Su problema es que no pueden desplazarse pero así, sin moverse del sitio, van de caza con armas imbatibles. Para alimentarse no les basta con el alimento que la tierra les brinda, sino que adoptan estrategias para engañar a todos los insectos que se les acercan, sobre todo con dulces jugos que son al mismo tiempo pegamentos de los que el inocente animalito no se puede desprender. La Sarracenia enrolla sus hojas convirtiéndolas en recipientes perfumados y resbaladizos en los que caen todos aquellos insectos que se asoman al interior. Inmediatamente son digeridos. Plantas carnívoras las hay de muchas clases. Los Claveles de Aire (abajo) se fijan en la corteza de los árboles y se nutren a través de las hojas, absorbiendo la humedad y los nutrientes del aire.
Y es que no se puede ser goloso...! La mayoría de los insectos que mueren atrapados por las plantas carnívoras lo hacen justamente por eso; mueren pegados a la golosina que esas plantas les ofrecen como engaño. La perfumada y pringosa sustancia que crea la Drosera son una especie de bolitas situadas en la punta de sus pelillos, especie de chupa-chups que ofrece a todos cuantos pasen por allí. El resultado es que se quedan pegados a la propia comida que se les ofrece ya que, cuanto más se muevan intentando escapar, más pegados se quedan. Las Plantas Jarro también están simpre alerta, esperando que alguien se acerque En su interior el suculento néctar atrae a los insectos que caen en sus resbaladizas paredes, al tiempo que una tapa cierra la boca del jarro para que no puedan salir.
La Venus-atrapamoscas es incluso sibarita... No pierde el tiempo en mosquitos y pequeños insectos, sino que está especializada en moscas y mejor cuanto más grandes sean. Sus hojas está provistas de puas con pinchos suficientemente separados entre sí, para que los pequeños insectos puedan escapar. El esfuerzo de cerrar sus hojas en tres centésimas de segundo y de segregar la gran cantidad de jugos gástricos para disolver al visitante, no compensa lo suficiente si éste no tiene un tamaño que valga la pena. Así son de caprichosas algunas de esas plantas que se alimentan de proteínas animales y no del lecho del lugar donde habitan.
Las plantas carnívoras colonizaron, hace millones de años, espacios en los que todavía siguen viviendo. Y lo hicieron en sentido contrario a lo que es la evolución natural, es decir, que en lugar de ser comidas por los animales, fueron ellas las que se los comían a ellos.
Pero no queremos hablar solamente de plantas carnívoras, sino de la rareza de algunas otras. Por ejemplo el Garoe ó Arbol Fuente, que se encuentra abundantemente en las Islas Canarias y concretamente en La Gomera, siempre garantizó a los primitivos aborígenes el agua suficiente para sus necesidades. Durante doscientos días al año cubre las cumbres de esta isla un manto de nubes procedentes del Atlántico. Lo llaman la Lluvia Horizontal, principal fuente de la Laurisilva.
En ese bosque primitivo de la isla de La Gomera se encuentra el Parque Nacional de Garajonay, un territorio mayormente montañoso de escasa pluviosidad que, sin embargo, está siempre en constante humedad. La lluvia, si llega, siempre es bien recibida pero lo cierto es que no la necesita. En dicho bosque destaca el Til Canario ó Ocotea Foetens, una especie de árbol del laurel cuyas hojas verdes y alargadas capturan las gotas de niebla en suspensión que escurren hasta el suelo inundándose literalmente bajo su copa. Conocedores de este fenómeno, los primitivos guanches excavaban pequeños pozos al pié del árbol para disponer de forma permanente de agua, en unas islas de naturaleza árida.
Cosas raras de la sabia Naturaleza.
Rafael Fabregat Condill
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