1 de diciembre de 2009

0023- PASCUA DE RESURRECCION.

Podría ser lunes (1.960), pero no un lunes cualquiera, ya que ayer fue Domingo de Ramos y con él ha comenzado la Semana Santa, siendo la esperada Pascua de Resurrección el premio final que nos habremos de ganar sobradamente los jóvenes, en estos días que faltan todavía. Es día lectivo y "els cagonets" entran en el aula de Doña Teresa que maneja la clase con permanentes gritos de... ¡¡¡Silencio!!!, juntamente con algún pequeño pescuezo.
Yo voy a la de Don Julio que es la siguiente, primera para mayores. Para alguno de mis compañeros de clase ha habido novedades importantes. Una reestructuración del reparto de alumnado ha hecho que, buena parte de quienes íbamos a la clase de Don julio, pasemos a la de Don Paco al que se teme por la frecuencia y dureza de los castigos que impone.

Quedarse sin recreo está a la órden del día y no pasa ninguno sin que saque del armario la regla con la que golpee la mano de alguno de sus alumnos, cuando no la punta de los dedos unidos "en cucurucho", que todavía escuece más. Yo he tenido suerte y no he llegado a sufrir dichos castigos...
Para no sobrecargar en demasía el número de alumnos de este aula, el mismo día de llegada a su clase Don Paco nos ha pedido que levantáramos la mano aquellos que supiéramos dividir, aunque solo fuera por una cifra. Dos o tres levantamos la mano en ese sentido y, sin comprobación previa de que fuera cierto, pasamos directamente a la tercera y última clase ¡la de los mayores! que regenta Don Francisco, el Director del colegio.

El susto inicial ha pasado y la inesperada novedad de pasar directamente, de la primera clase a la tercera, abre un mundo de posibilidades que desconocemos en ese momento.
Don Francisco era el director del colegio. Católico practicante donde los haya, tocaba el armonio de la Iglesia y dirigía el coro parroquial a la vez que era también director de la Banda Municipal. 
Formaba parte de la élite local y era por tanto uno de sus principales dirigentes.
Atendiendo sus órdenes como Director del colegio, la jornada empezaba con el izado de banderas y el cántico de los himnos franquistas, todos en correcta formación en el patio del colegio.

Acto seguido, ya en la clase, un Padrenuestro daba paso a los trabajos del día que solían ser un Dictado sobre efemérides de Religión Católica ó Historia próxima a la fecha del día en cuestión, que indefectiblemente acababa con el tradicional Recreo y la cola para recoger el tazón de leche americana en polvo que nos daban.
Una hora más tarde el toque de silbato indicaba el final del recreo y, prácticamente, de la clase matinal ya que apenas restaba tiempo para rezar el Ángelus y alguna nota preliminar sobre los trabajos a realizar por la tarde. Nada especial puesto que ésta se limitaba a realizar algún dibujo o bien a la lectura del Libro de España y poco más. Un año antes de finalizar el ciclo escolar, entonces hasta los catorce años y dos más después de salir de la escuela, tuve la suerte de que mis padres me permitieran asistir al "repaso" que impartía el maestro que había sustituido un año antes al llamado Don Paco.

Don José Manuel, que así se llamaba aquel maestro natural de Benlloch, que daba clase en aquella segunda aula a la que yo nunca asistí, se recuerda todavía como uno de los mejores maestros que han pasado por el colegio cabanense. Firme en sus convicciones y un poco brusco en los modos, no tenía otro objetivo que el de ejercer su profesión para el máximo provecho de sus alumnos. Hasta los dieciseis años fuí cada día a aquel repaso en el que aprendí cuanto sé y donde algunos de mi edad cursaron incluso estudios medios o las enseñanzas suficientes para acceder a ellos. Pero me he ido por las ramas extendiéndome demasiado en un tema que nada tiene que ver con el título de esta entrada.

En aquella Semana Santa de 1.960 y después de dos días de clase, cuya única asignatura había sido Religión, llegaba el miércoles Santo y con él la obligada Confesión General y los primeros actos eclesiásticos de la Pasión. Los alumnos, en rigurosa fila vigilada por los maestros, marchábamos desde el colegio hacia la Iglesia donde el párroco, ayudado por dos o tres sacerdotes más llegados de fuera, nos confesaba nuestros pecados; principalmente la desobediencia a nuestros padres, alguna falta a misa (pocas) y los pensamientos (y actos) impuros. Con la confesión general realizada y ya libres de todo pecado, nuestras almas impolutas empezaban las vacaciones de Pascua que nos liberaban de obligaciones escolares hasta el martes siguiente a San Vicente. Nada menos que doce días sin clase, aunque con un asunto que atender sin posibilidad de escaqueo: deberes y obligaciones eclesiásticas de las que tendríamos que rendir cuentas a nuestro regreso; y estas obligaciones empezaban sin más dilación, puesto que al día siguiente era Jueves Santo.

Ese jueves, durante el día, no había obligación alguna que realizar salvo la de proveerse de la "maza" que todos los carpinteros de la localidad tenían la "obligación" de regalar a cuantos niños se la pidiesen. Por la tarde los solemnes actos de rigor: Oficis, misa y simbólico lavado de pies a los apóstoles (concejales o "virtuosos" locales), previo pase de la matraca por las calles de la villa acompañada de los niños del pueblo (maza en mano) con el griterío y la típica frase de porta tancá bona massá. La matraca que portaban els coteros y el resto de niños, cada uno de ellos con la maza de madera que el carpintero de turno les había regalado para este fin, entraban en la iglesia ocupando los primeros bancos.

El momento en que simbólicamente moría Jesús, se acompañaba con el enorme estruendo que armaban los niños al golpear con sus mazas los bancos de la Iglesia. 
La intensa emoción del momento y el ruído infernal de las mazas golpeando los bancos, todavía me pone hoy los pelos como escarpias al recordarlo.
El ceremonial religioso era excepcionalmente intenso en aquellos tiempos. 
Varios curas confesando al mismo tiempo, sin poder dar abasto, al tiempo que otros se turnaban en sermones que parecían no tener fin. Las imágenes cubiertas con los morados lienzos y la escasa luz de la Iglesia recreaban la situación que el momento requería.

Al día siguiente, Viernes Santo, más de lo mismo con el añadido de la solemne e interminable Procesión del Entierro, con Ernestín el de Cona vestido de "negro demonio encapuchado" que, armado con un grueso garrote, encabezaba la procesión controlando a la chiquillería que abría la misma. 
La asistencia de fieles era tan grande que cuando buena parte de la procesión ya había sobrepasado la calle de San Vicente, en els cuatre cantons, mucha gente todavía no había salido de la Iglesia. 
La fé (o el miedo a todo y a todos) era mayor en aquellos tiempos pero, como todo en la vida, no duró para siempre. Después llegaba el Domingo de Pascua y renacía la luz y la alegría.

