La Guerra Civil no es una guerra cualquiera, sino la más sangrienta e injustificada que existe. Miles de asesinatos de gente que nada tenía que ver con las causas por las que se combatía y un desastre que marcó la Historia de nuestro país y de todos los españoles, tanto de un bando como de otro. Eso sin contar que no había un claro motivo para combatir. Cada cual, según el lugar donde viviera, se veía obligado a enrolarse a un ejército que no siempre era el afín a sus preferencias. Con el desastre que supone vivir en lugar diferente al de tus padres y hermanos y que estés obligado a matarlos si estás atrincherado frente al batallón en el que ellos militan. Y todo por el querer mandar, de los desalmados de siempre.
En una guerra civil no hay buenos ni malos, puesto que el que empuña el fusil no ha elegido ese destino y, como se ha dicho antes, ni siquiera el bando en el que lucha. Tras la guerra, los buenos eran los que apoyaron al bando vencedor, aclamados como mártires de la cruzada contra "la bestia marxista" y con doble ración cuando acudían a los puntos de reparto de comida con su Cartilla de Racionamiento. Si hubieran ganado los otros hubiera sido al revés. La escasez de alimentos y la injusta distribución de los mismos hizo que los ganadores aumentaran de peso y los perdedores quedaran con la piel en los huesos. Con la escasez de trabajo, algunos terratenientes colocaban una sardina y una rebanada de pan al final de la línea de trabajo para que los peones trabajaran más deprisa. El que llegaba antes era el que se lo comía.
El resultado fue el raquitismo y la osteomalacia de una parte de la población que, casualmente, era también la que hacía los trabajos más duros. Claro que los médicos de la época apenas si diagnosticaban los problemas provenientes del hambre, y si lo hacían su receta era un buen tazón de caldo de gallina, por mucho que la gallina brillara por su ausencia. Hasta 1951 no se alcanzaron las 2000 calorías por persona y día, fuera cual fuera el trabajo a desempeñar. Sea como fuere, ni un bando ni el otro cuenta la verdad de lo que sucedió. Según los ganadores, los republicanos cometieron miles de asesinatos a sangre fría en la retaguardia, especialmente a elementos del clero y grandes terratenientes. Los ganadores no se quedaron atrás y además mataron a buena parte de los presos que tenían en sus cárceles, tras la guerra.
Lo dicho, no hubo buenos y malos. Todos eran malos, los mandamases claro. Los soldados, por miedo a perder su propia vida, disparaban hacia donde se les ordenaba, o sea, que todos fueron malos. Las cifras varían, según quien sea el que lo cuenta. Unos eran rojos y otros azules y todos lucharon encarnizadamente por implantar su verdad. Claro que, al final, fue la población civil la más afectada. Es lo que pasa siempre. Durante una guerra muere más gente inocente en sus casas, que soldados en las trincheras. En ambas retaguardias, por envidias y discrepancias sobre los ideales de unos y otros, murieron muchas más personas que durante la guerra. Curiosamente, con la llegada de la Democracia, se han descubierto cientos de fosas comunes, al tiempo que se olvidaron otras.
Porque así son las guerras civiles. Los de derechas cuentan que los asesinados en zona republicana fueron 60.000 y los republicanos cuentan que los asesinados en zona nacional 75.000. ¿A quien creer?. Hay muchos más datos que no quiero incluir en este blog que no tiene otro objetivo que el de contar historias. Horrores los hubo y muchos en los dos bandos y que no quieran engañar a nadie, ni los unos ni los otros, porque tan malos eran unos co0mo los otros. Solo los que sobrevivieron a aquella tragedia conocen la verdad porque, guerra aparte, fue antes y después de acabada la contienda cuando las envidias y rencores de la gente causaron más bajas. Ojalá no tengamos que volver a ver otra guerra civil, ni en España ni en ningún otro lugar.
Rafael Fabregat Condill
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