Algún lector joven se preguntará qué es, quien lo tiene y cómo se consigue... ¡Tranquilo, ya lo decubrirás con el tiempo!. Es el estado biológico que impulsa a todos los animales de nuestro mundo a aparearse, con la diferencia de que, mientras el resto de animales solo buscan perpetuarse, los humanos también lo hacemos por amor y el consiguiente placer del acto sexual. Para nosotros el acto sexual es algo más complejo, puesto que trasciende lo biológico y se vincula con la afectividad a la pareja y a la comunicación con la otra parte. No es hacer por hacer, como en el caso animal, sino que va más allá, a la búsqueda del placer común. Téngase en cuenta que si hacer el amor fuera algo desagradable, ya habríamos desaparecido como especie. Nuestro cerebro necesita el placer y es por tanto el que controla nuestro deseo.
El entorno favorece sin duda nuestro deseo, pero sin duda alguna es nuestra salud corporal y sensorial la que provoca nuestra apetencia sexual. La juventud es primordial pero también la novedad y el entorno. Tras esa primera sensación se despierta la fantasía de crear el estímulo suficiente para hacer atractivo el hecho de practicar sexo con la otra persona. En ese momento nadie piensa en perpetuarse, sino en estallar de placer con la persona amada. El estado de ánimo, la calidad del vínculo con la pareja y las experiencias previas juegan un papel fundamental para que ese impulso inicial se desarrolle al máximo o que se inhiba. Porque en principio solo se trata de un deseo espontáneo, que surge de forma interna, pero cualquier estímulo (un beso, una caricia, o el propio ambiente del lugar) hace que se dispare el deseo.
Por el contrario, como sea que el impulso sexual es dinámico, puede fluctuar a lo largo de los años y también por causas de salud, estrés, ansiedad y cualquier problema puntual del día a día. También puede suceder que, en determinadas personas o épocas de la vida, el deseo sexual se vuelva incontrolable, incluso obsesivo. Sucede ésto por cuestiones mentales, como forma de evadirse de un malestar emocional que solo puede resolverse psicológicamente. Como cualquier motivo de salud, debe abordarse en comunicación abierta de la pareja que conduzca a hábitos normales y saludables que lleven a un sexo equilibrado y pleno. Pero la vida a veces es complicada y teniendo los dos ganas, el deseo sexual se sofoca por el despertador, los niños que están a punto de despertarse, o el perro que ladra pidiendo su paseo matutino.
Es posible que por la noche al acostarse pueda retomarse ese impulso matutino que ha quedado pendiente, ¡se duerme tan bién después...!. Nos preguntamos qué sería de nosotros sin esos momentos tan placenteros para el ser humano. Pues nada, sin duda no estaríamos aquí. El impulso sexual es sencillamente el desencadenante del imparable crecimiento de nuestra especie. Sin duda alguna pocas veces se piensa en tener sexo para crear otra vida. Más bien al contrario, es la vida la que llega con la simple búsqueda del amor y el placer de la pareja. Nuestro deseo sexual se transmite genéticamente, por lo que si la pareja tiene un fuerte impulso sexual, también sus hijos lo heredarán. El sexo es divertido porque nuestras neuronas así lo piden y solo se satisfacen con el placer que consiguen. Y lo más importante... ¡Como cualquiera de las piezas de un motor, si no se utiliza, se oxida!.
Rafael Fabregat Condill
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