La "paga" en tan solemne fecha, era mayor y más todavía si se recibía triplicada, puesto que (al menos los jóvenes) celebrábamos tres días de Pascua. Con un poco de suerte y si no había algún castigo de por medio, se podía llegar a las 5 pesetas diarias (3 céntimos de euro). Era más que suficiente..., pensaban los padres que "controlaban" las necesidades reales de sus hijos, aunque no el destino real de aquel dinero que era el siguiente:
- 3,60 Ptas. paquete cigarrillos "celtas",
- 0,40 Ptas. una cajita de cerillas y
- 1,00 Ptas. una limonada "roja" del fabricante local (Siurana/Beltrán).
Aunque con saldo cero, las necesidades "más importantes" quedaban cubiertas.
En esta primera etapa, la merienda era temprana y se hacía en la casa de uno de los chicos. Cada uno sacaba lo que buenamente su madre le había puesto; yo tortilla y dos longanizas que llevaba en una pequeña fiambrera de aluminio llena de abolladuras que mi padre había traído de la Guerra Civil; un trozo de pan y la obligada gaseosa "roja" local. Los demás algo parecido. Al finalizar la merienda íbamos a "bailar/jugar" con las chicas y a fumarnos un par de cigarrillos, que nos mareaban y nos hacían toser. Naturalmente, también nosotros teníamos nuestra pandilla de chicas...

Ellas, con 10 años, nos esperaban con los labios pintados de un rojo chillón, entonces de moda, entre sus madres...
Pasaron dos o tres años y las pandillas se ampliaron. Nosotros, con la incorporación de José Antonio "el Teulé", pudimos ¡por fin! bailar sin cantar. (?) El Teulé tenía un transistor y, con música o con las noticias, nosotros bailábamos. Pagando el resto de amigos las pilas, eso sí, pero el que algo quiere algo le cuesta. Algo mayor que nosotros muy pronto tuvo carnet y coche. Un citroen que con solo dos caballos apenas si podía con nosotros. También ahí había que pagar la gasolina, naturalmente, pero la cuestión era viajar. (Hasta la Pobla Tornesa, como mucho).

El fichaje de Pepe el Maquet fué un éxito, mayor si cabe. Entre otras cosas porque éste no pedía nada a cambio. 
Gran persona y propietario de Pick-up trajo a la pandilla la oportunidad de hacer "guateques" como Diós manda, o sea, con música de verdad. 
Entre todos comprábamos discos (la mayor parte de segunda mano, a "Antoniet, el sort de Dotres" y el baile y las chicas estaban asegurados.
Mayores "pagas" de nuestros padres y el corte de "gavells de malea" que implantó "el Maquet" nos permitieron acceder a gastos impensables poco tiempo atrás. Las chicas aportaban merienda o pastas y nosotros la bebida, siempre de alta graduación y pocas veces del gusto de éstas que se quejaban con frecuencia de nuestra afición a comprar brandy y nunca licores dulces. 

No era egoísmo por nuestra parte; el motivo era que la firma FUNDADOR promocionaba la venta de su brandy regalando un disco por cada botella adquirida y ¡claro! había que aprovechar... En esa época las parejas ya no eran las iniciales, aunque no vamos a dar más detalles sobre el particular...
Pandillas de chicos y chicas ya no eran compañeros inseparables. La nuestra organizaba "guateques" con dos o tres pandillas diferentes de chicas y lo mismo hacían ellas, que se dejaban "querer" por otras tantas pandillas de chicos. Cosas de la adolescencia.
Los "60" estaban en todo su apogeo. Ya no había que esperar a la Pascua de Resurrección para organizar bailes y meriendas. Estábamos en plena adolescencia y había una vida que vivir. Como han hecho los jóvenes de siempre, nos dejamos llevar... ¡y fuimos a por ella!

RAFAEL FABREGAT

0022- CABANES 50 AÑOS ATRAS.

Cabanes era ya en los 50/60 la envidia de los pueblos vecinos. Lo era incluso cien años atrás cuando (llegando a los 3.000 habitantes) superaba a algunas de las que hoy son principales ciudades de la provincia. 
Después bajó el número de vecinos, siendo en los 60 unos 2.000.
La famosa Fuente del Buensuceso, una fuente inagotable instalada en la plaza principal y algunas otras en puntos limítrofes del municipio, facilitaban a toda la población el necesario elemento. 
Pero no vayan ustedes a creer que ahí paraba la cosa. Para envidia de propios y extraños, eran muchos otros los servicios de los que el pueblo disponía... 

Profusamente iluminadas sus calles, con sendas farolas adosadas a los muros de las casas, cada una de ellas apenas a un centenar de metros de la anterior y con una bombilla de 40 vatios... ¡el día se hacía interminable...! 
Con tanta luz en las calles (?) si se te caía un billete (!!!) ya no lo encontrabas. 
En verano, tras la cena, los vecinos solían sacar unas sillas a la calle para pasar un par de horas al fresco donde, en compañía de sus vecinos, ponerse todos al corriente de las novedades de la jornada o degustar la primera sandía cosechada. Los accesos a la población no eran los más idóneos puesto que, aparte la carretera de Zaragoza que pasaba extramuros, el resto eran caminos de tierra.

Las profundas rodadas producidas por la multitud de carros que entonces había, todos ellos con estrechas ruedas de hierro impedía tras las lluvias pasar por muchos lugares, pero poco a poco las cosas fueron mejorando y finalmente los agricultores cambiaron aquellas ruedas de hierro por otras de goma. ¡Ufff que mejora...!
Fué por aquellos años cuando se construyó la carretera que va al Arco Romano y cuando se asfaltó la de La Ribera. Una compañía de "Burreros" vino de La Mancha para convertir el sueño en realidad. Llevaban más de veinte burros con ellos y dueños y animales se instalaron en el Hostal de Amado, junto a la carretera de Zaragoza.

Los burros, con sus correspondientes alforjas, acarreaban la piedra y sus dueños se encargaban, con sendos martillos, de convertirlas en "machaca". Los pequeños montones de piedra partida se repartían a lo largo de toda la futura carretera y también dentro de la población, puesto que se considera que esta carretera empieza en la de Zaragoza, delante de la "villa de La Xurra", atravesando de parte a parte la localidad con lo cual también esas calles fueron alfaltadas. Para Cabanes, población eminentemente agrícola, supuso un gran alivio disponer de unos kilómetros de excelente camino que llevara a los vecinos a sus quehaceres diarios, sin los baches y las frecuentes piedras con las que los caminos de tierra estaban plagados. 

Unos años después llegarían ya los primeros carros con ruedas de goma, que aliviaron las posaderas de sus dueños y los destrozos de los caminos.
El recibimiento de los foráneos, procedentes de la parte de Castellón, lo hacía el "río Ravachol", lugar de juego para los niños de los barrios colindantes que buscábamos las escasas ranas que el eterno caudal, de sucias aguas provenientes de los lavaderos municipales, permitía que se criasen. Mas frecuentes eran las cucarachas de agua puesto que ellas, en los eternos charcos de aguas putrefactas, se multiplicaban sin mayor problema.
Las calles de la población, entonces todas de tierra, eran el destino del agua de lavar platos y cacerolas y por lo tanto de los últimos granos de arroz que habían quedado pegados al fondo del puchero. Ni que decir tiene que los gorriones abundaban en aquellos tiempos, para ellos de gran abundancia. 

