13 de diciembre de 2012

0872- LA AVARICIA, PECADO CAPITAL.

Como todos sabemos, la avaricia es uno de los siete pecados capitales, ya mencionados en las primeras enseñanzas de Jesús a sus seguidores. Según Santo Tomás de Aquino, la avaricia solo es un vicio y no es un pecado en sí misma; sin embargo debe serlo porque para conseguir los fines propuestos es obligatorio caer en otros muchos pecados. 
El antónimo de la avaricia es la generosidad.
En principio los pecados capitales eran ocho pero en el siglo VI el papa Gregorio Magno revisó los trabajos anteriores y llegó a la conclusión que la tristeza es una forma de pereza, con lo cual redujo la lista de pecados capitales a siete: Lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia y soberbia. Desde entonces, esta lista ha sido respetada por sus continuadores.


La avaricia es un pecado de excesos, de afán de posesión, por lo que la Iglesia lo aplica exclusivamente a la acumulación de riquezas como único fin. También dijo Santo Tomás que la avaricia era un "pecado mortal contra Dios, porque el hombre opta por los bienes temporales en detrimento de los eternos". Con la avaricia van emparejados multitud de pecados, como la deslealtad, la traición deliberada, el soborno y todos aquellos que propician el enriquecimiento personal ilícito. La avaricia es la búsqueda constante de acumulación de bienes, algunas veces por medio de engaños, manipulación de la verdad o la autoridad, cuando no por medio del robo o la violencia. Para la religión cristiana la avaricia deriva de la simonía, o sea, del comercio de lo espiritual por medio de lo material.


La simonía fue un hecho vergonzoso, practicado durante la Edad Media por la propia Iglesia Católica. Desde el siglo IX numerosos obispos y abades se integraron al sistema feudal. Los señores consideraban a iglesias y bienes como parte de su propio territorio y otorgaban parroquias e investidura episcopal. Se hizo común otorgar las parroquias a los curas por ellos elegidos, a cambio de una parte del dinero y bienes agrícolas aportados por los feligreses. Este sistema fue confirmado en el 962 cuando Otón I de Alemania obtuvo del papa Juan XII la prerrogativa de designar a los nuevos papas. El emperador Enrique IV fue el principal impulsor y beneficiario de este abuso, nombrando a incompetentes laicos como prelados. Se jugó con el miedo al infierno, se arrebataron bienes y se vendieron parcelas celestiales.


Con la llegada del siglo XI y en apenas cuarenta años (1008-1048) se celebraron hasta ocho Concilios en Inglaterra, Francia e Italia a fin de acabar con esta práctica vergonzosa. Por fin el papa Gregorio VII (1072-1085), antes monje cluniacense, impuso una importante reforma monástica y pontifical (Reforma Cluniacense y Gregoriana) que acabaría con la venta de cargos eclesiásticos durante la llamada "Querella de las Investiduras". La simonía fue también condenada en el Concilio de Letrán II del año 1.139 y muy especialmente en el Concilio de Trento (1545-1563); un concilio ecuménico llevado a cabo en 25 sesiones discontínuas que abarcaron un periodo de dieciocho años.


En el Purgatorio descrito por Dante, los penitentes están obligados a arrodillarse sobre una piedra irregular y a recitar todos los ejemplos posibles de avaricia y sus virtudes opuestas. Escalar la cima para acceder al Paraíso es el objetivo. Como se ha dicho anteriormente la virtud que impide la más elemental avaricia, es la generosidad. Ser una persona desprendida, comprensiva con las carencias de los demás, caritativa con los más desfavorecidos, es la mejor manera de demostrarle a Dios que no somos avariciosos; que nuestro afán no es acumular riquezas ni pretender llevárnoslas al otro mundo. Debemos tener claro que desnudos llegamos aquí y que también desnudos marcharemos. Debemos trabajar honradamente para dar casa y alimento a los nuestros, pero poco más es necesario en una vida tan efímera como la nuestra. 


Bien estaría pues ser más generosos y no solo en lo material. También nuestro tiempo y dedicación a escuchar al prójimo puede ser de gran alivio a sus inquietudes. Sin embargo para que esa generosidad sea total, nunca debe pedirse recompensa alguna. La generosidad bien entendida no pide reciprocidad. Se da porque uno siente la necesidad de ofrecerla, sin pedir nada a cambio. Por el contrario los éxitos de la avaricia, aún en el caso de lograrlos, nunca son dulces. La avaricia siempre trae consigo abuso y merma en el bienestar de los demás. Acumular riqueza, todos lo sabemos, siempre es a costa de que otros pierdan parte de lo que necesitan, por lo que nunca da plena felicidad. La generosidad, por el contrario, siempre es gratificante; mucho más para quien ofrece la ayuda que para quien la recibe. 

EL ÚLTIMO CONDILL

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