28 de diciembre de 2012

0881- TOMEMOS UNA TAZA DE CAFÉ...

Parece ser que los antiguos etíopes fueron los descubridores del energético y tonificante brebaje, cuyos estimulantes efectos comprobaría en propia persona el pastor Kaldia, modesto criador de cabras etíope del siglo IX que por lo visto fue el primero en conocer los efectos de esta preciada fruta, puesto que de allí era originario este arbusto singular. De todas formas la historia de Kaldia bien podría ser una simple leyenda puesto que no se tuvo conocimiento de ella hasta bien entrado el siglo XVII. En principio el café se extendió desde Etiopía a Egipto y Yemen siendo en este último país donde tenemos la evidencia más temprana del uso del café como tal, puesto que aparece descrito en los monasterios sufi de Yemen en el siglo XV. Sería pues en Arabia donde por primera vez se tuestan los granos y se machacan para preparar un café, basto pero similar a lo que actualmente conocemos. Un siglo después (s.XVI) la fama de este preparado se había extendido por todo el norte de África, había cruzado las fronteras de Oriente Medio y había llegado a Persia y Turquía. 

De allí pasó a Venecia y se extendió por toda Europa, llegando por vía marítima hasta Indonesia y el continente americano. El nombre de "café" parece asignado por los turcos (qahvé) aunque hay quien defiende su origen en el nombre de la región etíope de Kaffá, donde las primeras plantas tenían sus raíces. El nombre etíope de dicho árbol era bunnu. Una leyenda sobre el origen de esta bebida habla del místico yemení Abu-al-Hasan que viajando por Etiopía observó a unas aves de vitalidad inusual y viendo las bayas que estaban comiendo las probó y experimentó aquella misma energía. La leyenda antes apuntada del pastor Kaldia refiere que viendo como sus cabras mordisqueaban las rojas bayas del café, las probó y experimentando aquella vitalidad desproporcionada llevó un puñado de ellas a un monasterio cercano. Cocinadas por los monjes les parecieron de tan mal sabor que las repudiaron echándolas al fuego, de donde emergió prontamente un atrayente aroma. Escarbadas inmediatamente las brasas recuperaron los granos tostados y puestos nuevamente en agua caliente se produjo la primera taza de café de la historia.


El árbol del café o cafeto tiene su origen en la antigua Abisinia, parte oriental africana llamada actualmente Etiopía y aunque en este momento hay diferentes especies, la de origen inicial o arábico supone todavía un 75% de la producción mundial. Sin embargo la mayor parte del café se produce actualmente en el continente sudamericano. Viendo la vitalidad que el preparado despertaba en las gentes, a principios del siglo XV el café fue prohibido por los imanes musulmanes y sacerdotes ortodoxos, primero en La Meca (1511) y posteriormente en Egipto (1532) pero el uso de aquella bebida tan tonificante estaba ya tan popularizado que las autoridades decidieron retirar el decreto para evitar enfrentamientos. El médico alemán Léonard Rauwolf, llegado de un viaje por tierras orientales en 1.583, describió por primera vez las bondades del brebaje: "El llamado café es una bebida negra como la tinta y útil para numerosos males, especialmente del estómago. Sus consumidores lo toman por la mañana, servido en un utensilio de porcelana que se pasan de unos a otros y del que se sirven un vaso lleno para cada uno. Está hecho con agua caliente y el fruto de un arbusto llamado bunnu".


El primer local (café) del mundo se abrió en Constantinopla el año 1.554. El café llegaría a Europa alrededor del año 1.600 por medio de mercaderes venecianos y se instalarían también locales para degustarlo socialmente. Como sucediera en el Cairo y la Meca, también al Papa Clemente VIII le sugirieron sus cardenales que prohibiera el uso del café pues significaba una amenaza de los infieles. El Papa antes de pronunciarse decidió probar la bebida, tras lo cual dictaminó que era una verdadera lástima que solo los infieles disfrutaran del placer de tan prodigioso brebaje. El café fue bien recibido por todos los religiosos cristianos pues, al decir de los monjes, te mantiene despierto y con el espíritu limpio. Al enterarse los musulmanes de la bendición apostólica de Roma, celosos de que los cristianos disfrutaran de los frutos de su coffea arábica prohibieron su exportación. En 1.650 el peregrino Baba Budan escondió siete plantas y se las llevó a la India plantándolas en su huerto de Mysore (Karnataka) y multiplicándolas en tal cantidad que aún hoy subsisten árboles descendientes de aquellos brotes iniciales. De todas formas, en mayor o menor cantidad, los comerciantes venecianos no cesaron de seguir importando el producto.