Los materiales empleados en tan exhaustiva limpieza, eran unos restos de cordel viejo deshilachado (a modo de estropajo) y un puñado de arena, rascada unos días antes de la piedra original de arenisca que abundaba en las inmediaciones de la localidad. En las casas no había agua corriente ni por tanto alcantarillado en las calles, por lo que se carecía de cuartos de aseo. A lo sumo un retrete, con fosa séptica al que se echaba un cubo de agua tras su uso y que había que vaciar de vez en cuando, motivo por el cual la mayoría hacía sus necesidades en el corral y otros bajo una pared extramuros.
Las ineludibles "necesidades fisiológicas" se hacían pues como se podía y más al raso que a cubierto. 
No más de una docena de casas tenía fregadero en la cocina, alimentado por un depósito de agua instalado en el desván o terrado, pero ello implicaba la necesidad de llenarlo con agua previamente traída con cántaros de la fuente y subirla por las escaleras. Tan trabajosa era esta labor, que el depósito estaba permanentemente falto de agua.
Menos mal que chicos y chicas siempre nos prestábamos voluntarios para acarrear un viaje de agua de la fuente, excusa muy socorrida con la que charlar un rato con el sexo contrario.

Constituía una novedad, frecuente en verano, la llegada de "saltimbanquis" que anunciaban su espectáculo armados con un tambor y una vieja trompeta que sonaba con poca profesionalidad. Un ligero andamio/trampolín y una pequeña escalera como único material y un mono y una cabra como vivo complemento a sus escasas habilidades, constituían todo el patrimonio que los "artistas" llevaban consigo, pero para los niños del pueblo era más que suficiente para romper la monotonía.
La actuación se realizaba invariablemente en la Plaça de la Farola (hoy denominada de La Constituciò) y la asistencia era, por tanto, gratuita aunque a mitad del espectáculo los actuantes pasaban "el plateret" pidiendo una colaboración económica que permitiera al menos su sustento. 

La petición estaba más que justificada pero,la mayoría de los niños, no llevando ninguno de ellos ni un solo céntimo en el bolsillo, salían disparados para no tener que sufrir la afrenta de los feriantes ante su falta de pago.
A pesar de todas las penalidades aludidas, nuestro pueblo destacaba sobre otros de la comarca y lo hacía para bien. 
Nada menos que ¡¡¡ TRES CINES !!!
El cine-teatro Benavente, en el que se proyectaban las más novedosas películas y en el que actuaban los más famosos cantantes de la época (Machín, el Titi, Juanito Valderrama, etc.) y dos cines de verano: 
El Astoria, en el número uno de la calle Teatro y El Trinquet en la parte trasera del Café de Xulla, actualmente carrer de la Fira en el que, en los meses de verano, se celebraba todos los domingos el típico "Ball de vermut".
La juventud, ya con novia o a punto de tenerla, la salida del cine se dirigían a este lugar de cita obligada, donde alargar una hora más el deleite dominical, razones más que suficientes para que Cabanes destacase una vez más sobre los pueblos vecinos.

Cabanes tenía dos orquestas (La Ildum y La vella). 
Ambas alternaban sus actuaciones en ese baile dominical a cambio de una módica retribución o simple comisión sobre las consumiciones realizadas, único desembolso que los asistentes habían de sufragar, salvo en determinadas fiestas especiales que se pedía una simbólica entrada. 
Alguna consumición era obligado realizar aunque los aperitivos (vermuts), que era el nombre al que hacía referencia el baile en cuestión. Pocos, porque ello implicaba dos consumiciones (tapa y bebida) y el dinero escaseaba. Salvo fechas especiales o alguna celebración, lo habitual era pedir una cerveza los chicos y una naranjada las chicas. Tampoco había mucha sed, puesto que la comida no había sido muy abundante y y lo importante era bailar... ¡y cuanto más arrimados mejor!

El cine era gratis para los niños, que aburrían al personal con sus carreras y griterío. Los mayorcitos, que ya pagaban entrada, se sentaban en las tres primeras filas que eran bancos generales y los controlaba el "Tio Vicent el Teulé" encargado de ese menester y por el cual no ganaba seguramente ni un solo céntimo, salvo ver la película gratis. 
Los más pequeños, como no pagaban, se sentaban sobre las rodillas de sus padres y ante la frecuencia de "necesidades menores" las hacían allí mismo a sus pies por lo que, al descanso de la proyección y especialmente al final de la película y bajo la pantalla, había siempre un charquito de orines, alimentado por la multitud de chorritos que bajaban del patio de butacas, cuyo pavimento era de hormigón pulido.
Una cosa destacable de la época era la frecuencia con la que se iba la luz, en muchas ocasiones dos y tres veces por sesión. 
La gente estaba tan acostumbrada que ya se lo tomaba con cierto cachondeo y al apagarse la proyección todos a una gritaban... ¡ooooooh!, mientras que cuando la luz volvía gritaban nuevamente todos... ¡aaaaaah!, en ambos casos seguido ello de las carcajadas de los espectadores que, de esta forma, descargaban el natural enfado.

En cuanto a los juegos infantiles, los niños de entonces jugaban permanentemente en la calle con el aro, a "guá", a indios y vaqueros, etc. 
Como las calles eran todas de tierra, llovía con frecuencia y las mujeres tiraban el agua de la limpieza a la calle, ésta estaba permanentemente embarrada, por lo que también era bastante común el jugar a "pastá fang". (Jugar con el barro)
Juegos de niños de pueblo... ¡Una delicia!
Esta expresión se utilizaba también entre los adultos (ves a pastar fang) como equivalencia a la de mandar a alguien a la porra o "a freir espárragos".
A pesar de todas las miserias relatadas, estoy convencido de que 50 años después los actuales habitantes, niños y mayores, no son más felices por mucho que las cosas hayan mejorado. Los niños porque carecen de maldad en cualquier circunstancia y los mayores porque cuanta más pobreza hay, más amor y menos egoísmos.

RAFAEL FABREGAT

0021- LOS INICIOS DEL MOTOR.

Corrillos de jóvenes y adultos, comentaban las novedades del pueblo en la "Plaça de la Font" después del trabajo, como era costumbre en "los 60". Naturalmente las conversaciones eran diferentes según la edad. Los más jóvenes hablaban de chicas, o de motos que era entonces la novedad.
- "En el Taller de Adolfito portarán una "Montesa Impala de 125" -decía uno.
- "Pues en el de Vicent el Llebro una "Bultaco Tralla de 150" -respondía otro.
- "Pues el meu pare te una "Guzzi" que va como un rayo" -decía yo.
Carcajada general de los presentes ante tamaño trasto de 65 cc, con cambio de marchas en el depósito y una velocidad máxima de 60 Km./h., en terreno llano.
Aunque el 90% no tenía ni siquiera bicicleta, el motor era todo un acontecimiento para la época. La gente se arremolinaba en las inmediaciones de los diferentes Talleres esperando ver la "joya" que había llegado unos días o unas horas antes. Hoy puedes comprarte un coche "Mercedes" y nadie te lo mirará, pero en los cincuenta y en los sesenta...

