27 de febrero de 2014

1278- CÍBOLA, LA CIUDAD DE ORO.

Se dice que en el siglo VIII y durante la conquista musulmana de Mérida, capital de la Lusitania Hispánica, obispos visigodos embarcaron los tesoros acumulados en los 300 años de estancia en la Península Ibérica, adentrándose en el mar Océano Occidentalis, más allá de las columnas de Hércules. Nadie volvió a saber de ellos, pero la leyenda hablaba de siete ciudades de oro fundadas más allá del mar por estos obispos. Incluso se las ubicaba en una isla llamada Antilia, consecuencia de lo cual, cuando Cristóbal Colón descubrió América en 1492, se le dio el nombre de Antillas a las islas descubiertas en el mar Caribe. También Plutarco escribió en el siglo I que el cónsul español Quinto Sertorio (122-72 a.C.) habló con navegantes que afirmaban haber visto unas islas a 40 días de navegación desde Marruecos. 


Mapamundi de Paolo da Pozzo utilizado por Cristóbal Colón.
El cartógrafo italiano Paolo da Pozzo (1397-1482) incluso llegó a dibujarlas en un imaginario mapamundi a 700 leguas (3500 Km.) al oeste de las costas españolas. Lo de Cristóbal Colón no fue por tanto 100% aventura  puesto que, creíbles o no, había informaciones (o leyendas) que daban datos (sin duda equivocados) de lo que podía haber más allá de las Columnas de Hércules en el estrecho de Gibraltar. Se tenía por tanto la convicción de que "allende" los mares podía haber grandes tesoros y tras el descubrimiento del Nuevo Mundo se pensó que, por la dirección de los vientos y corrientes marinas, las ciudades de oro fundadas por aquellos antiguos e inexpertos navegantes estarían sin duda en las regiones al norte del mar Caribe


Con este objetivo y procedentes del puerto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz-España) llegaba la primera expedición en Abril de 1528 a las regiones de La Floridadirigida por el explorador Pánfilo de NarvézCinco navíos y 600 hombres, en una empresa dramática de la que solo cuatro hombres saldrían con vida. Llegados a la bahía de La Tampa en la península de Florida, Narváez desembarcó con 300 de sus hombres y haciéndose amigo del cacique Hirrihigua éste le informó de las ciudades de oro que había tierra adentro. Narváez mandó a los barcos a un puerto próximo al río de Las Palmas y se internó en territorio hóstil en busca de las legendarias ciudades de oro, pero solo encontró muerte y padecimientos sin fin. 

Tras varias semanas de búsqueda infructuosa y muertas dos terceras partes de sus hombres por las enfermedades y ataques nativos, Narvéz desistió. Mandó construir cinco canoas y se dispuso a regresar río abajo en busca del mar y de sus barcos. Llegados al mar y viajando hacia occidente, les sorprendió una gran tempestad próximos al delta del Misisipi y naufragaron muriendo Narváez y todos sus hombres, a excepción de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza y un esclavo bereber llamado Estebanico que, agarrados a unos troncos, consiguieron llegar a la costa. 


Tras un breve descanso se internaron en la selva alejándose rápidamente hacia el oeste para evitar ser detectados por las muchas tribus nativas de la zona, practicantes del canibalismo. Durante ocho años atravesaron el suroeste norteamericano y norte de México (Alabama, Louisiana y Texas) conociendo sin embargo algunas tribus pacíficas que les ayudaron a sobrevivir. Tras no pocas vicisitudes llegaron a Culiacán donde, ya junto al océano Pacífico, encontrarían un asentamiento español, desde el que desplazarse a Nueva España. Sería Cabeza de Vaca quien contaría después la aventura en un libro titulado "Naufragios". Allí escribió haber visto ciudades de oro y riquezas inimaginables -todo fruto de su imaginación- que dieron pie a que se creyera que los aventureros habían atravesado la tierra de las "siete ciudades de Cíbola"


Antonio de Mendoza, virrey de Nueva España incluso organizó una expedición en busca de las mismas. Al frente de la expedición iba el fraile Marcos de Niza y como guía el esclavo "Estebanico", asustado por lo que se le venía encima... Prontamente el tal Estebanico fue asesinado durante el ataque de unos indígenas y por lo tanto el viaje no alcanzó las metas propuestas. No pudiendo informar del fracaso al virrey, el fraile Marcos de Niza informó haber visto las ciudades de lejos pero sin poder alcanzarlas.
A consecuencia de que todos contaban haber visto las riquezas se organizaron otras expediciones. En 1539 partió de Compostela el castellano Francisco Vázquez de Coronado con 300 soldados y otros tantos indígenas a su servicio, tomando su lugarteniente Tristán de Luna y Arellano unas aldeas llamadas Zuni, en el actual Nuevo México, que fueron reconocidas como las ciudades de Cíbola, aunque sin que se hallara riqueza alguna. Mientras tanto Coronado se había dirigido hacia el norte a la búsqueda de Quivira (actualmente Wichita) pero tampoco encontró el ansiado oro. 


La última empresa en busca de las ciudades de Cíbola la llevó a cabo 
Hernando de Soto, gobernador de Cuba, en 1940. Salieron de la isla nueve naves con 600 hombres bien armados y equipados pero, al poco de desembarcar, muchos de ellos murieron por la malaria y los ataques indígenas. Al llegar a Alabama, De Soto asedió la aldea de Mabila habitada por los Choctaw


La plaza fue conquistada, causando más de mil bajas a los Choctaw, pero sin que se encontrara ninguna de las riquezas esperadas. Herido también en la batalla, De Soto murió unas semanas después al infectársele una herida en el brazo. La mítica ciudad de Cíbola y sus riquezas jamás fueron encontradas. Por el contrario en esa aventura se causó uno de los genocidios más grandes de la conquista americana, debido a los virus y bacterias de las que los españoles eran portadores sin saberlo. Uno de los más letales fue la viruela, transportada en el cuerpo de los caballos, vacunos y cerdos llevados al Nuevo Mundo

Con una población de 25 millones de nativos, se estima que 18 millones murieron durante los primeros 50 años. Todos los territorios explorados al norte de Nueva España (México) fueron abandonados por españoles y nativos antes de finalizar el siglo. Cuando llegaron los franceses a los valles del Misisipi en 1672 las tribus indígenas habían desaparecido y las grandes llanuras eran praderas prácticamente deshabitadas. De todo lo antedicho se desprende que Cíbola, la ciudad de Oro, jamás existió. Los obispos visigodos de Mérida y sus tesoros... ¡Pura leyenda, o en el fondo del océano Atléntico!.

RAFAEL FABREGAT

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