
Según el mártir San Justino, Jesús de Nazaret no era muy agraciado.
Justino nació a finales del siglo I en la ciudad de Flavia Neápolis, en la actual Cisjordania. En la antigüedad el nombre fue Siquem, ciudad israelita de la tribu de Efraín y capital del Reino de Israel. Ciudad antigua e histórica pues contra ella combatió el faraón Seostris III el siglo XIX a.C. Allí hicieron parada y fonda Abraham, Sara y Lot de viaje a Canaan y según evangelio de Juan (4,5) en uno de sus pozos fue donde Jesús encontró a la mujer samaritana y le pidió agua para beber. No tenemos pues motivo alguno para dudar de la palabra de San Justino, uno de los primeros apologistas cristianos, cuando nos habla de la fealdad de Jesucristo.
Aunque educado inicialmente en la filosofía platónica, Justino estudió profundamente la Biblia en Éfeso y se convirtió al cristianismo, dedicando toda su vida a difundir lo que él consideraba la verdadera filosofía. Gran viajero acabó instalándose en Roma, donde fundó el Didascáleo Romano un escuela de filosofía cristiana. Debido a sus constantes disputas con el filósofo cínico Crescencio, éste le denunció al prefecto de Roma y tras un duro interrogatorio sobre sus creencias, compartidas con otros seis compañeros, los mandó azotar cruelmente a todos y posteriormente les decapitó.

También San Faustino cita la imagen de Jesús fea, casi deforme... "un hombre sin belleza alguna, sin gloria y sujeto al dolor".
Según San Clemente de Alejandría, que también compartía con San Justino la opinión de la fealdad del Salvador... "Jesús era más bien feo de rostro. No quiso tener belleza corporal para que dirigiésemos nuestra mirada hacia las cosas profundas y no a las superficiales..."
Como podemos ver en la foto de la derecha, la imagen de Jesús, un fresco pintado en una pared de las catacumbas romanas, es de estatura baja y aspecto vulgar.
Cuando el pagano Celso le dice a Orígenes que Jesús era pequeño, feo y desgarbado, éste le responde... "Efectivamente Jesucristo no era hermoso, pero no por ello despreciable". Y añade la curiosa teoría de que... "Cristo es feo a los ojos impíos y hermoso a los justos".
Tertuliano va más allá al decir: "Su cuerpo no tiene brillo celestial alguno y se halla desprovisto de cualquier belleza humana".
San Efren (sirio) le atribuye a Jesucristo una estatura de poco más de tres codos, alrededor de 1,40 m. De acuerdo con sus datos, difícilmente llegaría al metro y medio de altura.
En verdad no existe imagen alguna de Jesús que podamos dar por fidedigna y digna por tanto de credibilidad pero, con el tiempo,
esta percepción de la nula belleza de Jesucristo fue cambiando y lo de su fealdad quedó en el olvido, describiéndolo justamente con lo contrario.
Otros santos posteriores nos contaron que Cristo estaba lleno de una belleza y gracia admirables. San Agustín popularizó la versión de un Jesús, "el más bello de los hombres" y a partir de ese momento los teólogos adoptaron esta versión que convenía defender con todo tipo de argumentos. Tajantemente se defendió a partir de ese momento que... "Es imposible creer que un alma en la cual todo es perfecto y admirablemente equilibrado, estuviese unida a un cuerpo imperfecto..." Hijo de Dios o no, era sin duda un hombre de carne y hueso que había creado una religión. Darle una fisonomía desagradable no era conveniente, pues podía dañar su ministerio. Escrito está que guapo o feo atraía a la gente y les magnetizaba con su oratoria. No tener su rostro puede ser una ventaja, pues cada cual puede imaginarlo a su manera.
RAFAEL FABREGAT
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