
¿Le parecen ingeniosas al lector estas afirmaciones?. Pues son más reales que la vida misma... Nunca hubo gente más limpia que un romano y así lo atestiguan las numerosas instalaciones de baños públicos encontrados en las ruinas de sus ciudades. No significa "públicos" que a dichas instalaciones pudiera acceder cualquiera, que también, sino que todos los que accedían compartían el lugar a la vista de los demás. Sin ningún pudor y sin mampara alguna que los separase a unos de otros.
Es como si se eliminaran los paneles divisorios de madera aglomerada que actualmente vemos en las áreas de servicio de cualquier autopista. Te impiden ver al vecino, pero no que te lleguen sus efluvios, cuando el susodicho se ha comido al día anterior una buena fabada con chorizo, morcilla y panceta adobada con pimentón de la Vera. ¡Vaya peste...!
Mientras defecaban, aquellas gentes no comentaban los goles del día anterior, porque el fútbol todavía no se había inventado, pero probablemente sí las carreras de cuadrigas y los cristianos que habían sido lanzados a los leones. Claro que lo más llamativo no era el hecho de gozar públicamente del alivio intestinal, sino de la forma de limpiar el trasero... A falta del papel que no tenían, aquellas gentes solían limpiarse con un palo a cuyo extremo había atado un trozo de tela, un trozo de piel de cordero con su lana, e incluso una esponja natural. Como se puede observar en la foto del párrafo anterior, delante suyo, enfrente de los asientos, corría un canalillo de agua salada donde los usuarios lavaban la suciedad de las esponjas tras su uso y las volvían a depositar en la vasija correspondiente para el siguiente usuario, porque las esponjas también eran públicas, no iba cada uno a llevársela de casa... ¿Extraño?. Pues no, para nada.
Volviendo a la "modernidad" de la España de1940-1960, las casas de la gente pudiente y los bares y tabernas entonces tan de moda, a falta de agua potable y alcantarillado, tenían retrete con fosa séptica que vaciaban una vez al mes y disfrutaban también de papel higiénico. Habían varias marcas: el elefante, la pantera, el oso, el coyote, etc. con la característica común de que la experiencia de su uso era para no olvidarse de por vida. Tenía dos caras bien diferenciadas... Una perfectamente lisa que no servía para nada y otra tan áspera que no era extraño que tuviera visibles astillas de la madera con la que se había fabricado. Antes de sentarse en la taza, o ponerse en cuclillas sobre las huellas de aquel plato infernal con agujero central y agua putrefacta a la vista, era obligado tomar del rollo el pedazo del rígido papel que iba a usarse y hacer una bola con el mismo a fin de crear una superficie rugosa que permitiera su uso.
El 1880 la empresa de Hnos. Scott empezaron a fabricar el papel higiénico enrollado, aunque rodeado de tabúes que impedían su exposición a la vista del público. No sería hasta 1935 cuando se comercializó un papel higiénico con la garantía de estar "libre de astillas", lo que nos demuestra las muchas impurezas que hasta entonces llevaba. Con la llegada de la modernidad de "los años 60" el papel higiénico pasó, de venderse disimuladamente en la trastienda de los comercios, a formar parte de pasarelas de moda y obras de arte. Después de más de un siglo de su invención, el papel higiénico ha entrado en el siglo XXI como la más suave de las caricias. Fabricado con pasta de celulosa de la más exquisita calidad ha sustituido incluso los paños de cocina, las servilletas, los pañuelos, compresas y muy especialmente pañales de niños y abuelos. Productos eficaces y económicos. Un gran invento, al alcance de todos...
RAFAEL FABREGAT
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