Toda la atención que han perdido las religiones la ha ganado el ecologismo, una nueva y necesaria religión que ha de permitir la continuación de la vida en el planeta. Hace apenas unos años la vida peligraba ante la acumulación de basura en todos los rincones de la Tierra aunque finalmente la humanidad empieza a ser cosciente del problema y está haciendo cuanto puede por paliar estos efectos tan nocivos para nuestro entorno y para nosotros mismos. Y es que la superpoblación está amenazando gravemente la vida. Pero no solo la del medio rural, sino también la de las grandes ciudades, altamente masificadas. Ese problema es difícil de evitar pues es allí donde está el dinero y los servicios indispensables para la vida moderna. El motivo está bien claro, al tiempo que el medio rural se abandona el de las ciudades se agrava justamente por la superpoblación y los contaminantes.
Últimamente algunas parejas jóvenes están saliendo de las ciudades e instalándose en pueblos de escasa población buscando esa paz que en las ciudades se niega pero, como pueden suponer, las cifras no son significativas. En fines de semana y vacaciones, eso sí, los pueblos semiabandonados se llenan de gente ansiosa de visitar el medio rural pero, cuando marchan a la ciudad el pueblo vuelve a quedar dormido, hasta el siguiente fin de semana, el puente, o las vacaciones. Sin embargo algo ha calado en la conciencia colectiva, y es el ecologismo, la conciencia de que es el campo el que nos da de comer a todos cada día . Sin embargo, aunque algunas personas añoren la vida rural, la vida les obliga a volver a la ciudad puesto que es allí donde está el dinero que les permite adquirir lo que el campo produce.
Y es que los ecologistas, en busca del regreso de la gente al medio rural, ofrecen un falso panorama de la realidad. Es mentira que los recursos energéticos se estén agotando, como también lo es que los problemas de hambre en el mundo disminuyan. Es justo al revés, pero no porque el planeta esté agotando sus recursos, sino porque esos recursos y comodidades están demasiado concentrados en determinados lugares, mientras otros están olvidados hasta el punto de que, quienes los aprecian, están abocados también a marchar de allí. Si preguntamos a un especialista de la materia, nos dirá que hay un montón de problemas para que el ecologismo triunfe, pero todos convergen en la misma causa: No se puede convertir el país y menos el mundo entero, en un vergel en el que sería idílico vivir. No hay ganas ni dinero suficiente para poder llevarlo a cabo.
Se diga lo que se diga, la naturaleza lo permitiría, pero al capital no le interesa un mundo así. Para que todo vaya sobre ruedas ha de haber pobres y ricos, de la misma manera que ha de haber tierra buena y mala; palacios y chozas; chuletón curado y panceta; langosta del Pacífico y sardinas del Mediterráneo. El mundo siempre fué dispar, con gente que manda y paga y gente que obedece y trabaja a cambio de un sueldo. Cuando el mundo era salvaje y la humanidad prehistórica ya había jefes y subordinados. Los primeros mandaban y los segundos obedecían y trabajaban para el primero. Así ha sido siempre. En este momento las personas, al menos en el llamado "primer mundo", han evolucionado mucho y también los asalariados viven bien, lo cual crea un problema nuevo: el ecologismo.
El ecologismo es una religión, una utopía de todo punto inaplicable. Porque en este mundo es el dinero el que lo mueve todo y su norma es que muchos trabajen para unos pocos. Repito lo antedicho y que todos sabemos: esto siempre ha sido así y de esta manera seguirá siendo. Querer atajarlo es un derecho, pero también entrar en conflictos y en guerras inecesarias, puesto que la solución no existe. Para eso están los dioses, para clamar al Cielo las injusticias del mundo y para darle a las religiones lo que puedas arañar a los políticos. Sin embargo se trata de dos fuerzas que tiran de la misma cuerda y al final de la misma siempre están los mismos, los que ensuciamos el Medio Ambiente, los que tiramos al suelo cada mañana el envoltorio del bocadillo. Los que van a las mejores marisquerías y restaurantes de estrellas Michelin, no ensucian ni el mantel en el que comen.
Rafael Fabregat Condill
No hay comentarios:
Publicar un comentario