Desde luego la olorosa resina ha sido objeto de comercio desde tiempo inmemorial y se vende todavía en todos los mercados árabes y por extensión en el mundo entero. Esta región inscrita como Patrimonio de la Humanidad en el año 2000 se ha bautizado merecidamente como "Tierra del Incienso". En esta zona, actualmente abandonada a este cultivo, se encuentran viejos árboles de incienso. En tan austero territorio, muchas veces se trata de simples arbustos que apenas pueden soportar la dura sequía. Allí mismo, restos del oasis caravanero de Shisr-Wubar tan activo siglos atrás y ruinas de los puertos comerciales de Al-Balid y de Jor Rori, son testigos mudos del intenso comercio del incienso de los últimos siglos a.C. y que duró hasta finales de la Edad Media. En la actualidad se están llevando a cabo trabajos arqueológicos en la zona que den luz sobre su importancia ancestral. Omán es uno más de esos niños que han crecido gracias (como no) al petróleo, por lo que el incienso ya no hay que buscarlo en su cuna. Ya no está allí. El relevo de este cultivo ancestral lo ha cogido Somalia, que se ha convertido en principal exportador mundial.
Históricamente se ha llamado incienso a otras resinas aromáticas que no lo son. El auténtico incienso procede de la especie llamada Boswelia, aunque hay no menos de cuatro especies diferentes de la misma familia botánica. Todos los nombres que ha tenido a lo largo de las diferentes culturas significan "leche" por ser la forma en la que brota del árbol que la produce, al hacerle la incisión pertinente. Sin embargo el nombre que recibe en la actualidad (incienso) se refiere a "encender" o "quemar", señalando el uso para el que está destinado. Los datos arqueológicos se remontan a unos 4.000 años atrás. En los templos de Deir el-Bahari, en el Valle del Nilo, hay dibujos de rituales con las nubecillas propias de la quema de incienso. También los fenicios llevaban en sus barcos leños de este árbol para comerciar con el mundo conocido.
Un documento histórico de Alejandro Magno cuenta que, al conquistar Gaza, entre los muchos tesoros arrebatados a los vencidos figuraban 500 talentos de incienso y 100 de mirra. También contaba Estrabón las diferentes trasacciones comerciales que se establecían con Arabia y China para proveerse de tan preciado producto. Dioscórides y Plinio el Viejo también citan en sus obras la importancia que tuvo el incienso en la Roma Imperial. En cuanto a la bella Leucótoe, hija de Arcamo y Eurinoma, se entregó a Apolo y al conocer su padre tan deshonroso hecho la mandó enterrar viva, pero el dios Sol la honró convirtiéndola en un árbol de incienso. Claro que este ya es un tema más bien mitológico...
RAFAEL FABREGAT
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