olvidar que ellos hicieron otro tanto con visigodos y cristianos ocho siglos antes, invadiendo tierras que no eran las suyas y con la diferencia a su favor de que ellos sí que tenían a donde volver. Lo que pasa es que habían transcurrido casi 800 años y ninguno se acordaba que estaban en casa ajena. Esta injusta decisión de los reyes españoles y portugueses, de limpiar de moros todos los caminos peninsulares, solo obedecía a cuestiones religiosas. Por consiguiente los Reyes Católicos permitieron que todos aquellos que quisieran convertirse al cristianismo, aunque solo fuera de puertas afuera, pudieran quedarse. No fue así en 1609 cuando el rey Felipe III los expulsó definitivamente de tierras españolas, aunque en esa ocasión fue el miedo y no las religiones el causante de tan drástica medida.
Las mujeres moras parían como conejas y el número de mudéjares estaba próximo a superar el de cristianos, motivo por el cual los gobernantes cristianos volvieron a temer por su integridad y antes de que ello se produjese lo evitaron expulsándoles sin contemplaciones. De hecho las revueltas mudéjares ya estaban produciéndose desde tiempos atrás en diferentes lugares de España y aunque a los conversos de 1492 se les permitió quedarse en el país, las hostilidades nunca cesaron. Políticamente la expulsión de Felipe III era correcta pero los propios cristianos miraban con no poca lástima el éxodo de aquellas gentes, tan españolas como ellos mismos.


En los tiempos actuales las cosas han cambiado notablemente. Los musulmanes en la España de 2015 están llegando a los 2 millones de personas, mientras que los judíos o sefardíes no llegan a los 50.000. Se considera probable que un 20% de la población española puede llevar sangre judía en sus venas y hasta un 40% o más de sangre mora. A la llegada de los árabes en el año 711 la Península Ibérica (España y Portugal) no llegaban a los 4 millones de habitantes entre ambos territorios. Sin embargo la llegada de los árabes supuso el gran despegue de la población peninsular española y solo tres siglos después la ciudad califal de Córdoba llegó a alcanzar los 400.000 habitantes, entonces una de las ciudades más grandes del mundo.

Como dato curioso, diremos que la población de la ciudad de Barcelona era en el año 1000 de apenas 5.000 habitantes, mientras que Valencia, gracias a la llegada de los moros, ya tenía 15.000.
Las tres mayores ciudades de aquellos tiempos, exceptuando Córdoba, eran Sevilla con 90.000 habitantes, Toledo con 37.000 y Granada con 26.000. Seguían Murcia (19M), Burgos (18M) y Málaga y Zaragoza con 17M habitantes, confirmándose la notable presencia mora en estos territorios y ciudades peninsulares.
RAFAEL FABREGAT
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