El día 17 de Diciembre de 2025, se cumplieron 122 años de la gran hazaña de los hermanos Wright, al conseguir hacer volar el primer avión a motor, un hecho que dió inicio a la era de la aviación y que cambió el mundo para siempre. No había una muchedumbre viendo esta prueba en la que alguien arriesgaba su vida... Solo cinco testigos en aquella explanada inhóspita todos adheridos de frío, con una temperatura bajo cero y un viento helado que barría la mañana del día 17 de Diciembre de 1903. Eran las 10,30 horas en Carolina del Norte (EEUU), cuando presenciaron aquella inusual prueba, decisiva para la historia de la humanidad. Un rudimentario armazón de madera, con tela y cables al que acoplaron un pequeño motor y al que llamaron FLYER-1, se elevaba sobre las dunas de arena y tras unos segundos de controlado terror, depositaba a su único tripulante a 36,5 metros del lugar donde había despegado.
¿Ridículo?. Ni mucho menos. Toda una proeza que dió el primer paso a la llegada del transporte, que actualmente usan millones de personas cada día. El nuevo ingenio, obra de los hermanos Orville y Wilbur Wright se convertía ese día en la primera máquina motorizada que, siendo más pesada que el aire, conseguía volar. Hoy, 122 años después, la aviación ha cambiado la percepción del tiempo y las distancias, al trasladar diariamente a millones de personas a lo largo de todo el planeta. Tres días antes de aquel acontecimiento, el 14 de Diciembre los hermanos Wright lo tenían todo preparado pero la nave se estrelló, pero ellos, erre que erre, la volvieron a montar y el Flyer 1 despegó con éxito, aunque solo voló la mereciada distancia de 36,50 metros y con apenas un breve comentario en la prensa.
Naturalmente aquello no había hecho mas que empezar. Los creadores del invento ya habían practicado sus conocimientos aéreos con planeadores a fin de controlar el vuelo. Para que no pesara demasiado,la prueba se hizo con un motor de gasolina de 81 kilos y 12 caballos, situado en el ala derecha, y al lado del piloto, que controlaría la dirección con dos hélices movidas mediante una cadena de bicicleta, a pedal. Finalmente razonaron que un motor podía impulsarlos hacia delante y solo faltaba hacerlo ascender. El resultado fue el mencionado Flyer-1 de 12,30 metros de envergadura, madera de abeto, cables y tela que pesaba 340 kg.
Hacía falta un copiloto, pero la diferencia de peso era en principio un problema insalvable. De momento volaría solamente el piloto ya que lo de darle más potencia ya llegaría más adelante.
Una moneda al aire determinó quien de los dos hermanos se ponía al mando del aparato.
Fue Orville quién le tocó la suerte de ser el primer piloto de la Historia. Doce segundos más tarde, el mundo había cambiado. La nave se elevó 3 metros de altura y recorrió los mencionados 36,5 metros de distancia, ayudado por un viento de cola de 40 Km/hora, mientras su hermano Wilbur corría a su lado. Tras otras dos pruebsa Wilbur fue quien pilotó el aparato el cuarto y último vuelo de la jornada, manteniéndose 59 segundos en el aire y recorriendo 260 metros antes de caer al suelo. Faltaba práctica y rectificaciones aquí y allá pero, en secreto, las llevaron a cabo y con un coste de 1.000 dólares construyeron su Flyer-3, cuando ya habían estado en el aire casi una hora, con miles de espectadores. En 1908 sus aparatos ya podían trasnportar a dos personas y en 1909 el Ejército de los EEUU les adquirió un aparato que se convirtió en el primer avión militar.
Claro que no todo fueron facilidades. Les pusieron trabas para patentar el invento, mientras en el resto del mundo se copiaron las ideas que en principio todos rechazaban, por no reconocer que los propietarios de un taller de bicicletas habían podido resolver los problemas que permitieran hacer volar una nave en el aire. En pocos años fueron varios quienes crearon otros aparatos más modernos y sofisticados, pero poco o ningún agradecimiento a los verdaderos inventores. Los gerentes del Museo Smihsonian, de Washington, pretendieron comprar su primer aparato para exhibirlo, pero ambos hermanos se negaron a ello y lo mandaron al Museo de la Ciencia, de Londres, donde permaneció hasta la II Guerra Mundial. Finalmente en 1948 los hermanos autorizaron el regreso del aparato hasta el Museo Smithsonian de EEUU, a cambio de que se reconociese que ellos eran sus inventores.
Rafael Fabregat Condill
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