Mientras tanto en la tertulia de los mayores el tema, siempre girando alrededor de la agricultura, era más serio.
- El Roig pague els pessols a 3 ptas./kilo. -comentaba uno.
- Pero ¡qué dius! -respondía otro. Li acabe de portar dos sacs a Gafes y m'ha dit que a 2,75 y porque eren de primera calitat, que de nos ser aixina...
- Ya t'han pres el pel -decía un tercero.
- Cadascú paga lo que li va en gana, aixó no pot ser -se lamentaba otro.
Otros días era otra cosa, pero los corrillos no faltaban al mismo tiempo que "la petaca" pasaba de mano en mano. Dinero había poco pero los hombres, aunque estaba terminantemente prohibido por las autoridades competentes, sembraban dos docenas de plantas de tabaco en fincas apartadas del camino principal y pasaban el año liando su propio tabaco "churro", de olor insoportable. La cuestión era fumar, sin gastar o gastando solamente lo que valía el librito de papel. Y la tertulia seguía...
- Ahir vaig vendre les armeles "als Juliets" a 15 pts./kg. -comenta uno.
- Si son bones "Sanantoni" les pague a 17 Ptas/kg. -dice otro para fastidiar.
- Tindriem que fer una cooperativa -dice el listo de la tertulia.
Y, así todos los días.

La jornada, al ser para todo el mundo agrícola finalizaba con el sol pero, a pesar de que el dinero estaba todavía escaso, las cosas iban mejorando. Incluso los más pobres tenían dos o tres viñas, algunas hanegadas de almendros y olivos, a la vez que sembraban algún campo de trigo o guisantes. El trigo se segaba manualmente, atándolo en garbas de unos 20/25 kg. que se llevaban posteriormente a un campo yermo que tenían los hermanos "Vicentico y Paco els de Pura" junto a la carretera de Zaragoza, al lado mismo del campo de fútbol. Cada recolector tenía su propia pila de garbas que "trillaba" siguiendo el turno de entrada de material.
Una máquina trilladora, movida con la polea de un tractor, se instalaba en el centro de dicho campo, con tres o cuatro empleados que se encargaban de "alimentar" a la máquina y de recoger los diferentes productos que ésta seleccionaba: trigo, paja y "pallús" (cascarillas y paja pequeña). El propietario recogía el trigo en sacos de su propiedad, la paja en "pacas" de unos 40/50 kg. que hacía la propia máquina y el "pallús" a granel, colocando unas lonas en el carro y convirtiendo a éste en una caja hermética en el fondo y los laterales.

Como se ha dicho anteriormente, la mayor parte de los jóvenes tenían por costumbre arreglarse un poco y salir a dar una vuelta por la Plaza al finalizar la jornada.
Tal como se hace hoy, en esas salidas se contactaba con los amigos, te ponías al corriente de las novedades e intentabas ver a la chica que hacía aumentar los latidos de tu corazón. Si además podías hablar un ratito con ella, mejor todavía.
La cita era siempre en la "Plaça de la Font" puesto que las chicas, también con interés de ver a los chicos, solían brindar a sus madres la posibilidad de llevar un par de cántaros de agua a la casa, cosa que las madres agradecían notablemente, al no haber agua corriente.
El punto más habitual para citarse los chicos era el "Raconet del Frare" aunque cualquier otro punto de la plaza era igualmente válido.
A tal efecto, los dos talleres de la localidad (El Llebro y Adolfito) estaban situados, más o menos en ella y al atardecer era lugar de cita para los jóvenes y algún curioso de más edad, interesado en las novedades que las motos y motocultores representaban.


Tener moto, en aquellos tiempos, no era cualquier cosa. Y si, además, era una Montesa o una Bultaco ya era un superlujo, solo al alcance de los más pudientes o de los más caprichosos que, no teniendo dinero suficiente, se veían obligados a cortar decenas de carros de maleza para poder reunir el dinero suficiente. La gente mayor tenía una Movilette, una Guzzi o Derbi de 65 cc, o quizás una DKW, pero esa línea gustaba poco a los jóvenes.
Las cosechas, siempre escasas por la falta de abonos, eran necesarias para mantener la economía familiar por lo que, este tipo de caprichos solo eran posibles realizando trabajos fuera del hogar que, en esas fechas, solo era posible traducir en el indicado trabajo de cortar maleza, con la que alimentar los hornos de cerámica que en aquellos tiempos funcionaban con este combustible.
La mayor parte de tocadiscos (pick-ups) y de motos, se compraron a cambio de ese duro trabajo.

Pero el esfuerzo quedaba prontamente compensado...
La espléndida motocicleta bajaba del furgón y la juventud rodeaba la máquina y al afortunado comprador, preguntando especialmente la velocidad que alcanzaba.
- 90 kilómetros per hora -decía Adolfito orgulloso de la Montesa Impala.
- Calla, calla, ¡no digues barbaritats! -le increpaba alguno de los presentes.
- ¿Barbaritats?... ¡Y la Sport pase dels 100! -sentenciaba Adolfito.
- No pot ser. ¡A eixa velocitat la carretera pareixeríe una cinta i te n'eixiries a les reboltes! -respondía el "enterao" de siempre.

Uno de los presentes, con ganas de meter cizaña, anunciaba que, en breve, "el Llebro" traería una "Tralla" (Bultaco) que alcanzaba los 120 Km. por hora.
Adolfito luchaba por sus intereses respondiendo...
- Sí, sí... pero el motor de la Montesa gaste meins gasolina y es mes resistent.
- ¡On vas a parar! -le apoyaba algún amigo, o cliente que ya tenía una. Los jóvenes estábamos extasiados contemplando las motos y pendientes de la conversación de los mayores.

Pero, a pesar de ello, nuestro interés se desvanecía cuando pasaba una pandilla de chicas y parte de los allí reunidos nos marchábamos con ellas intentando, por una parte ligar y por otra apartar un sueño, económicamente imposible, de la cabeza.
¡Nada menos que 22.500 Ptas, valía una moto de esa cilindrada! (135 euros).
¿Quién los tenía?. Nadie. Incluso quienes compraban pagaban a plazos.
Lo mejor de todo esto es que "el personal" pasaba un par de horas agradables tras el trabajo diario y todo ello sin gastar una sola peseta que, por otra parte, no teníamos.

