No son pocos los que sienten que la esperanza se apaga, ante la cita perdida...

Sin embargo, después de más de cien años desde la supuesta aparición, las cosas siguen como estaban. Aquellos creyentes que peregrinaron hacia los años 20 del siglo pasado ya murieron, pero sus sucesores siguen acudiendo a recoger las bolsas de alimentos que las diferentes ONGs reparten a los olvidados de Dios.
Es decir, que los pobres siguen siendo pobres y curiosamente siguen agradeciendo a la Virgen los alimentos que los menos pobres les dan. ¡Vaya incongruencia...! Las condiciones de vida no han mejorado para ellos y siguen viviendo de la caridad ajena, pero agradeciéndole a la Virgen lo que la gente corriente les da. No hay remedio para aquellos que todo lo fían a la gracia divina... Ya lo dice el refrán: "A Diós rogando pero con el mazo dando". En algunos países americanos, donde sigue el culto a lo divino, sus gentes enarbolan estampas y cruces al cielo invocando a Dios ayuda material y remedio a esta pandemia que nos acosa.
Los más fervorosos creyentes y aquellos que no lo somos tanto hubiéramos preferido que también este año 2020, se hubiera podido peregrinar a Fátima. En este ambiente social, tan diferente al que seguramente se vivió en 1917, los llamamientos a la conversión de Rusia y la lucha contra los virus infecciosos del cuerpo y el alma, suenan inocentes. Aún así y por la desesperación que a todos nos infunde este complicado momento económico y sanitario, hubiéramos querido ir a Fátima. No para ver cómo el sol hacer cabriolas en el cielo, sino para revivir aquel momento en el que aquellos niños entendieron haber visto cómo aquella mujer vestida de blanco, virgen o no, caminaba entre las encinas luchando por una libertad que sus mayores le negaban. Quien había de pensar que unos niños, que nada sabían de amores y odios, la interceptarían y usarían su presencia para fabricar vanas esperanzas para los olvidados de Dios y de la Justicia. Así somos y así nos va...
RAFAEL FABREGAT
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