
Estudios al respecto indican que debe empezarse a edad temprana, puesto que es justamente en la primera etapa de la vida de una persona, cuando el cerebro es tierra fértil que todo lo admite y desarrolla.
La religión, siempre unida al poder, es la primera de las asignaturas que éste siembra y cuyos frutos cosecha agradecido.
Para quienes manejan los hilos, nada hay tan importante como la religión, puesto que la cosecha es la futura mansedumbre de la ciudadanía. Una mansedumbre voluntaria, basada en el miedo al más allá, no impuesta por un miedo al presente, que en algún momento podría disminuir.

Siempre unido al poder, el hechicero era el consejero del rey en todas las cuestiones de gobierno y control. Influía directamente en todas las decisiones y su voluntad era ley, no aprobándose nada sin su consentimiento.
Los jefes de la tribu le consultaban todo y le agradecían cuantas plegarias y hechizos pudiera hacer en su favor y en el del colectivo.
Como en las religiones actuales, el hechicero era el representante de los dioses en la tierra y el que contactaba con ellos para implorar agua en tiempos de sequía o control de las inundaciones. Él ruega por la salud de las gentes y pide por una caza y cosecha abundantes o la victoria en la guerra.
En contrapartida las gentes le aportan los mejores frutos y las mejores piezas de caza, con un respeto igual o superior al que se le otorga al jefe del poblado.
Los pueblos tribales espiritualmente se sienten indefensos sin la intercesión de este personaje que les protege, que es quien implora por ellos al más allá. El hechicero, en contacto con dios, no solo vela por el alma si no también por el cuerpo y se convierte en adivino y curandero.

En demasiados casos, es el miedo al presente el que obliga al pueblo a implorar por el futuro. Es el miedo a la tierra, el que obliga a mirar al cielo.
Las religiones que cuentan con mayor cantidad de fieles son el cristianismo y el islamismo. Normalmente todas han tenido numerosos episodios de propagación forzosa, en nombre de la fe. Contra lo que podría pensarse, la lucha por conquistar nuevas almas no ha finalizado. Aún hoy se sigue luchando por la expansión del cristianismo y especialmente del islam, que lucha denonadamente por ampliar su cobertura en el mundo. Una ampliación no siempre voluntaria que, como se ha dicho antes, en muchos casos obedece al miedo terrenal y no al divino.

El sacerdote ya no es amigo y consejero del feligrés, si no que se ha vuelto prepotente y distante. Su palabra ya no es el consejo de quien vela por tus intereses, si no la imposición intransigente de quien se cree único poseedor de la verdad, aunque él no la practique en la mayoría de los casos.


Pueden ser muchos los factores pero, entre los más importantes, podemos seguramente anotar los muchos escándalos de abusos sexuales a menores y el férreo comportamiento de la Iglesia en tiempos tan democráticos como los actuales. Solo abriéndose al mundo, podrá la Iglesia volver al esplendor de tiempos pasados. El acercamiento es la única posibilidad de una religión actualmente anclada al pasado; pero no solamente el acercamiento al creyente, si no también en el seno del sacerdocio. El párroco de cada una de las iglesias católicas debe ser el primero en creer lo que predica y ello solo será posible cuando la libertad sea palpable entre sus miembros.

Mientras el Cristianismo vacila, el Islam se hace más ambicioso y robusto. Ya son más de 20 millones (5%) los europeos que se identifican como musulmanes. Si la tendencia actual continúa, se estima que hacia el 2.030 serán el 15%, pudiendo llegar a una mayoría absoluta en cuestión de décadas. Si nadie lo remedia, en un futuro relativamente próximo, las magníficas catedrales podrían nuevamente convertirse en mezquitas.
Esta predicción no es nueva ni catastrofista, sino el resultado del descontrol de la inmigración y de la relajación de la Iglesia Católica. Para evitarlo Iglesia y Poder son los que, como principales interesados, deben poner los medios para frenar el avance de una realidad temida y perfectamente identificada. Nosotros, la gente corriente, somos meros espectadores de una función en la que no tenemos papel asignado. Sin embargo, no deben olvidar que somos uno de los tres pilares que pueden influir en la corrección.
Aparte de los cambios que la Iglesia puede propugnar para el resurgimiento de la fe y de los cambios políticos que los gobiernos adopten en materia de inmigración, un aumento de hijos en las familias cristianas podría y mucho ayudar a inclinar la balanza. De hecho, ese es uno de los factores que actualmente la inclinan en negativo.
RAFAEL FABREGAT
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