11 de julio de 2015

1822- EL CUARTEL VELL DE CABANES.

A finales del siglo XIX y principios del XX el medio rural español sufría de cosechas más bien escasas y esa escasez se traducía en hambre para muchos y abundancia para pocos. Claro que siempre fue así. Con buena parte de la tierra en manos de los Ayuntamientos o de la Iglesia, la "Amortización de Mendizábal" de mediados del siglo XIX propició la adjudicación de esos bienes en manos de las familias pudientes que controlaban las concejalías de cada localidad. Como siempre sucede, los ricos más ricos y los pobres más pobres. Una parte del "Prat de Cabanes", zona pública de marismas costeras, fue aprovechada para la siembra de arroz y de cáñamo. Una forma de dar solución a varios problemas de pobreza.


El arroz era importante para el sustento diario de muchos y el cáñamo servía para la confección de alpargatas y diferentes usos agrícolas. Esta planta se haría popular décadas después como alucinógeno y con el nombre de marihuana.
Lo que mucha gente no sabe es que "el cuartel vell" (cuartel viejo) no era el viejo, sino el nuevo y es que la costa de Cabanes tenía dos cuarteles de carabineros en aquellos tiempos de poca comida y mucho contrabando. Fundada esta fuerza de vigilancia en 1829 por Fernando VII de Borbón, el cuartel del poblado marinero de Torre la Sal fue levantado en la segunda mitad del siglo XIX y albergando solo a cuatro números de la Guardia Civil con sus correspondientes familias. 


Aquel primer cuartel de carabineros cumplió con su cometido de vigilancia costera pero pronto se demostró insuficiente y, en lugar de ampliarlo, se consideró más interesante levantar otro nuevo en la playa norte de Cabanes, aledaña al término municipal de la vecina localidad de Torreblanca. 
Esta nueva Casa-cuartel, construída con prisas y escaso presupuesto, se levantó hacia 1920 y se ocupó rápidamente esta vez con seis guardias y sus familias. La construcción quiso ser robusta y se realizó esta vez con hormigón armado. 
Sobre una plataforma de hormigón, situada a un centenar de metros de donde rompían las olas, se levantó el nuevo cuartel también con bloques macizos del mismo material que podía parecer eterno pero no lo era.
El salitre marino no casa bien con el hierro de los forjados y menos aún cuando éstos se fabrican con arena de mar. Prontamente el hierro se oxidó y también los bloques de arena de playa se desmenuzaron con el viento o las embestidas del oleaje en días de temporal. 
Más pronto que tarde el nuevo Cuartel de Carabineros se agrietó, se hizo viejo antes de tiempo y amenazando ruína hubo de ser desalojado pocas décadas después. Deshabitado y sin que nadie hiciera nada por su recuperación, pronto adoptaría el nombre de viejo (vell) cuando en realidad era el último construido. La marisma y zonas pantanosas del Prat de Cabanes quedaron desiertas, solo vigiladas por los guardias del Cuartel de la Torre de la Sal que permanecieron allí hasta la década de 1960.
Para entonces ya hacía varias décadas que se habían abandonado los campos de arroz y de cáñamo. Desaparecida la actividad contrabandista en nuestro litoral castellonense, también los últimos Carabineros desaparecieron, jubilados por la modernidad. Empezó la moda de los baños de sol y playa, prácticamente inexistente hasta entonces y la Playa del Cuartel Vell gozó durante algunas décadas de gran actividad y presencia de familias, al ofrecer aguas más limpias que las de Torre de la Sal. Sin actividad urbanística y con la única silueta del viejo cuartel desvencijado por los vientos marinos, todos los domingos del verano aquella playa bullía de actividad entre los autóctonos. Hoy el mar ha salido hacia afuera y el agua golpea los pocos restos del Cuartel Vell que quedan en pie.


Aquel ambiente familiar tendría corta duración. El Prat de Cabanes fue convertido en Paraje Natural Protegido. La primera medida fue no arreglar el camino de acceso a la Playa del Cuartel Vell pero, ante el insistente paso de las gentes a pesar de estar el camino lleno de baches, los encargados del Paraje pusieron una cadena al inicio del mismo para impedir el paso. Muchos vecinos de la zona dejaron de ir a esa playa maldita, otros arrancaron las cadenas y siguieron acudiendo a una zona pública al fin y al cabo. Pronto el ambiente se enrareció ante la presencia de algunos nudistas, gays la mayoría de ellos, que llevaban a cabo algunas acciones no aptas para ser vistas por los menores.


Los encargados del Parque Natural no volvieron a colocar las cadenas puesto que las familias de Cabanes y de La Ribera dejaron de ir. Por contra aumentó la presencia de nudistas, tomando posesión de esta playa hasta entonces familiar, limpia y maravillosa. A estos parajes abandonados de la mano de Dios, se les llama vírgenes, pero allí de virgen no va ninguna. Desde entonces, ya no es lugar donde se acepte la presencia de gays y nudistas, sino que es esa la única actividad allí presente. Las familias estorbaban a los reptiles y a las aves que anidan en tan bello lugar, pero mucho más a los vigilantes del Paraje o a sus jefes a quienes, por lo visto, los actuales usuarios de la Playa del Cuartel Vell les son más afines.

RAFAEL FABREGAT

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