La "tía Nieves" (Bar de Xulla) echaba dos trocitos más de sepia sobre la plancha (los anteriores ya se habían quemado) con el fin de que sus efluvios siguieran dispersándose por la plaza, invitando al transeúnte a que entrara en su local, pero el dinero seguía escaso y ¡en día laboral...! Nuevamente los trocitos de sepia se quemaban, sin que nadie los demandase.
Toni la perra, situado justo enfrente del taller de Adolfito, llamaba la atención de los viandantes de una forma menos sabrosa pero igualmente efectiva. Instalado en su bar un excelente tocadiscos que se había comprado en la tienda "JOVINO" de Castellón y con el volumen más alto que bajo, El Titi, Lola Flores, Juanito Valderrama y Antonio Amaya desgranaban sus melodías incitando a entrar y a tomar una cerveza en local tan pintoresco.
También el Bar de Roc tuvo que espabilarse y, asociándose con Laureano "el Cinero", instaló unos futbolines para llamar la atención de la juventud, que le entregaba su escaso dinero a cambio de unas partidas.
Cada uno, a su manera, iba capeando el "temporal" de la escasez como buenamente podía.
Lo importante es que entonces éramos jóvenes. Juventud, divino tesoro.

RAFAEL FABREGAT

0020- EL CINE EN LOS PUEBLOS.

Mucho tengo ya escrito sobre el particular y poco lo que este tema puede dar de sí, pero cuando uno se empeña...
Hemos de remontarnos 40 años atrás (1.970), aunque no recuerdo exactamente, cuando se cerró el Teatro-Cine Benavente de Cabanes. Un local fuera de lo común, para un pueblo que no llegaba a los 2.500 habitantes. En él se proyectaban las películas más actuales y a él acudían los mejores cantantes de la época. Cierto es que, con posterioridad a este cierre, siguieron celebrándose algunos acontecimientos esporádicos organizados por asociaciones locales, de tipo teatral o festivo-musical, pero se cerró la explotación económica del local y con él una etapa social de primer orden. La llegada de la televisión fué el mazazo que acabó con el cine en los pueblos y también en las ciudades. Los primeros años, debido a los altos precios que costaban los aparatos receptores fueron solo los bares quienes tenían televisor pero, pocos años después, ya se incorporó como un electrodoméstico más de las casas particulares. Una verdadera lástima.

Hasta entonces, el cine no era solo el hecho de ver una película o pasar la tarde. Era algo más, mucho más. Era el foro social de mayor entidad, con diferencia.
La calidad de la película era importante sin duda, pero el lleno estaba igualmente garantizado si el argumento carecía de interés. Ir al cine, al menos los domingos, era un acontecimiento semanal de obligado cumplimiento como lo era también, a la salida de misa de 10, ir a ver "els cuadrets"; una especie de reportaje fotográfico que mostraba las características de la película que visionaríamos por la tarde.
La vida era entonces muy rutinaria; simplemente no había más. Y no habiendo otras posibilidades, no cabían variaciones, salvo quedarte en casa y eso...
Las mujeres, tras la comida dominical, recogían la mesa, fregaban los platos y preparaban la cena. Realizadas estas cotidianas labores se arreglaban con sus mejores galas y esperaban la hora del cine.
Los hombres, mientras tanto, tenían por costumbre jugar la partida de cartas con los compañeros en el bar o ir a ver el partido de futbol local. Todo estaba perfectamente cronometrado y hablado entre los diferentes organismos.

Treinta minutos después de finalizar el partido de fútbol local empezaba la película, por lo que novios y maridos se apresuraban en ir a buscar a novias y mujeres (y a sus hijos, si los tenían), sacar las entradas y con un poco de suerte, copar las últimas butacas que quedaban libres... Las últimas en ocuparse eran las cercanas a los "servicios" que durante todo el año (incluso en invierno) apestaban a orines, especialmente el de los hombres ya que las mujeres, si no era una necesidad totalmente inaplazable, no querían usarlos por miedo a algún contagio.
El tío Sentet "El Teulé" era el acomodador. Cortaba las entradas y si la película estaba ya empezada y la sala a oscuras, te indicaba el lugar aproximado donde pudieras encontrar asiento posible. Los niños no pagaban entrada y por consiguiente no podían ocupar butaca, por lo que inevitablemente tenian que sentarse sobre las rodillas de sus padres, lo que también controlaba el tío Sentet.

Primeramente el NO-DO, documental producido por una Cinematográfica afín al Régimen Franquista que nos mostraba al Generalísimo en las diferentes inauguraciones de pantanos o fábricas del momento, así como alguna actualidad deportiva. Tras él, si la película no era de mucha duración, algún corto de dibujos animados y breve descanso de apenas un minuto para poder cambiar el rollo de la película.
La chiquillería risas comentando los dibujos y Paulino (anterior a "Vicentica la Valenta") una en castellano y otra en valenciano, intentando colocar las últimas mercancías a la parroquia...
- "¡Rosquilletas! ¡cacaus y tramusos! ¡Limonadas fresques!".

Se apagaba la luz y empezaba la película siguiendo algunas risas de la chiquillería, por lo que los mayores iniciaban contínuos siseos intentando acallar el griterío. Tambien Paulino realiza las últimas entregas, desapareciendo posteriormente hacia la entrada del cine, donde tiene el tenderete de chucherías.
La luz de proyección se enturbia por los muchos cigarrillos encendidos, algunos de tabaco "xurro" de olor insoportable. Los ojos empiezan a escocer, aunque (en invierno) se agradece el calorcillo que se disfruta debido al lleno obsoluto. De pronto..., una potente exclamación vibra en la sala.
- ¡¡¡ oooooooh !!! -se fué la luz...
El tío Sentet, pila en ristre, entra en el patio de butacas iluminando aquí y allá y calmando a los espectadores diciendo que solo han sido los fusibles y que se reparará en un momento. Unos minutos después nueva exclamación, ahora de júbilo...
- ¡¡¡ aaaaaah !!! -ha vuelto la luz y de inmediato empieza nuevamente la película... ¿Por donde íbamos? ¡Ah sí! El chico iba a besar a la chica y... ¡vaya! ahora están en la iglesia. ¿Qué nos habremos perdido...?



Los niños, en la falda de sus padres, como lata de sardinas.
- ¡Pare, ting pixera! -los niños, ya se sabe...
- ¡Pixa ahí mateig! -dedía la madre.
- ¡Sssssss! -siseos, de las filas vecinas.
El chorrito llegaba bajo la pantalla y se unía a los muchos otros que ya habían, formando un charquito mayor.
Unos minutos después llegaba el descanso y los hombres se levantaban siguiendo el ritual de salir a fumar un cigarrillo (estaba prohibido fumar en la sala, aunque pocos lo respetaban) y aprovechaban para comprar una gaseosa o una "paperina de cacaus y tramusos", para novias, mujeres y niños que todos devoraban después con deleite.
Paulino, finalizada la venta en el tenderete, hacía acto de presencia en el local con su bandeja de madera, que sujetaba con un cordel por detrás de la cabeza, repleta hasta los topes...
- ¡Rosquilletas, cacaus y tramusos, Limonadas fresques".




