Guillermo Gonzalez Camarena, es un mexicano al que le cabe el honor de ser el inventor de la televisión en color. Antes amigos, fotos, cine y televisión, todo era en blanco y negro. Muy triste, pero interesante el invento de la fotografía; poder tomar unas imágenes y guardarlas para siempre en el baúl de los más sorprendentes y queridos recuerdos de nuestra vida. Unos años después llegó el cine. Imágenes que se movían, pero también en blanco y negro y sin sonido (cine mudo). Pero la vida sigue y llegó el sonido en las pantallas de los cines, que suspendieron la necesidad de que un pianista ejecutara, bajo el telón e incluso detrás del mismo, una música que alegrara las imágenes que se podían ver en ese momento. Pero todo cambia y los inventos no pararon de llegar.
Un tiempo después llegó la televisión, o sea, poder ver películas o cosas que sucedían en otras partes del mundo, al momento y en tu propia casa, pero también en blanco y negro. Era irreal pero igualmente fascinante. La gente, con posibles o sin ellos, quería disfrutar de esos grandes inventos pero seguía acudiendo a los cines, puesto que allí ya había llegado el color y los empresarios mostraban al público un trailer y "cuadritos" de las próximas películas que se proyectarían en color, en aquellos cines que no querían quedarse atrás. Como todos podrán suponer, a pesar de la pobreza existente en una España de posguerra, al menos los domingos la gente acudía en masa a los cines de cada pueblo o ciudad. Se comía poco y mal, pero al cine nadie faltaba y las colas eran interminables, ya que los aparatos de TV solo estaban en los bares y en las casas más acomodadas.
Pocos años después llegó el color a los televisores, pero en programas puntuales. Los distribuidores de aparatos en blanco y negro hacían ofertas para sacarse de encima el stock de los antiguos aparatos diciendo que "era una locura, comprar un televisor en color (bastante más caro) cuando en color solo se emitían cuatro cosas puntuales, pero cuando los stocks de televisores en blanco y negro se terminaron, todo era vanagloriarse de la realidad de las imágenes en color. Los mandos de saturación de color se estropeaban algunas veces por el contínuo reajuste que había de hacerse según la emisión a visualizar. Un verdadero desastre pero tener un televisor en color era el no va más. Como todo en la vida, las primeras fotos en color levantaron comentarios, como después hiciera el cine sonoro y la televisión.
Cuando ya todas las opciones están a disposición de las multitudes, los cines cierran pues nunca paran de salir otros adelantos que son motivo de rechazo de lo antiguo y apetencia de la novedad, al precio que sea. Así somos los humanos, que nunca estamos contentos con nada y de eso se enriquecen inventores y fabricantes, siempre a la búsqueda y captura de novedades donde poder llenarse los bolsillos del vil metal. Hasta el punto de que en este momento, cuando la técnica ha alcanzado cotas inimaginables, se buscan y se pagan auténticas fortunas por una foto de "mal color", puesto que los defectos de aquel primitivo proceso, se ha convertido en obra de arte y motivo de coleccionismo por parte de aquellos que ya no saben en qué gastar su dinero. Los descendientes de aquellos que no sabían lo que merecía la pena fotografiar, reciben ahora cuantiosas ofertas por una foto mal coloreada, como algo histórico y sublime.
Ahora, en pleno siglo XXI, cuando todo está digitalizado y perfeccionado hasta la saciedad, no hace falta corregir nada pues todos los aparatos salen de fábrica con ajustes precisos que no hay que retocar en ninguna de sus funciones. Y con hasta 130 pulgadas, (3,30 m.). Para colmo de cosas, la industria digital ha evolucionado de tal manera que toda su producción goza de mecanismos de caducidad que impiden prácticamente la reparación, al hacer que uno nuevo y más perfeccionado cueste menos dinero que las piezas a sustituir en el viejo. En este momento y gracias a esas técnicas que los gobiernos permiten, ya nada se repara. Caundo un aparato electrónico se estropea, todos tenemos claro que no hay que buscar técnico alguno que lo repare. Al contado o a plazos, hay que comprar otro y ya está, en la seguridad que te traerán el nuevo aparato el mismo día. Cosas de la técnica y de la pillería que funciona en este momento de la Historia pero... ¿Se puede pedir más?. ¡Pues claro que sí, por pedir que no quede!.
Rafael Fabregat Condill
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