
primer rey de Portugal, pero en los siglos siguientes los lazos matrimoniales entre los vástagos de ambos reinos abocó no pocas veces en disputas sobre la pertenencia de Portugal a unos y otros. Muy especialmente a la muerte de Fernando I de Portugal (1383) sin herederos varones y que abocó a una guerra civil que duró casi tres años y en cuyo periodo no hubo rey sentado en el trono.
Finalmente y gracias a su victoria en la Batalla de Aljubarrota, Juan de Avís, hijo bastardo de Pedro I de Portugal, ganaba el apoyo del pueblo y su boda con Felipa de Lancaster le proporcionaba el apoyo inglés que le afianzaba en el trono. Así de difíciles y así de sencillas eran las cosas en aquellos tiempos. Pero el tiempo uniría otra vez por medio del matrimonio los destinos de Portugal y España. Catalina de Austria, hija de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, nieta por tanto de los Reyes Católicos y hermana de Carlos I de España y V de Alemania se convirtió en reina consorte de Portugal al casarse con el rey Juan III y también su hija María Manuela se casaría con su primo Felipe II rey de España. Sin herederos varones que llegaran a gobernar y sintiéndose plenamente portuguesa, Catalina se opuso a la idea de la unión peninsular propuesta por su hermano Carlos I de España y defendió los derechos de su nieto Sebastián I, hijo póstumo de su hijo Juan Manuel y de la infanta Juana de Austria, actuando Catalina como regente. En 1578 y ya con 25 años, Sebastián I partió de Belem a la conquista de Fez con un minúsculo ejército que fue completamente derrotado en 1580 y el joven rey desaparecido en el campo de batalla. El rescate de los nobles supervivientes acabó con el tesoro de Portugal.
La leyenda dice que el cadáver del rey fue recuperado y llevado al monasterio de los Jerónimos de Belem, pero las décadas siguientes cuatro fueron los que reclamaron el trono de Portugal afirmando ser Sebastián I.
El último de ellos fue un italiano que fue ahorcado en 1619.
Otra vez sin descendientes, el trono fue ocupado por su tío-abuelo Enrique I que, también sin sucesor, dejó el trono portugués en manos del rey de España Felipe II, reinando en Portugal como Felipe I.
El 15 de Abril de 1581, la Península Ibérica quedaba, por fin, unificada otra vez en un solo reino que Felipe II gobernó desde Madrid.
Con Felipe IV en el trono se produciría la "Guerra de los treinta años" y en su desarrollo la independencia de Portugal.
Claro que, aprovechando la debilidad española, en Diciembre de 1640 la nobleza portuguesa proclamó rey de Portugal al duque de Braganza que subía al trono con el nombre de Juan IV, el cual firmó la paz con los holandeses y obtuvo el apoyo de Francia e Inglaterra, dando lugar a la Guerra de Restauración Portuguesa.
Finalmente sería Alfonso VI de Portugal quien en 1665 pondría fin a la unión de ambas coronas en la Batalla de Villaviciosa ganada ampliamente por los portugueses y que pondría las bases para la independencia definitiva que se reconocería tres años después mediante el Tratado de Lisboa de 1668.
Nacía el Portugal definitivo, el que todos conocemos, aunque en 1975 quedaría también sin colonias, poniendo punto y final al Imperio Portugués.
RAFAEL FABREGAT
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