
Estamos en verano y se me ocurrió de sopetón. Ella pocas veces ha dicho que no a nada y menos aún en lo que a viajar se refiere. Nuestros viajes siempre han sido improvisados y, aunque siempre han salido bien, en algunas ocasiones hubieran podido salir mejor puesto que, al menos los primeros años, no íbamos bien informados sobre lo que cada zona podía ofrecernos, tampoco reservas anticipadas de hoteles, etc. Era una especie de aventura y como tal, parábamos allí donde más nos gustaba, donde nos apretaba el hambre o donde se hacía de noche. Pronto descubrimos que esa no era la mejor forma de viajar, pero entonces éramos jóvenes, sin preparación y sin experiencia. De eso hace ya mucho tiempo. Todo lo que fuera ver cosas nuevas nos parecía fascinante y todo lo demás era secundario.

Dos maletas, un mapa de carreteras y dinero era todo nuestro equipaje. La ruta no fue fácil puesto que algunas carreteras, señaladas en el mapa como nacionales, eran de pésima calidad; otras estaban reformándose y con largos tramos de tierra levantada por grandes máquinas. La ruta que sobre el mapa nos pareció más recta y adecuada, era por Albacete y allí llegamos a la hora de comer. El viaje era largo y debíamos continuar. Lo hicimos por la N-430 con dirección a Manzanares y Ciudad Real, que pasamos de largo. Ya en la provincia de Badajoz y después de haber pasado el Puerto de los Carneros, paramos en un hostal donde pernoctamos. Lo más duro del viaje lo teníamos conseguido; estábamos a 125 Km. de Mérida.
A la mañana siguiente y tras el correspondiente desayuno, volvimos a la carretera. Era como una carrera de obstáculos, puesto que en nuestra mente solo el nombre de Mérida se abría paso. Poco tardarían en divisarse los primeros carteles que indicaban su proximidad.
Cien kilómetros después encontramos la A-5, entonces una simple carretera Radial. A partir de ese momento todas las indicaciones de carretera nos hablaban del ansiado destino y de su importancia. Nosotros, ya sin prisas, disfrutábamos del paisaje y pronto la ciudad se divisó a lo lejos. MÉRIDA. ¡Por fin!. No sé si pueden darse detalles de una ciudad que te ofrece una sorpresa tras otra. ¡Hay que verlo!. Naturalmente, como todas las cosas de la vida, tiene que gustarte el tema, pero ¿Como puede alguien no sorprenderse cuando caminando por dentro de una moderna ciudad te encuentras el Templo de Diana, el Arco de Trajano, la Casa de Mitreo, el Pórtico y Foro romanos, etc., etc.?

Si con todo lo anterior no queda uno suficientemente satisfecho, hay que decir que todavía tiene pendiente la visita de monumentos preromanos como: el Dólmen de Lácara, el Mausoleo del Dintel de los ríos y Kernos de la Alcazaba. También podemos empaparnos de arte visigodo y árabe con el Hospital de Peregrinos (Xenodoquium), Basílica paleo-cristiana, Catedral de Santa María de Jerusalem, o la propia Alcazaba árabe.
No teníamos tiempo para profundizar en riqueza tan extensa y tan solo le dedicamos un día y medio. Tras las visitas pendientes del día anterior, al siguiente día marchamos hacia Badajoz capital, apenas distante unos 70 Km.
Sin embargo su visita fue de corta duración puesto que nuestro interés se centró exclusivamente en la Alcazaba y breve visita a la catedral. Después, estando como estábamos en la misma frontera lusitana...
- I si passarem a Portugal? -dije a mi mujer.
Pregunta innecesaria. A ella le apetecía tanto o más que a mí algo diferente y allá que nos fuimos.
Apenas salir de Badajoz estaba la frontera, pero ya era tarde y no podíamos ir lejos. Ya estaba poniéndose el sol cuando llegamos a ESTREMOZ. La ciudad no era importante pero llamó nuestra atención su imponente castillo en lo alto, siempre vigilante y paramos a pasar la noche. El portugués, aunque muy diferente, tiene palabras parecidas al español y no fue mayor problema para hacernos entender. Encontramos habitación en un antiguo hotel del mismo centro de la población y descansamos del duro viaje. Sin embargo allí había poco que ver y a la mañana siguiente, aunque no había un destino predefinido, continuamos viaje hacia LISBOA.

Tras la comida en LISBOA emprendimos nuevamente la marcha y al final de la tarde estábamos en SANTARÉM donde pernoctamos. En pleno verano y con la escasa oferta hotelera de entonces, un guardia local al que preguntamos nos dijo que la mejor opción era una casa particular de las muchas que alquilaban habitaciones. De hecho él mismo nos acompañó a una de ellas que estaba muy cerca y allí pasamos la noche. Todo lo de Portugal era especialmente imprevisto, y sin documentación alguna al respecto de posibles visitas a realizar una simple anécdota, por lo tanto se trataba de pasar la noche y seguir camino hacia el destino siguiente que era Cáceres, lugar de gran interés, que nos cautivó.
Sin embargo estaba a casi 300 Km. y las carreteras no eran como las de ahora. Tras el desayuno emprendimos la marcha y casi de un tirón, con la sola parada de unos bocadillos llegamos a la frontera y a Valencia de Alcántara; un centenar de kilómetros después CÁCERES. Un poco tarde, pero ya comimos allí.
¿Qué voy a decir de Cáceres?. Monumentalmente una joya, su barrio antiguo una reliquia; pasear por sus estrechas callejuelas transporta al visitante a épocas medievales, en una especie de conjuro, que jamás he sentido tan profundamente en sitio alguno; su plaza mayor, parcialmente porticada, extraordinaria al igual que el ambiente que allí se respira. Todo en Cáceres está en armonía con su glorioso pasado. Allí nos pateamos la ciudad durante toda la tarde y parte de la mañana siguiente.


El día siguiente sería también un día duro, uno más, puesto que también era mucha la historia y maravillas del siguiente destino.
Tras el desayuno y después de unos 100 Km. nos esperaba la imperial TOLEDO. Allí y tras alojarnos en hotel junto al Puente de San Martín de Alcántara, se imponía escoger un calzado cómodo. Salvo llanura, la ciudad lo tiene todo: grandiosos talleres de forja, su maravillosa Catedral, el Alcázar, Termas romanas y baños árabes, Mezquita del Cristo de la Luz, Museo del Greco, Sinagoga del Tránsito o Museo Sefardí...

Toledo no es ciudad a visitar en un solo día, por lo que le dedicamos el día de llegada y el siguiente, haciendo dos noches en el mismo hotel.
Había transcurrido una semana desde nuestra improvisada salida de Cabanes.
Estábamos ya cansados tras un viaje cargado de historia pero parco en descanso.
Sin embargo eran muchos los kilómetros que nos separaban de nuestra casa. Se imponía volver, pero... hacerlo en una sola etapa era pesado para las carreteras de entonces.
A falta de la comodidad y rapidez de las autovías actuales se impuso la obligatoriedad de una etapa más y la hicimos en CUENCA, cuya catedral no vimos en nuestro viaje anterior.
Sin embargo llegamos tan cansados a esta ciudad, que apenas si visitamos las casas colgadas y puente sobre el Huécar. La Ciudad Encantada y el nacimiento del río Cuervo, tuvieron que esperar a mejor ocasión. Descansamos en un hotel del centro de la ciudad y al día siguiente salimos hacia Teruel para, desde allí, bajar hasta Segorbe, Castellón y Cabanes.
¡Qué pesado es viajar...! ¿Por qué nos gustará tanto?.
RAFAEL FABREGAT
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