23 de marzo de 2026

3333/067- LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO.


La gente va dándose cuenta de que las ciudades no son pàra vivir y vuelven la mirada hacia lo que sus padres vivieron. En el mundo de hoy es inevitable integrarse a la multitud y al ruído, puesto que la agricultura, que era el medio de vida de nuestros mayores, además de dura, ya no es rentable. Hasta ahí todo perfecto pero, el que puede, cuando tiene unos días de asueto marcha a ese lugar especial donde solo el canto de los pájaros se oye. Porque una cosa es ganarse la vida, cada cual según su profesión, y otra muy distinta vivir la merecida paz, a la que toda trabajador tiene derecho. El caso es que solo quien lo tiene todo en la ciudad necesita primordialmente esa paz que el pueblo o el campo les brinda, por la sencilla razón de que quien ya vive en el campo no sufre el estrés de las ciudades.


Vivir en un pueblo no es hacerlo en una casa de campo, pero casi. Tienes el silencio, la tranquilidad y el anonimato, si así lo deseas, pero cuando necesitas el contacto con la gente solo tienes que salir a la calle. Nada comparable a la polución y el ruido de las ciudades. El único inconveniente es que para disfrutar de la estancia de un pueblo, hay que haber nacido allí, ya que el nacido en una ciudad ya está acostumbrado a esa forma de vida y en el pueblo incluso se aburre. Las casas de campo y los pueblos son pues para quien tenga orígenes pueblerinos. Sucede lo mismo con los padres de pueblo que, si no van a una residencia de ancianos y sus hijos los quieren con ellos, nunca se integran a la vida de ciudad donde no se conoce ni al vecino del mismo rellano.


Porque en los pueblos, ya se sabe, los mercadillos ambulantes, las ferias y fiestas patronales y las tertulias, con o sin partida de cartas es algo cotidiano que da vidilla a sus habitantes. En la ciudad todo es diferente y más completo, pero falta lo más importante: el cotilleo de unos y otros, es decir: la comunuicación. Sin embargo últimamente el retorno de ciudadanos al medio rural es un hecho reflejado en el día a día. La ciudad es para ganarse la vida, mejor que en los pueblos, pero cuando llega el fin de semana, los puentes y los "acueductos", ¿donde va la gente?. En busca de la naturaleza, llámese playa, montaña, pueblo o casita de campo. Con todas las comodidades posibles, eso sí, pero lejos del mundanal ruído. ¡Es que en la ciudad, además del trabajo, tenemos de todo! -dicen.  Sí, sí, pero cuando pueden se marchan.


Porque, vamos a ver... Después de una vida ajetreada, donde muchos necesitan más de una hora para llegar al trabajo y otra o más para volver a casa, ¿qué necesita la persona?. Pues está claro que necesita descansar y relajarse y ya no digamos cuando uno se jubila... ¿Cual es la mejor calidad de vida para un viejo?. Porque la gente de ciudad, de toda la vida, está acostumbrada a hacer 
todos los días las mismas cosas y en los mismos sitios y claro, de vez en cuando le gusta cambiar y relajarse. Mientras uno es joven busca en vacaciones playas y discotecas pero, cuando se hace viejo, la playa es sucia y la discotecha ruidosa. Busca tranquilidad y ¿donde se encuentra eso?. en el tan vilipendiado medio rural. ¿Hay sonido mejor que el canto de los pájaros y el rumor de las hojas de los árboles con la brisa?. 


La ciudad es estimulante, en todos los sentidos y lugar por excelencia para la gente joven. Hasta ahí no hay nada que decir, pero la tranquilidad del campo no tiene precio, cuando llega la tercera edad, esa en la que vienen los achaques y uno necesita esa tranquilidad que nunca ha disfrutado. Está claro que ningún anciano quiere pasar sus últimos días de vida en una residencia de viejos, algo más parecido a un cuartel que el hotel que quieren venderte. La ciudad tiene muchas ventajas pero carece de la paz, del espacio y de la libertad del medio rural. Eso sin contar con que, mientras puedas valerte por ti mismo, ir a la ciudad es un paseo con las comunicaciones actuales. Pueblo y ciudad tienen ambos su encanto, pero todo depende de la persona, de su historia, de la edad y de su independencia.

Rafael Fabregat Condill

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