Y, como en los toros, la dificultad de hacer llegar los pedidos al centro de la fila de butacas...
Tras un descanso de 15 minutos, sonaba el timbre que anunciaba el reinicio de la película y se apagaba la luz, comenzando todos a disfrutar nuevamente de la sesión...
Los mayores de la película, los niños de tirarse cosas los unos a los otros y los jóvenes con novia, ya se sabe, a todo lo demás.
Desgraciadamente todo es historia, agua pasada que ya no mueve molino y que jamás volverá...

RAFAEL FABREGAT

0019- LOS GUATEQUES DE LOS 60

Decir "años 60" es lo mismo que decir que hacía solo 20 años que había finalizado la Guerra Civil española y que la miseria todavía rondaba por la mayoría de las casas de nuestro pueblo, como supongo que ocurriría también en los demás.
- Mira tu casa y verás la del vecino -decía mi padre.
Hablar de "los 60" y decir 61, 63, 65, es como decir que quien escribe tenía 12, 14 o 16 años. Finalizando la etapa escolar y empezando a sentir la necesidad de relacionarme con las chicas.
Aunque todo entonces era muy inocente... la naturaleza es la naturaleza.
Si algún joven de hoy lee este artículo se burlará sin duda de la época, de quienes la vivimos y especialmente de quien lo escribe, pero las cosas eran entonces como eran y no como los jóvenes hubieramos querido que fuesen.
Una fuerte represión política y eclesiástica lo disponía todo y las autoridades se encargaban a diario de recordar a la ciudadanía quien mandaba y que era lo que se esperaba de cada uno de nosotros; siendo nuestros padres, además, el obligado altavoz de aquellos. La miseria general y los miedos dificultaban el despertar de la juventud y ralentizaban el bienestar común.

Como he dicho anteriormente, hay cosas que no cambian jamás.
Aunque con disimulo y a una cierta distancia, a los doce años también empezábamos a mirar a las chicas, como ha sido siempre, solo que...
Por mucho que te gustara una chica y por mucho que ella compartiera tus gustos, hasta cogerla de la mano era un acto mal visto y objeto de murmuración. Pero el "despertar", aunque lento, era inevitable y la naturaleza más pronto o más tarde impone su criterio, que no es otro que la relación entre hombres y mujeres y la continuación de la vida.
El cine era entonces todo un espectáculo para los mayores y lugar de cita obligada para los jóvenes. Que una chica te guardase butaca a su lado lo decía todo y, aunque torpes por la inexperiencia y por la educación represiva que entonces tuvimos, los jóvenes no éramos tontos y sabíamos aprovechar sin duda el más mínimo resquicio para acceder a las primeras vivencias juveniles que la vida nos ha brindado a todos. Todos sabemos de preferir las últimas filas del cine y todos sabemos de ignorar buena parte del argumento de la película, a la salida.

Pero, repito, todo muy inocente... manitas y poco más.
De todas formas, con ser mucho, lo mejor del domingo no era el cine.
Por la mañana, después de misa y en los paseos que tras ella dábamos los jóvenes por las cercanías de la población, se organizaba el "guateque" de la tarde.
Es más, cuando había algún nuevo disco a estrenar, tras el paseo mañanero que quedaba recortado, ya íbamos a la casa del agraciado propietario de la "joya" en cuestión a escuchar la novedad del momento: Los Pequenikes, Adamo, Fórmula V, Los Brincos, Bruno Lomas, Los Sirex, Los Bravos, Los Diablos, Los Mustang y un larguísimo etcétera inundaron aquellos años.
Escuchar el nuevo disco era la excusa para poder bailar un buen rato "pegadito" a la chica de nuestros sueños. Los que no la tenían tampoco dejaban pasar la oportunidad de hacerlo con aquella que se prestase a ello, aunque no hubiera amor de por medio.
Después de tan agradable mañana dominical, poco importaba que al llegar a casa hubiera para comer paella o fideos. Lo importante era la cita lograda con la pandilla de chicas en general y con "tu" chica en particular, para el "guateque" de la tarde. Allí se repetirían con más amplitud los momentos vividos por la mañana.

Comida con prisas y cita en el bar, donde conectar con los amigos para ir a buscar el "pick-up" del agraciado que dispusiera de tan excepcional aparato. Selección de los discos a llevar a la casa de la abuela de turno y a esperar que dieran las cuatro, hora habitual de empezar el "guateque".
Unos minutos antes de la hora convenida (la impaciencia nos impedía esperar a que sonaran las cuatro) nos dirigíamos a la casa en cuestión, donde ya empezaban también a llegar las chicas y se montaba el tocadiscos sobre una silla o un cajón, en la "entrada" de la casa, ya despejada de los útiles agrarios que era el destino habitual de esta pieza de la vivienda.
Como en todas las cosas de la vida, había unos que "comían" y otros que dejaban "comer", es decir: unos que se dedicaban a poner discos y otros a bailar. De estos últimos también había tres clases bien diferenciadas: los que bailaban por que les gustaba hacerlo, los que lo hacían como pretexto para abrazar a las chicas y los que lo hacían por amor a una de ellas, de la que eran pareja exclusiva y a la que abrazaban con un afán superior al que pone un naúfrago al agarrarse al único tronco que flota en el océano.
Su tronco, su mar, su vida... En fin, ¡las cosas del amor!

Después, los de esta tercera clase referenciada, tenían otro premio añadido que era el ir al cine con la chica de sus sueños. Manitas y algún beso furtivo en la oscuridad; toda una maravillosa experiencia, no demasiado conocida por la juventud de hoy, que todo lo tiene desde el primer día... ¡Difícil es que te deleite la comida, cuando el estómago está lleno de forma permanente!... Pero volvamos al asunto de "los 60".
No era solo nuestro despertar juvenil (que también) sino que fue algo espectacular y a nivel mundial. Hasta entonces permanentemente envuelto en guerras y despropósitos, el mundo parecía darse cuenta ¡por fin! que solo había una vida y que había que vivirla de la mejor manera posible. Trabajando, pero disfrutando también. Todos los conjuntos y solistas del momento se encargaban de pregonar el amor y de transmitir la alegría que el mundo necesitaba. Las letras de todas las canciones de entonces llevaban un mensaje común: Amor y bienestar para todos.

La gente, no solo la juventud, entendió el mensaje y en esa maravillosa "Década de los 60" empezó a despertar de la oscuridad que hasta entonces había presidido sus vidas. Como si todo estuviera interconectado "la luz" se expandió por todos los rincones de cada casa y de cada uno de nosotros, de forma generalizada.
Los mayores, de común acuerdo y en una unión hasta entonces desconocida, levantaron calles y construyeron zanjas que contendrían los desagües que permitirían la instalación posterior del agua potable. Se harían los primeros "cuartos de aseo" y en las cocinas se podrían lavar los platos sin tener que tirar el agua sucia a la calle. Pronto desaparecerían las calles de tierra y llegarían los primeros televisores, las neveras eléctricas y las cocinas de gas y, ya para los más privilegiados, las primeras lavadoras siendo este electrodoméstico "el menos necesario", según los comentarios de entonces, puesto que acudir a los lavaderos municipales estaba tan arraigado, que era lugar de cita y tertulia obligada.
- Una máquina no puede lavar bien... -decían las mujeres.

