
En el colegio empezaba la jornada con breves saludos entre el alumnado, que finalizaban a toque de silbato.
Como si de cuartel de reclutas se tratara, tras las órdenes oportunas se ejecutaba una rápida y correcta formación de todos los presentes.
-Rápido... ¡A formar!
-Alinearse... ¡en fila de a tres!
-Firmes... ¡Ar!
-Izquierda... ¡Ar!
La bandera española, la de la Falange y la de los Requetés subían lentamente a sus respectivos mástiles, al tiempo que los alumnos, dirigidos por el profesorado, entonaban el himno de rigor...
¡Viva España!
alzad los brazos
hijos del pueblo español,

que vuelve a resurgir...
Gloria a la patria
que supo seguir
sobre el azul del mar
el caminar del sol.
¡Triunfa España!
los yunques y las ruedas
cantan al compás,
del himno de la fé...
Juntos con ellos
cantemos de pié,
la vida nueva y fuerte
de trabajo y paz.
¡España!.............. ¡Una!
¡España!...............¡Grande!
¡España!...............¡Libre!
¡Viva España!......¡Viva!
Y el maestro entonaba un himno nuevo, que los alumnos seguían con el mismo entusiasmo que el anterior...(?)
Cara al sol con la camisa nueva,
que tú bordaste rojo ayer...
etc., etc., etc.,
finalizando el maestro con el consabido...
¡Arriba España!
¡Viva Franco!

A media mañana, con el recreo, tazón de leche en polvo y por la tarde trozo de mantequilla o de queso; todo ello procedente de la ayuda alimenticia con la que los americanos obsequiaban al pueblo español, previa instalación de sus Bases en nuestro territorio.
De todas formas en la casa de cada cual los padres, a favor o en contra del régimen dominante, ejercían la potestad de educar a sus hijos ensalzando o vilipendiando a los dirigentes y a todos aquellos que les apoyaban. Cualquier opinión era posible tras una guerra civil en la que familiares directos (padres, hijos y hermanos) se habían enfrentado con las armas, alguno de ellos finalizando la contienda en la cárcel o bajo tierra. Fueron años difíciles...

¡Todos los domingos al cine!
Seguramente era una forma de escapar, un par de horas a la semana, de la cruda realidad que el día a día significaba.
Lo que el viento se llevó, Los diez mandamientos, El último cuplé, Las chicas de la Cruz roja, etc.
La sala tenía un aforo de mas de 500 butacas de platea y dos "gallineros" con unas 70/80 plazas cada uno. Todo era poco y el pasillo central y los dos laterales eran ocupados por una hilera de sillas que aumentaban la capacidad del local en otras 60/70 plazas más. Afortunadamente nunca pasó nada que obligara a un desalojo rápido ya que, de suceder, nadie sabe lo que hubiera podido pasar. Un desastre, sin duda.
Aunque había carteles con la prohibición de fumar, muchos hombres fumaban durante la proyección y nadie les recriminaba por ello. El lleno absoluto y esos cigarrillos permanentemente encendidos, provocaban una nube irrespirable que hacía saltar las lágrimas de muchos de los presentes. Esta circunstancia se solucionaba en verano con la apertura de las puertas laterales, pero en invierno...


Después, las mejores ropas y... ¡a misa de 10!
A la misa no podías fallar, puesto que el lunes el maestro preguntaba a los alumnos si habían asistido y los mismos compañeros eran los agentes de vigilancia que corroboraban la asistencia o la falta. El que fallaba, automáticamente se convertía en el último de la clase. Las misas de entonces eran largas puesto que, solo el sermón, duraba cerca de una hora.
Invariablemente, el comienzo era siempre el mismo.
-Amadísimos hermanos! -empezaba el mossén.
-En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos...! -y tras eso una hora de interminable perorata que tenía tres partes:
1ª).-Sermón sobre el evangelio de la jornada.
2ª).-Reprimenda a los feligreses por su escasa caridad.
3ª).-Peticiones económicas para causas interminables.

Pero el tiempo pasaba y, como uno iba cumpliendo años, lo que empezó como una obligación se convirtió en placer. Cumplidos los 14/15 años finalizaba la escuela obligatoria y la naturaleza iba despertando nuevas sensaciones y necesidades.
La misa ya no era una obligación, pero seguía siendo lugar de encuentro con los amigos y con las chicas de nuestro interés y tras ella, a la salida (no habiendo nadie que dispusiera de una sola peseta, puesto que el escaso "sueldo" que los padres nos daban era tras la comida) era costumbre el paseo con unos y otras. En nuestro caso por las afueras de la población, más concretamente la carretera de l'Arc, bajo cuyos puentes nos escondíamos todos para jugar "al cordellet". El juego consistía en unos trozos de cordel (tantos como parejas éramos) con un pequeño nudo en una de las puntas y que uno tenía cogidos por el centro. Los chicos elegían una punta con nudo y las chicas uno sin él. Al abrir la mano el que sujetaba los cordeles, chicos y chicas quedaban emparejados y podían besarse. Juegos (excusas) para realizar los primeros escarceos juveniles.

La mañana finalizaba pactando la casa donde acudir por la tarde para montar el tocadiscos y bailar un rato con ellas, tras lo cual todos nos íbamos a comer.
Por la tarde, después del ratito de "guateque", todos al cine; los más afortunados, podían incluso sentarse junto a la chica de sus sueños, lo cual era mucho en esos tiempos... A lo sumo, ¡quizás un beso furtivo...!
Todo candidez y hambre. De pan y de chicas.
Ya lo dijo Jesucristo...
¡No solo de pan vive el hombre...!
EL ÚLTIMO CONDILL
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