Cafetería New York Palace. (Budapest  1894)
A lo largo del siglo XVII se abrieron por toda Europa un sin fin de cafeterías, siendo muy popularizadas por la gente intelectual y lugar donde se repartían panfletos contra el régimen y se propugnaban diferentes agitaciones hasta el punto de hacer pensar a las autoridades en el cierre de aquel tipo de establecimientos. El siglo XVIII los problemas y las prohibiciones de apertura de cafeterías seguía latente en muchos países. En Rusia estaba incluso penado su uso con torturas y mutilaciones. El año 1.689 el café cruzó el océano Atlántico y se instaló en un establecimiento de Boston ganando rápidamente popularidad. Los grandes cultivos se extendieron rápidamente por Indonesia y Ceylán, pasando prontamente a América del sur donde se consolidaron definitivamente debido a sus excepcionales condiciones climáticas. Inicialmente fueron infructuosos los intentos de llevar la plata del café al Nuevo Mundo pues en los más de dos meses de travesía las plantas morían ante un ambiente marino que les era perjudicial. 


Aún estando prohibida por el rey de Francia la salida de esquejes sin autorización, el año 1.723 el capitán de la marina de Martinica Gabriel Mathieu, de viaje a París, presto a embarcar en el puerto de Nantes para regresar a su tierra consiguió dos esquejes de café y los plantó en una caja de madera cuya tapa era de cristal para que se mantuviera el calor y quedaran aisladas del medio marino. Por primera vez y tras muchas vicisitudes y cuidados las plantas del café 
llegaron vivas al Nuevo Mundo. 
Al llegar a su casa Mathieu plantó los esquejes en el lugar más favorable de su jardín y los rodeó de una cerca de alambre de espino para evitar su robo o que algún animal los malograse ante la fragilidad de su primer año de vida. Las plantas crecieron con rapidez y al tercer año produjeron dos libras de semillas que Mathieu repartió entre los amigos y conocidos que estimó dedicarían todo su interés al desarrollo de este cultivo. 


Cincuenta años más tarde la isla de Martinica contaba con 19 millones de plantas de café. De allí los cafetales pasaron a Santo Domingo y Guadalupe para después extenderse al resto de islas y países del continente sudamericano. Aunque algunos agricultores realizaban el secado en la propia finca, para evitar ese laborioso trabajo, muchos de ellos vendían en el propio campo las bayas recién recolectadas que los comerciantes adquirían a peso para posteriormente proceder a su limpieza y secado previo a su comercialización exportadora. Estos comerciantes eran verdaderos expertos en la calidad del grano, muy dependiente de las zonas de cultivo, de las condiciones climatológicas del año en curso y de los cuidados que el propio agricultor daba a su cafetal, por lo que el precio variaba notablemente de una partida a otra. 




Se dice que Trieste es la capital del café. Tras su designación en 1.719 como puerto franco del Imperio Austrohúngaro, se abrieron en Trieste las primeras tiendas para la degustación de aquella exótica bebida negra de la que tanto hablaban intelectuales y artistas. Surgen de inmediato los "caffé concerti", algunos de los cuales aún perduran trescientos años después como cafés históricos de Trieste. A finales del siglo XVIII la ciudad contaba con 66 empresas de importación y otras 14 dedicadas a la torrefacción y elaboración del producto final. 



Puerto de Trieste (Italia) a finales del siglo XIX.
El auge de la comercialización del café fue allí de tales proporciones que en 1.904 se inauguró la "Bolsa del café" y en 1.914 llegaron a desembarcarse en el puerto 1,8 millones de sacos. En 1.933 la firma italiana Cafés illy fundó en Trieste una de las compañías cafeteras más importantes del mundo, hoy presente en más de 150 países. En las siguientes décadas otras muchas empresas de café se instalaron también en esa misma ciudad italiana y actualmente se comercializan alrededor de 500 millones de euros anuales que dan trabajo a más de mil personas. 
Y todo ello gracias a las golosas cabras del pastor etíope Kaldia...

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