
¡Viva Ud. muchos años para escuchar cosa semejante!.
Si no llegamos a vivir en el año 2.020 y tenemos televisores por toda la casa... ¡no nos enteramos!.
Menos mal por los ingleses, tan inteligentes ellos. Porque hay que reconocer la verdad, ¡esas cosas, a los españoles no se nos ocurren...!
Tuvo que ser un británico, Stephen Hawking y científico además, el que nos abriera los ojos.
Este sabio, premio Príncipe de Asturias 1.989, aseguró en el telediario del día 3 de Septiembre de 2.010 (una fecha a recordar) que ciencia y religión son incompatibles. Esta no fue una noticia cualquiera. Vino a ser como el descubrimiento de la penicilina... ¡O algo así!.
Los sacerdotes, ante las dificultades económicas y la imperiosa necesidad de aumentar la cantidad de bancos de las iglesias por la abrumadora avalancha de feligreses, ya no tuvieron que pensar en la ampliación del número de asientos puesto que se supone que, ante la noticia que llegó aquel día a todos los hogares del mundo, bajaría la asistencia a los actos religiosos.
Pero que nadie se asuste...
El susodicho Míster Hawking no solo fue un sabio, sino un listo además. ¡O quizás los editores, vamos!. Su anuncio (una falacia comercial) no era otra cosa más que la manera de promocionar, a través de tan polémica presentación, un libro. Un libro que, con toda seguridad, sería un best-seller. El gran diseño, título del libro que se puso a la venta la semana siguiente a este anuncio, fue escrito por Leonard Mlodinow y no sería de extrañar que dejara bastante cortas las expectativas de los lectores. Yo, desde luego, no lo compré.

Su planteamiento es la no necesidad de un Dios para que se creara la vida y el universo. ¡Vaya descubrimiento!. Nosotros la gente de a pie, profanos en toda matemática que exceda de la elementalmente necesaria para controlar nuestra escasa economía familiar, hace ya muchos años que tenemos esa creencia. Es más, lo de que el nacimiento de la vida puede ser una cuestión puramente física o química, lo tenemos asimilado desde muchos años atrás. Que esta creencia sea una certeza absoluta, no puede probarlo ni el célebre físico ni el más analfabeto de los mortales. Allá cada cual, pues, con su verdad.
El famoso astrofísico en este libro, de tan polémica como eficaz presentación comercial, no hace otra cosa que redundar en planteamientos teóricos tan antiguos como los de Charles Darwin que eliminaban la necesidad de un Dios en el campo de la biología y discrepa también con Isaac Newton haciendo incapié en la necesidad de un "Big-Bang" (la gran explosión) que formó el mundo y la no necesaria intervención de un Dios para crearlo. Una cuestión puramente física en la que una gran parte de la humanidad creemos, mucho antes de que los científicos apuntaran esa posibilidad.


¿En qué quedamos?.
Desde mi humilde punto de vista, todo esto son paparruchas... Y si estos libros tienen el éxito que tienen, es justamente por el tema que tratan, no por la calidad del escritor, ni por la fiabilidad del científico que no hace más que expresar ideas ya de todos conocidas y que nadie ha probado ni podrá probar jamás. Solo hay que mirar estas fotografías para poder opinar con garantía de no equivocarnos que ni el más sabio de los humanos sabe apenas nada, ni nadie sabrá (jamás) ni la millonésima parte de los misterios que el Universo encierra. Es algo que nos supera.
El Universo es algo tan espectacular que nadie podrá investigarlo jamás en su totalidad. Ante tal grandiosidad solo caben dos posibilidades: creer en Dios o no creer en nada. Como hasta el más inteligente de los sabios, es apenas un grano de arena en el desierto de la sabiduría.
Solo hay que mirar al cielo para eliminar la segunda posibilidad, los humanos que tenemos la fea costumbre de querer dar explicaciones a todo, solo con la existencia de un Dios creador podemos justificar la vista que el cielo nos ofrece.
Yo, para dar una imagen más próxima y familiar, cierro la entrada con una imagen de la luna. Algo conocido por todos. Pero, para que el lector tenga una vaga idea de la grandiosidad del Universo, hay que recordar que (a la velocidad de la luz) a la luna se llega en 1,3 segundos, mientras que la galaxia más lejana descubierta (IOK-1) está situada a 12.800 años luz, es decir que, en el hipotético caso de que esta galaxia se desintegrara en su totalidad y desapareciera en este mismo instante, nosotros seguiríamos viéndola durante casi trece mil años más. ¿Alguien puede comprender datos de esta magnitud?. Desde un punto de vista científico, es todo una cuestión física y la existencia de un Dios creador no tiene cabida pero... ¿esto no lo sabíamos ya?. Como en tantas cosas de la vida, que cada cual saque sus propias conclusiones.
RAFAEL FABREGAT
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