Viviendo casi todos de la agricultura, unos años antes se habían plantado viñas y otros cultivos y la gente empezaba a sacar las primeras cosechas. Todo parecía estar encarrilado hacia la prosperidad que tanto se había añorado y la alegría empezaba a florecer en las familias. Pero, en fin, eso eran cosas "de mayores".
Los jóvenes, casi niños aún (adolescentes en mi caso) teníamos el pensamiento en otra parte: chicas, chicas y chicas, en general. Chica, chica y chica en particular, puesto que el amor había sembrado ya en mí la semilla de tan agradable y al mismo tiempo doloroso sentimiento. Unos días amándonos con locura y al siguiente "de morros" por la más absurda de las nimiedades. Cosa de adolescentes que queríamos jugar a ser mayores, quizás antes de tiempo. Cualquier excusa era válida para hacerte el encontradizo y, para que ello se pudiera llevar a cabo, había que espiar el momento exacto en que la chica, tu chica, fuera a la compra o a recoger agua de la fuente. En principio parecía difícil, pero no lo era tanto ya que ellas, que también deseaban lo mismo, salían a donde tuvieran que ir siempre a las mismas horas. No había que ser un lince para coincidir, que era lo que ellas también querían.

Tampoco nuestros padres habían de ser linces para saber que nuestro interés en hacerles la compra o en llevarles agua a la casa no obedecía a nuestro afán de colaborar en los trabajos del hogar, sino en la de encontrarnos con la persona de nuestros sueños, fuera de los días u horario asignado para ello. Ni unos ni otras podíamos esperar al domingo para vernos o para charlar un rato y durante la semana solo la excusa de hacer una de las labores aludidas era motivo por el cual las chicas salían de casa. Los chicos teníamos más libertad pero... ¿qué es un chico sin chica?
Bueno, aunque he titulado esta entrada como "Los guateques de los 60" no me he explayado demasiado sobre el particular, pero es que tampoco había mucho que decir... ¡Era todo tan simple y tan inocente!. El Twist, la Yenca, el Mádison y allí en un rincón de la estancia, apartados de la luz de la pequeña bombilla que pendía del techo sin lámpara alguna, otros estábamos esperando (y rogando a quienes ponían los discos) que el siguiente fuera un bolero de Machín o Mis manos en tu cintura, de Adamo... ¡Ay, que tiempos aquellos...!

Solo resta decir a título de curiosidad que ni los discos ni los pick-ups (tocadiscos) caían del cielo; pocos eran los privilegiados que los tenían de forma particular y pocas también las pandillas que disponían de tal aparato en compra común, que conseguían cortando maleza en días festivos, para venderla a las fábricas de cerámica, único combustible consumido entonces en estas industrias para la cocción de sus productos.
En la mayoría de los pueblos y el nuestro no era una excepción, había varios comerciantes-transportistas que se dedicaban a este negocio. Ellos mismos proporcionaban a sus clientes los cordeles (en atados de 25 unidades) y realizado el trabajo te compraban todos cuantos "veinticincos" pudieras haber reunido, siempre con la condición de que la pila de "gavells" fuera depositada "a porte" de camión, es decir: en lugar a donde el camión pudiera acceder para cargarlos.
Esa era la única fuente de ingresos que tenía la juventud para gastos extraordinarios, ya que "la paga" semanal paterna apenas si llegaba para el cine y poco más y otras posibilidades no había entonces.

Nuestra pandilla disponía del Pick-up de "pepe el maquet" pero también cortamos "gavells" en varias ocasiones, con el fin de reunir fondos para alguna cena o evento extraordinario. En lo que a mí respecta, recuerdo que hasta los 18-20 años me daban 25 pesetas (el cine valía 8) y a esa edad, que fue cuando les presenté a mi novia formal, me aumentaron la "paga" semanal a 75 pesetas. No es de extrañar que la novia tuviera que colaborar económicamente para poder acceder a los sitios propios de la juventud. La solución, mi solución, era que me permitían hacer escobas fuera de jornada (de noche y a la única luz de un candil, posteriormente un "carburero", puesto que no había electricidad en el local de trabajo) y la producción conseguida me la pagaban mis padres al mismo precio que al resto de operarios. También por esa época se renovó el censo urbano y estuve durante unos tres meses trabajando para el Ayuntamiento en ese menester. Lo hacíamos entre tres personas: Emilio el alguacil, Juan A. Tomás y un servidor, cobrando a los contribuyentes 75 Ptas. por cada una de sus propiedades.

El reparto era de la siguiente manera: 20 Ptas. para cada uno de los operarios por el trabajo de campo, que hacíamos por las mañanas (medición y toma de datos) y las 15 Ptas. restantes nos las repartíamos a razón de 10 Ptas. para Juan Antonio por realizar el plano de la finca y 5 para mí por mecanografiar la ficha censal. Juan Antonio era mayor y sabía mucho más que yo (había estudiado diez años para cura). Yo no estaba muy conforme con esta última partición, que pretendía a partes iguales, pero el trabajo se realizaba en su casa y tuve que conformarme. Al finalizar el trabajo tenía ahorradas cerca de 20.000 Ptas., un capital que no había visto en mi vida. Naturalmente, entregué a mis padres el jornal (150 Ptas.) de cada uno de los días trabajados y el resto lo dedique a comprarle un anillo de prometida a mi novia (oro de 18 kilates con cinco rubíes) y a ser un joven "normal" que podía pagarle el cine e incluso algún refrigerio añadido. En fin, todo miserias, pero como eran generales se soportaban sin mayor problema. Más o menos todos estábamos igual... ¡igual de pobres!.
Bueno, por suerte, yo entonces ya no tanto...

EL ÚLTIMO CONDILL

0018- LOS DOMINGOS, MISA DE 10.

Se dice que para los adolescentes cualquier época es buena pero, a pesar de la juventud, la posguerra no fué precisamente el mejor momento para disfrutar de la vida.
En el colegio empezaba la jornada con breves saludos entre el alumnado, que finalizaban a toque de silbato.
Como si de cuartel de reclutas se tratara, tras las órdenes oportunas se ejecutaba una rápida y correcta formación de todos los presentes.
-Rápido... ¡A formar!
-Alinearse... ¡en fila de a tres!
-Firmes... ¡Ar!
-Izquierda... ¡Ar!
La bandera española, la de la Falange y la de los Requetés subían lentamente a sus respectivos mástiles, al tiempo que los alumnos, dirigidos por el profesorado, entonaban el himno de rigor...

¡Viva España!
alzad los brazos
hijos del pueblo español,
que vuelve a resurgir...
Gloria a la patria
que supo seguir
sobre el azul del mar
el caminar del sol.
¡Triunfa España!
los yunques y las ruedas
cantan al compás,
del himno de la fé...
Juntos con ellos
cantemos de pié,
la vida nueva y fuerte
de trabajo y paz.

