
Los vestigios más antiguos se encontraron entre los estados de Veracruz y Tabasco, pero se saben extendidos por toda Mesoamérica. Eran los tatarabuelos de los Olmecas, un pueblo que brillaría hacia el 1.500 a.C. y que ya dominaba la medición lunar, la solar y la espacial. Los 260 días de lunaciones, los 365 días anuales y los 52 años como movimiento de la Tierra alrededor de Las Pléyades. En su cultura se basaron los constructores de las pirámides, plazas y templos, determinando los cuatro puntos cardinales.
Fueron sus sucesores, los Olmecas, quienes sintetizaron los 4.500 años de cultura anterior a su tiempo, dando paso a la llamada cultura Olmeca primero y a la Tolteca después.
La civilización de este pueblo llegó a tal punto de sabiduría que no se registró guerra ni sacrificio humano alguno en un periodo de más de mil años. Cada cual desempeñaba su oficio y vivía holgadamente de su trabajo, sin necesidad alguna de meterse en la vida de los demás. Agricultores, ganaderos, escribanos, pintores, carpinteros, alfareros... Como en cualquier momento de la humanidad, todos eran necesarios y ninguno imprescindible. Sus hijos, aunque no era ni mucho menos obligado, solían seguir el oficio de sus padres y las generaciones se sucedían sin mayor problema.

Con esta base de igualdad de oportunidades, todas sus obras monumentales fueron perfectas, bien planificadas y espléndidamente ejecutadas.
Gente experimentada que, conocedores de la brevedad de nuestro paso por el mundo, hablaba a su propio corazón y era ecuánime en su manera de actuar con el prójimo. Una perfección jamás conocida antes, ni repetida después.
Se conoció a esa época como la Era de Quetzalcóatl. En su época de mayor esplendor, estos conocimientos propios de los Toltecas llegaron a todos los confines del Anáhuac y de ahí su influencia en la cultura Zapoteca o incluso en la Maya. Su centro espiritual fue Teotihuacán.
RAFAEL FABREGAT
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