos han tenido que cerrar, puesto que no son competitivos. Los viejos se han jubilado y sus hijos ya no pueden seguir la tradición familiar. Aquel producto divino, capaz de avivar pasiones y relajar el alma, aliado también de nuestra salud, ha dejado de existir. A cambio nuestros mercados han sido inundados de elaboraciones, quizás menos saludables, pero de sabores más finos y sofisticados. Hay que reconocer que los nuevos productores se dedican a la producción en masa, pero vigilando constantemente que el nuevo chocolate no desmerezca en absoluto en nuestros sofisticados paladares. La mano de obra es cada día menor, pero nuestro paladar está ganando en refinamiento. Las nuevas industrias del chocolate trabajan con una precisión que los antiguos artesanos no podían tener.
Nuestra lujuria está a salvo con las nuevas creaciones, más especializadas que nunca. Ya no es la merienda de nuestros hijos... Aquella barrita, medio terrosa, que nuestras madres nos ponían de merienda dentro de un trozo de pan, ha dado paso a excelentes barritas energéticas forradas de chocolate, que los niños devoran con un deleite incomparable. Se dice que eso no es merienda ni es nada, pero los niños de ahora bien fuertes y sanos que se crían... ¡Y ganando altura respecto a sus padres y abuelos!. Cada cual arrima el ascua a su sardina, dice el refrán, y en el caso del chocolate quienes han perdido mercado alegan que la merienda sana y eficaz debería ser un bocadillo de lo que fuera, pero los tiempos cambian y los padres, ambos trabajando, encuentran más práctico dejarles una merienda industrial y deliciosa.
La robótica ha llegado también a las fábricas de chocolate y por lo tanto el producir mil y una variedades y presentaciones cuesta lo que tarda en apretarse un botón. Esa es otra de las ventajas de la moderna industrialización... Las almendras del cacao llegan a todos los clientes de la misma manera, independientemente de su origen y características, pero una vez en la fábrica el proceso es totalmente distinto. El artesano, que alguno quedará sin duda, empieza su tostado y elaboración tradicional que nadie duda puede tener más arte que oficio, pero el cliente ya nada aprecia y lo que mira es su presentación, su sabor y su precio, cada uno en el orden que prefiera. Dicho esto y sea cual sea su procedencia el chocolate siempre es delicioso pues todos son diabólicamente voluptuosos y alimento de los dioses.
Rafael Fabregat Condill
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