¡España!.............. ¡Una!
¡España!...............¡Grande!
¡España!...............¡Libre!
¡Viva España!......¡Viva!
Y el maestro entonaba un himno nuevo, que los alumnos seguían con el mismo entusiasmo que el anterior...(?)

Cara al sol con la camisa nueva,
que tú bordaste rojo ayer...
etc., etc., etc.,
finalizando el maestro con el consabido...
¡Arriba España!
¡Viva Franco!

Los niños, eran niños pero no tontos e intuían que el protocolo tenía un fundamento, una relevancia que, justa o no, era la que correspondía al momento presente. Con esa misma fé se rezaba el Ángelus o asistíamos al Mes de María.
A media mañana, con el recreo, tazón de leche en polvo y por la tarde trozo de mantequilla o de queso; todo ello procedente de la ayuda alimenticia con la que los americanos obsequiaban al pueblo español, previa instalación de sus Bases en nuestro territorio.
De todas formas en la casa de cada cual los padres, a favor o en contra del régimen dominante, ejercían la potestad de educar a sus hijos ensalzando o vilipendiando a los dirigentes y a todos aquellos que les apoyaban. Cualquier opinión era posible tras una guerra civil en la que familiares directos (padres, hijos y hermanos) se habían enfrentado con las armas, alguno de ellos finalizando la contienda en la cárcel o bajo tierra. Fueron años difíciles...

Cine Astoria. c/. Teatro, 1 - Cabanes.Hay una incógnita que todavía no he sabido descifrar, pero real como la vida misma. En los pueblos la gente, faltos de todo, apenas comiendo lo que cultivaban y poco más, pero...
¡Todos los domingos al cine!
Seguramente era una forma de escapar, un par de horas a la semana, de la cruda realidad que el día a día significaba.
Lo que el viento se llevó, Los diez mandamientos, El último cuplé, Las chicas de la Cruz roja, etc.
La sala tenía un aforo de mas de 500 butacas de platea y dos "gallineros" con unas 70/80 plazas cada uno. Todo era poco y el pasillo central y los dos laterales eran ocupados por una hilera de sillas que aumentaban la capacidad del local en otras 60/70 plazas más. Afortunadamente nunca pasó nada que obligara a un desalojo rápido ya que, de suceder, nadie sabe lo que hubiera podido pasar. Un desastre, sin duda.
Aunque había carteles con la prohibición de fumar, muchos hombres fumaban durante la proyección y nadie les recriminaba por ello. El lleno absoluto y esos cigarrillos permanentemente encendidos, provocaban una nube irrespirable que hacía saltar las lágrimas de muchos de los presentes. Esta circunstancia se solucionaba en verano con la apertura de las puertas laterales, pero en invierno...

A la salida del cine el Bar de Xulla, con una ventana en la barra que daba a la calle, la "tía Nieves" instaló una pequeña plancha eléctrica en la que ponía unos trocitos de sepia con la pretensión de que alguno de los viandantes entrara a su local para degustar tan exclusivos manjares. Era lugar de paso obligado a la salida del cine, independientemente del lugar en el que cada cual tenía su casa. Por toda la calle en cuestión se extendía el olorcillo de la sepia asada que hacía las delicias de los transeuntes. Habida cuenta la miseria general, alguno de ellos tomaba a mal el sistema de promoción, entendiéndolo como una provocación. Sea cual fuere la opinión de cada cual, es bien cierto que la gente marchaba para sus casas con la boca llena de saliva y preparado su aparato digestivo para trasegar lo que buenamente su mujer tuviera preparado de antemano; normalmente tortilla con patatas, sangre de cerdo con cebolla y también tomate frito con morcillas y longaniza, puesto que era domingo y la cena era especial. Pero hemos empezado la historia por el final y habremos de enmendar el error.

Tras una larga semana en la que todos los días, incluído el sábado, eran laborables llegaba el domingo y se agradecía. Todos nos levantábamos con otro ánimo. Normalmente no había desayuno en las casas pobres y por lo tanto, tras el lavado de cara de rigor, la primera comida era el almuerzo que consistía en un trozo de pan con lo que podías encontrar en la alacena, puesto que entonces tampoco había neveras: Tocino, membrillo, chocolate, etc.
Después, las mejores ropas y... ¡a misa de 10!
A la misa no podías fallar, puesto que el lunes el maestro preguntaba a los alumnos si habían asistido y los mismos compañeros eran los agentes de vigilancia que corroboraban la asistencia o la falta. El que fallaba, automáticamente se convertía en el último de la clase. Las misas de entonces eran largas puesto que, solo el sermón, duraba cerca de una hora.
Invariablemente, el comienzo era siempre el mismo.
-Amadísimos hermanos! -empezaba el mossén.
-En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos...! -y tras eso una hora de interminable perorata que tenía tres partes:
1ª).-Sermón sobre el evangelio de la jornada.
2ª).-Reprimenda a los feligreses por su escasa caridad.
3ª).-Peticiones económicas para causas interminables.

La suma de todo ello tenía un efecto analgésico extraordinario, capaz de dormir al más creyente de los feligreses, como así sucedía en algunos casos.
Pero el tiempo pasaba y, como uno iba cumpliendo años, lo que empezó como una obligación se convirtió en placer. Cumplidos los 14/15 años finalizaba la escuela obligatoria y la naturaleza iba despertando nuevas sensaciones y necesidades.
La misa ya no era una obligación, pero seguía siendo lugar de encuentro con los amigos y con las chicas de nuestro interés y tras ella, a la salida (no habiendo nadie que dispusiera de una sola peseta, puesto que el escaso "sueldo" que los padres nos daban era tras la comida) era costumbre el paseo con unos y otras. En nuestro caso por las afueras de la población, más concretamente la carretera de l'Arc, bajo cuyos puentes nos escondíamos todos para jugar "al cordellet". El juego consistía en unos trozos de cordel (tantos como parejas éramos) con un pequeño nudo en una de las puntas y que uno tenía cogidos por el centro. Los chicos elegían una punta con nudo y las chicas uno sin él. Al abrir la mano el que sujetaba los cordeles, chicos y chicas quedaban emparejados y podían besarse. Juegos (excusas) para realizar los primeros escarceos juveniles.

Claro que eso era a los 14 años, a los 16 las cosas cambiaron...
La mañana finalizaba pactando la casa donde acudir por la tarde para montar el tocadiscos y bailar un rato con ellas, tras lo cual todos nos íbamos a comer.
Por la tarde, después del ratito de "guateque", todos al cine; los más afortunados, podían incluso sentarse junto a la chica de sus sueños, lo cual era mucho en esos tiempos... A lo sumo, ¡quizás un beso furtivo...!
Todo candidez y hambre. De pan y de chicas.
Ya lo dijo Jesucristo...
¡No solo de pan vive el hombre...!

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