Que lástima que en nuestro pueblo no acepten la compra de terrenos para poder ser enterrado en la tierra, con inmensas sepulturas particulares y gran paramento horizontal e inscripciones de lo más variopintas... ¡Cuantos habría que, aunque lo pagaran a crédito, gustarían de ver allí en lugar tan distinguido a sus predecesores!. Porque, naturalmente, él no podrá verse.
Siempre me había gustado visitar el cementerio y espacialmente las lápidas de aquellos a quienes he conocido en vida. ¡Mira éste!. ¡Mira aquel!. Ahora, sin embargo no me apetece ir en absoluto, a no ser que sea necesario. Aquella curiosidad anterior se ha transformado en tristeza. ¿Por qué?. Pues porque son muchas las personas que han formado parte de mi vida.
Acabaron pues, para mí, las visitas al cementerio. Ver a tantos conocidos allí descansando, a tantos amigos de la infancia, compañeros de trabajo, gente con las que has participado de fiestas y problemas cotidianos que ahora se empequeñecen al darte cuenta de lo corta y misirable que es muchas veces la vida. De que no somos nada, tanto que creemos ser en demasiadas ocasiones. Cuando llega tu momento, poco importa quien seas y lo que tengas. Te vas y en poco tiempo nada queda de tu paso por este mundo. Tu lápida o sepultura apenas si la conocerán un par de generaciones. A la tercera, cuantos pasen por delante, serán gente que apenas te conocerán aunque allí esté colocada tu foto. Un triste final, por mucho que tus descendientes gasten en tu lápida.
Mirarán si acaso la calidad de la piedra que, por mucho que cueste, pasará desapercibida por ser una más y si viene el caso te llevarán unas flores el día de Todos los Santos. Como he dicho antes, lo importante no es la categoría de tu entierro y la de tu lápida, sino los cuidados recibidos mientras has vivido. Ya sabemos que nacimos solos y así marcharemos de este mundo. Te ayudaron a nacer, pero nadie te ayudará a morir. Porque de morir nadie escapa, lo lamentable es que se tenga que sufrir para dar semejante paso. Son las religiones y no sé por qué, las que han promovido este final y, por muchas veces que nos lo han explicado, jamás he entendido el motivo de por qué tiene que ser así. Nunca he permitido que una de mis mascotas haya tenido que morir sufriendo y así quisiera que para mí fuera.
Rafael Fabregat Condill
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