
Sin televisión en las casas y habiendo pactado el presidente del club de fútbol con el empresario del Cine Benavente el horario de ambos espectáculos, el éxito de espectadores estaba garantizado en los dos eventos dominicales. Para que así fuera, la película no empezaba hasta 30 minutos después que terminara el partido, lo que daba tiempo a los aficionados al fútbol para ir a buscar a novias y esposas llevándolas al cine para contento de todos.

Ante la más mínima duda por cualquier jugada ocurrida en el campo, las dos docenas de "Belloquins" que habían llegado a Cabanes con el autocar de los jugadores, saltaban del banco que cercaba el perímetro del campo de juego insultando al árbrito y a toda su familia.
- Fill de puta, burro, cabró! -eran los más suaves adjetivos.
Los aficionados locales, si la jugada les era favorable, defendían al árbitro y su manera de pitar por lo que increpaban a los espectadores foráneos...
- Malcriats, masovers!. Del Barranquet per amunt havieu de ser! -decían los de aquí.
Los jugadores seguían y los ánimos se calmaban hasta la siguiente jugada dudosa, en la que se repetía todo lo relatado anteriormente.
Así se llegaba al descanso, en el que buena parte de los espectadores acudían a la cantina del club que a este efecto estaba instalada junto a los vestuarios de los jugadores.
Se calmaban los nervios fumando un cigarrillo en tertulia con los amigos y la sed con una gaseosa "Beltrán o Siurana" (tanto monta) de fabricación local.
La cantina era un pequeño cuartito adosado a los vestuarios, de unos tres metros cuadrados y con grandes ventanas con portón exterior de madera que el encargado levantaba en horizontal y daba sombra a los clientes en verano o protección en caso de escasa lluvia. La sombra no era de mucha necesidad puesto que delante mismo, a poco más de 2 m., había un viejo albaricoquero de gran envergadura (al que nadie le había visto madurar sus frutos, puesto que la chiquillería local nos los comíamos a medio engordar) y que por consiguiente daba buena sombra a la concurrencia.

Quince o veinte minutos después de pitado el descanso se efectuaba la salida de los jugadores al campo, bebiéndose un último sorbo de gaseosa y echándose el resto por cara y parte posterior del cuello. Lo recuerdo con nitidez, posiblemente por la escasez de la que tantas veces he hablado y que me hacía pensar que aquella gaseosa que con tanta alegría se tiraba al suelo, gustosamente nos la hubiéramos bebido más de uno que, faltos de dinero, padecíamos la sed que otros ya habían conseguido apagar en la cantina.
Los socios y espectadores volvían a sus respectivos asientos al tiempo que se reanudaba el juego y caso de que unos minutos después el C.D. Cabanes marcara gol...
- Fòra de joc... fòra de joc! -increpaban els Belloquins.
- Àrbitre, cabró, fill de puta! Que estas cec? -recalcaban los foráneos.
Una vez más, los de Cabanes defendían al árbitro...
- Malcriats, pocavergonyes, masovers. -al tiempo que, más de una vez, las cosas iban a más y la Guardia Civil tenía que cortar el altercado con amenazas.
Los ánimos se calmaban momentáneamente pero nadie daba su brazo a torcer.
Al finalizar el partido era frecuente que algunos aficionados y especialmente aquellos "Belloquins" que habían protagonizado el altercado, formaran un pasillo que desde el terreno de juego llegaba hasta los vestuarios y que los alterados espectadores aprovechaban para insultar al árbitro, dándole incluso algún empujón.- Fòra de joc... fòra de joc! -increpaban els Belloquins.
- Àrbitre, cabró, fill de puta! Que estas cec? -recalcaban los foráneos.
Una vez más, los de Cabanes defendían al árbitro...
- Malcriats, pocavergonyes, masovers. -al tiempo que, más de una vez, las cosas iban a más y la Guardia Civil tenía que cortar el altercado con amenazas.
Los ánimos se calmaban momentáneamente pero nadie daba su brazo a torcer.
Cuando durante el partido había habido alguna jugada altamente polémica, que eran prácticamente todos, se montaba el citado pasillo al que acudían rápidamente la pareja de la Guardia Civil, siempre presente en estos partidos comarcales en los que la bronca estaba asegurada.
Eran tiempos de obligado acatamiento a las órdenes de la Benemérita y los aficionados, sin poner un solo pie en el campo de juego, esperaban la salida del árbitro pero éste, si veía peligro para su integridad física, no osaba salir del campo y mucho menos recorrer el pasillo que le esperaba amenazante.
Eran tiempos de obligado acatamiento a las órdenes de la Benemérita y los aficionados, sin poner un solo pie en el campo de juego, esperaban la salida del árbitro pero éste, si veía peligro para su integridad física, no osaba salir del campo y mucho menos recorrer el pasillo que le esperaba amenazante.

Pero éste, siempre más en forma que los perseguidores, esquivaba algún que otro manotazo y corriendo hasta su caseta conseguía llegar a ella con la ayuda de los civiles, que cortaban el paso a los acalorados espectadores... Pero muchas veces no podían evitar que le alcanzara algún puñetazo.
EL ÚLTIMO CONDILL
No hay comentarios:
Publicar un comentario