
El año 1867, en unas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en la región alemana de Renania-Palatinado, se descubrió la mansión de un noble romano y la tumba en la que descansaba con su esposa. Lo curioso es que no estaban solos, sino que habían sido enterrados con varias botellas de vino, aunque solo una había conseguido superar el paso del tiempo y la presión de la tierra que los cubría. Por los datos recogidos, se sabe que el enterramiento se produjo hacia el año 350 d.C., lo que viene a decirnos que la botella en cuestión llevaba casi 1.700 años esperando a que alguien la descorchara.
Dicha botella se ha hecho famosa por su antigüedad, que no por un sabor que nadie ha podido catar. Como era de esperar la "botella de vino de Espira", de (aprox.) 1,5 litros de capacidad, se encuentra expuesta en el Museo Histórico del Palatinado, en la ciudad alemana de Espira. Como cabía esperar, varios científicos han intentado obtener permiso para analizar su contenido, pero con resultado infructuoso. Lo único que se sabe es que el líquido es efectivamente vino, pero mezclado con miel y aceite. Parece ser que en aquellos tiempos, determinados tipos de vino se mejoraban con miel a fin de convertirlos en una especie de vino dulce que envejecían mediante cántaros o botellas añadiendo, previamente a su sellado, una ligera capa de aceite para protegerlo del contacto con el aire. Supongo que todos se quedarán con las ganas de analizarlo y más aún de probarlo. Desde luego hay opiniones para todos los gustos. Desde el que piensa que es tóxico y del que cree que puede estar bueno. Sin duda bueno no estará, pero tampoco hay ninguna razón para pensar que se haya convertido en veneno. Por cierto, el que al mundo vino y no bebe vino, ¿a qué vino...?
RAFAEL FABREGAT
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