6 de noviembre de 2012

0836- LA ENVIDIA, PECADO CAPITAL.

El poder de la envidia es grande y conocido desde antiguo. Tanto es así que nuestros padres siempre nos han enseñado que, para evitarla, en esta vida es mejor pasar desapercibido. Sin embargo esto siempre indica mediocridad. La contrapartida se dice que "mejor que hablen de uno, aunque sea mal". Lamentable que así sea, pero así es. La grandeza inspira envidia, la envidia engendra rencor y el rencor genera el odio y la mentira. La humanidad hace ostentación de su riqueza y de sus pasiones, aunque éstas sean deleznables, sin embargo siempre niega la envidia porque ésta es una pasión cobarde y vergonzosa. Sin embargo, por muy molesta que sea, que nadie lamente despertar envidias puesto que hacerlo es demostrar que se es afortunado. ¿Qué sería un rico, sin la envidia de los demás?. Automáticamente dejaría de ser rico, para convertirse en una persona con dinero. Algo muy, muy inferior... 


Los envidiosos muestran constantemente su desdicha y su aburrimiento pero, siendo como es un sentimiento, ¿qué pueden hacer ellos por cambiar las cosas?. Sencillamente, nada. Además de ser uno de los pecados capitales dentro de la concepción cristiana, la envidia es un sentimiento que algunas personas no pueden evitar y que tan solo sirve para carcomer los sentimientos de aquellos que la padecen. Para colmo de males la envidia es también uno de los vicios peor vistos por la sociedad, pues constantemente arrancan comentarios del interfecto que carecen de todo sentido y razón. No es ni mucho menos saludable el hecho de no reconocer el mérito ajeno, o el querer para sí lo que tienen otros. A quienes les asaltan tales pensamientos, solo la desgracia tienen como meta de su vida. ¿No es mejor vivir con humildad y con el reconocimiento de que no todos tenemos la misma capacidad ni las mismas posibilidades?. ¿Adelantamos algo mostrándonos envidiosos con el éxito ajeno?.


Si el envidioso recapacitara de su actitud, indudablemente cambiaría totalmente su forma de pensar o (al menos) de mostrarse ante los demás. La explicación es sencilla. La envidia fastidia al envidioso y ensalza y engrandece al envidiado. Al igual que la riqueza, la envidia es una especie de bola de nieve que hace grande justamente aquel que la padece. ¿Quién sería rico, si no hubiera pobres?. Nadie ¿verdad?, pues esto es lo mismo. La Real Academia Española de la Lengua, define la envidia como: Sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene otro, bien se trate de cualidades o de bienes materiales. La medicina mira a la envidia aguda como un trastorno psiquiátrico a tratar. Cuando una persona deja de vivir su vida, por estar obsesionada con la vida de los demás y siente agobio por los éxitos de otros, además de mostrar graves síntomas de inferioridad demuestra estar psiquiátricamente enferma. 


Por encima de todo, la persona envidiosa no se siente especialmente atraída por aquello que tienen los demás, sino por la felicidad que éstos puedan alcanzar con el disfrute de los elementos de los que ella carece. No se trata pues de bienes materiales, sino de resentimiento. Lo que el envidioso pretende no es mejorar para situarse a tu nivel, sino que a ti te vaya mal para que bajes al suyo. Con esta acepción, lo envidiado no es un bien material, sino la felicidad de los demás. Al sentimiento de desagrado por no poseer determinada cosa que tienen los demás, se suma pues el deseo de privar de ese algo a quien lo posee. Dado que la mayor parte de las veces se habla de un sentimiento (felicidad) y no de algo material, se trata pues de envenenar el ambiente para que tal felicidad disminuya en los demás. Para ello el envidioso no tiene otras armas que sembrar dudas o mentiras que enrarezcan el ambiente agradable que el envidiado disfruta. 


Cualquiera que sea el caso, la envidia no produce jamás nada positivo en quien la padece, sino una amargura insalvable que solo sabe aliviar procurando restar felicidad a la persona envidiada. De sentimientos tan mezquinos surgen las maledicencias, las más abiertas mentiras y las delaciones infundadas, cuyo objetivo es hacer caer al oponente del pedestal imaginario de estas mentes retorcidas. Desde el punto de vista religioso la envidia se considera un pecado capital porque éste origina otros pecados o vicios y rompe con el amor a los demás. Dante Alighieri decía que "la envidia es el  amor a los propios bienes, pervertido al deseo de privar a los demás de los suyos". En la Edad Media se decía que el castigo para el envidioso debería ser cerrarle los ojos y cosérselos, puesto que el mayor placer de ojos tan pecadores había sido el ver caer a los demás... Un castigo demasiado duro, pero de correcta valoración. No creo necesario tal castigo puesto que dichos personajes llevan en su infelicidad su penitencia.


El envidioso acosador padece un sentimiento de inferioridad que intenta compensar mediante un complejo de superioridad que supere esa carencia. Esta ficticia superioridad hace que imagine valores y atributos que en realidad no posee y que niega en los demás de forma defensiva. Cuando en su entorno surge una persona que sí los posee, supone para el envidioso un choque con la realidad difícil de aceptar. Su primer sentimiento es negar esa realidad, eliminando esa fuente disonante y desarrollando su psicoterror contra el sujeto desencadenante. El objetivo es siempre hacer desaparecer a la víctima pues las capacidades de éste desestabilizan sus sentimientos y hacen peligrar las metas propuestas. Los griegos divinizaron la envidia y la presentaron con la cabeza ceñida de culebras y ojos fieros y hundidos. De todas formas la diosa de la envidia es tan poderosa que ni el más brillante mérito la puede ahogar; solo la caridad la descoloca y la hunde en el fango.

EL ÚLTIMO CONDILL

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