
Doce, catorce, dieciséis años...
En aquellos tiempos de sobras de nada y escasez de todo, siempre sin una peseta en el bolsillo, tener un amigo y confidente, disponible las veinticuatro horas del día, era importante y tenerlo siempre localizable aún lo era más.
En los "años 60", tan diferentes a los de hoy, en caso de "emergencia" un amigo cualquiera podía ser localizado o no, dependiendo de un montón de factores y según fuera la época del año. Entonces no era como ahora y viviendo todos de la agricultura, en el caso de haber finalizado ya el periodo escolar, podía estar en su casa mirando las musarañas o en el campo ayudando a sus padres, más fácilmente lo segundo. En época de cosechas, todos ayudábamos y por lo tanto en horario laboral (que era de sol a sol) aquel compañero al que necesitabas consultar de manera urgente, no habiéndose inventado todavía el teléfono móvil, estaba "desaparecido" hasta el final de la jornada.

Total que cuando el afligido, normalmente por problemas de amor, necesitaba descansar sus penas en alguien, el amigo ni estaba disponible ni tenía ganas de estarlo. ¡Cada palo que aguante su vela...! El "problemón" que corroía las entrañas del desocupado de turno, no podía entender que teniendo un montón de amigos, nadie estuviera dispuesto a echarle una mano, unas simples palabras de ánimo que le reconfortaran y le aliviaran de la pesadilla de un amor, posiblemente no correspondido.
En ese estado de cosas era cuando el amigo Rafael, siempre localizable y disponible, entraba en juego hasta el punto de que para los jóvenes de mi edad (alguna quinta por arriba y algunas más por debajo de la mía) yo era su apoyo y consuelo, tanto para chicos como para chicas.
Trabajando en el taller de escobas de mi padre, era prácticamente el único amigo al que encontrar a cualquier hora del día y todos los días del año. Un verdadero consuelo para muchos, que bien que se olvidaron cuando fui yo quien les necesité...

- Rafael... es que volie preguntar-te... Per què és que fulanita... Tu saps si...?
Pero no solo los chicos, no. Ahí estaba el meollo del asunto... ¡Las chicas también!.
Y mi padre, ya se sabe...
- Recollons...! Sempre amb bobades i faena poca! -refunfuñaba enfadado.
- Pare... ¿i que tinc que fer si venen a preguntar-me coses? -decía yo cabizbajo.
- Pues enviar-los a fer la mà, redeu! -afirmaba en tono áspero.
- Tots els dies quaranta visites i el montó de graneres sempre está igual... ¡malfaeners!.
- No fases cas, -le decía yo al "paciente" de turno.
- Que volies?
- És que... fulanita em va dir que... però resulte que...
- Me cague amb el copón! -explotaba mi padre.
- S'ha acabat... tots cap a sa casa!.
Pero todavía no había pasado ni una hora otros asomaban por la puerta.
José quería a María, María a Juan, Juan a Tere y Tere a José. Había que intercambiar el interés de unos y otros y se organizaban guateques y encuentros entre las partes, así como algún intercambio de cartas, para lo cual me cabía también el empleo de cartero.

No era una vocación por mi parte, lo digo de verdad, pero yo era la persona más accesible y la "puta" que nunca sabía decir que no, a nada. ¡Qué le vamos a hacer!. Mi persona y mi taller, mejor dicho el de mi padre, siempre estaban disponibles para todos y ello conllevaba el favor de todos hacia mi persona. Ese era pago más que suficiente para mí.

La primera cita y una de las más importantes del año, a la que acudían jóvenes de hasta dos o tres años mayores que yo y también un par de años por debajo, era el Viernes Santo. Fiesta de obligado "guardar" en la que se cerraban bares y tabernas y todos, especialmente la juventud, no sabía a donde ir ni de que manera pasar la tarde-noche.
Se imponía pues la compra de comida y bebida para acudir al "taller del Condill", donde hacer una primera picada a última hora de la tarde y posteriormente merienda-cena.
Se miraban bolsillos y se reunían los dineros ¿suficientes?.
Lo más abundante, por lo barato, era el vino. Muchas cosas más tampoco se acostumbraban a beber entonces por parte de la juventud pero, si había alguna caja de pastas, era obligada también alguna botellita de coñac o licor. Se compraban pues unas hogazas de pan, conserva, algún fiambre y (sobre todo) una garrafa de vino e incluso unas galletas para completar la fiesta.

Aprovechando que era bastante habitual la compra a particulares de algún garbón de palma recogido de sus fincas y disponiendo por lo tanto en el taller de la consiguiente "romana", era también bastante habitual (por lo festivo) el pesaje de los asistentes, naturalmente desnudos. En cierta ocasión, ya Septiembre, estando el taller junto a la misma carretera pero sin tráfico ninguno, especialmente por ser ya de madrugada, viéndonos a todos desnudos y estando en pleno pesaje del amigo "Fransuà", que por cierto pesó 106 kilos en limpio, es decir, sin ropa alguna... un camión paró.

comprador más importante y moderno de Cabanes puesto que ya contaba con báscula para pesar el carro completo con animal incluido...!
Esta báscula y punto de compra de uva estaba situada en el solar adyacente a la Central Telefónica local, junto a las "Escuelas viejas" y haciendo esquina a las tres calles. Aún hoy se pueden observar restos del hormigonado para vaciar la uva y la "piqueta" que recogía el mosto que iba soltándose de los racimos.
Un poco más arriba, en la misma calle, cuatro casas más arriba de la vivienda de Bernardino Marqués, tenía también punto de compra de uva, con peso de báscula normal y pesaje por cajas o "paneras", Manuel el Peraire, padre de Maira, ésta era componente también de la pandilla de Mari Lupe, Celia, Mª Pilar la Facunda, Angelita la del Escolà, etc. algunas de ellas "clientas" del consultorio aludido en un principio.
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Nosotros, muertos de miedo, procedimos a vestirnos rápidamente pero la fiesta continuó. Naturalmente, Herminio no fue al cuartel pero, a la llegada al "pes de Falomí" comentó con todos los allí presentes lo que acababa de ver y al día siguiente fuimos la comidilla de todo el pueblo. Reuniones como esa se realizaban varias, la más especial y multitudinaria la correspondiente al Viernes Santo de cada año, por lo que esa fecha estaba ya señalada en el "calendario" de la juventud de entonces. No es que fuera una gran cantidad de gente, que tampoco hubiera cabido, pero éramos lo más "selecto" (!) de la juventud local. Toda mi pandilla y lo más especial de cada una de las demás... Siendo complicado (y caro) el tema de las cenas, mayormente se trataba de gastar el dinero reunido en vino, cacahuetes y altramuces, por ese orden. Cuando uno es joven no son necesarios muchos manjares.
¡Eran tan pocas las posibilidades de entonces...!
RAFAEL FABREGAT
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