20 de febrero de 2026

3333/0036- EL MONGE, UN BARCO ÚNICO.

 
No amigos. No es un barco de guerra y menos aún un barco-factoría, arrastreros que pescan y transforman lo que cogen, llevándolo a tierra prefectamente limpio y congelado, listo para vender su producto al mejor postor. No, no es eso. Se trata de una especie de Radar flotante, complemento de seguimiento de todo tipo de cohetes, satélites y vehículos espaciales ya que, siendo un control terrestre, no siempre se puede seguir la trayectoria y las necesidades de los viajes espaciales. Es por lo tanto un barco único en el mundo con este fin. Su potencia no está pues en su velocidad, que supera los 30 Km./hora, o en sus importantes dimensiones, sino en su capacidad de medición precisa y concreta del rumbo de posibles naves espaciales y también de misiles intercontinentales, si hubiera necesidad.


Este barco, de 230 metros de manga y 25 de eslora, pertenece a la Armada francesa pero no va cargado de armamento, aunque pudiera estarlo. Su misión, en tiempos de paz, es ser portador de todo tipo de radares, algunos de hasta 10 metros de diá
metro y 47 toneladas de peso, capaces de localizar blancos de 1m2. situados a 3.000 Km. de distancia y hasta una simple moneda a 500 Km. Esa es su potencia real, pero también la de detectar un posible misil nuclear, mucho antes de que éste llegue a su destino. Por lo tanto se dice que no es un barco de guerra, de momento, pero sí que es una pieza importante de defensa en el caso de conflicto bélico, ya que puede detectar de forma inmediata cualquier ataque aérero, sea cual sea su origen y destino. Una pequeña ciudad sobre el mar, siempre alerta.

  
Este buque francés A601 fué inaugurado oficilamente en 1992 en Santa Cruz de Tenerife, aunque construído en los astilleros franceses de St, Nazaire. Su función es la de seguimiento de la trayectoria de misiles balísticos, inteligencia de señales y apoyo de misiones espaciales. Es pues un impresionante laboratorio flotante, equipado y actualizado con los más potentes radares, ordenadores y avanzados sistemas electrónicos. Sobre todo, es una parte fundamental de la defensa gala y especialmente en la puesta a punto de su sistema de misiles nucleares. El vuelo de estos proyectiles se prueba con cierta frecuencia en el océno Atlántico, a fin de conseguir la precisión exacta del posible misil a impactar en el blanco imaginario.


Nada escapa a la vigilancia milimétrica de los radares del Monge. En el momento de que una nave es lanzada al espacio o un misil salga de su silo, los radares de este buque, único en el mundo, se ponen en acción para verificar su trayectoria, punto de impacto y estado de las cabezas, nucleares o no, de que sean portadores. Y lo más curioso es que, durante toda prueba que el Monge realice, el riesgo de ser detectado es mínimo, debido a las bajas frecuencias que los misiles emiten y al hecho de que están codificadas. Dicho barco está pintado de blanco y no gris como es lo habitual, a fin de evitar deformaciones en el casco, producidas por los rayos del sol que podrían dañar la perfección de la base en que sus radares están instalados. En su construcción nada quedó al azar.

Rafael Fabregat Condill

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