
Hemos de remontarnos 40 años atrás (1.970), aunque no recuerdo exactamente, cuando se cerró el Teatro-Cine Benavente de Cabanes. Un local fuera de lo común, para un pueblo que no llegaba a los 2.500 habitantes. En él se proyectaban las películas más actuales y a él acudían los mejores cantantes de la época. Cierto es que, con posterioridad a este cierre, siguieron celebrándose algunos acontecimientos esporádicos organizados por asociaciones locales, de tipo teatral o festivo-musical, pero se cerró la explotación económica del local y con él una etapa social de primer orden. La llegada de la televisión fué el mazazo que acabó con el cine en los pueblos y también en las ciudades. Los primeros años, debido a los altos precios que costaban los aparatos receptores fueron solo los bares quienes tenían televisor pero, pocos años después, ya se incorporó como un electrodoméstico más de las casas particulares. Una verdadera lástima.

La calidad de la película era importante sin duda, pero el lleno estaba igualmente garantizado si el argumento carecía de interés. Ir al cine, al menos los domingos, era un acontecimiento semanal de obligado cumplimiento como lo era también, a la salida de misa de 10, ir a ver "els cuadrets"; una especie de reportaje fotográfico que mostraba las características de la película que visionaríamos por la tarde.
La vida era entonces muy rutinaria; simplemente no había más. Y no habiendo otras posibilidades, no cabían variaciones, salvo quedarte en casa y eso...
Las mujeres, tras la comida dominical, recogían la mesa, fregaban los platos y preparaban la cena. Realizadas estas cotidianas labores se arreglaban con sus mejores galas y esperaban la hora del cine.
Los hombres, mientras tanto, tenían por costumbre jugar la partida de cartas con los compañeros en el bar o ir a ver el partido de futbol local. Todo estaba perfectamente cronometrado y hablado entre los diferentes organismos.

El tío Sentet "El Teulé" era el acomodador. Cortaba las entradas y si la película estaba ya empezada y la sala a oscuras, te indicaba el lugar aproximado donde pudieras encontrar asiento posible. Los niños no pagaban entrada y por consiguiente no podían ocupar butaca, por lo que inevitablemente tenian que sentarse sobre las rodillas de sus padres, lo que también controlaba el tío Sentet.

La chiquillería risas comentando los dibujos y Paulino (anterior a "Vicentica la Valenta") una en castellano y otra en valenciano, intentando colocar las últimas mercancías a la parroquia...
- "¡Rosquilletas! ¡cacaus y tramusos! ¡Limonadas fresques!".

La luz de proyección se enturbia por los muchos cigarrillos encendidos, algunos de tabaco "xurro" de olor insoportable. Los ojos empiezan a escocer, aunque (en invierno) se agradece el calorcillo que se disfruta debido al lleno obsoluto. De pronto..., una potente exclamación vibra en la sala.
- ¡¡¡ oooooooh !!! -se fué la luz...
El tío Sentet, pila en ristre, entra en el patio de butacas iluminando aquí y allá y calmando a los espectadores diciendo que solo han sido los fusibles y que se reparará en un momento. Unos minutos después nueva exclamación, ahora de júbilo...
- ¡¡¡ aaaaaah !!! -ha vuelto la luz y de inmediato empieza nuevamente la película... ¿Por donde íbamos? ¡Ah sí! El chico iba a besar a la chica y... ¡vaya! ahora están en la iglesia. ¿Qué nos habremos perdido...?

Los niños, en la falda de sus padres, como lata de sardinas.
- ¡Pare, ting pixera! -los niños, ya se sabe...
- ¡Pixa ahí mateig! -dedía la madre.
- ¡Sssssss! -siseos, de las filas vecinas.
El chorrito llegaba bajo la pantalla y se unía a los muchos otros que ya habían, formando un charquito mayor.
Unos minutos después llegaba el descanso y los hombres se levantaban siguiendo el ritual de salir a fumar un cigarrillo (estaba prohibido fumar en la sala, aunque pocos lo respetaban) y aprovechaban para comprar una gaseosa o una "paperina de cacaus y tramusos", para novias, mujeres y niños que todos devoraban después con deleite.
Paulino, finalizada la venta en el tenderete, hacía acto de presencia en el local con su bandeja de madera, que sujetaba con un cordel por detrás de la cabeza, repleta hasta los topes...
- ¡Rosquilletas, cacaus y tramusos, Limonadas fresques".

Y, como en los toros, la dificultad de hacer llegar los pedidos al centro de la fila de butacas...
Tras un descanso de 15 minutos, sonaba el timbre que anunciaba el reinicio de la película y se apagaba la luz, comenzando todos a disfrutar nuevamente de la sesión...
Los mayores de la película, los niños de tirarse cosas los unos a los otros y los jóvenes con novia, ya se sabe, a todo lo demás.
Desgraciadamente todo es historia, agua pasada que ya no mueve molino y que jamás volverá...
RAFAEL FABREGAT
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