9 de julio de 2012

0732- OVNIS EN CABANES. (1998)

¡Buen estreno, si señor!. 
El día 7 de Diciembre de 1.998 celebramos mi mujer y yo nuestras Bodas de Plata; veinticinco años soportándonos mútuamente. Como supongo que ocurrirá en la mayoría de los matrimonios hubo altibajos, veinticinco años son muchos años y en ese tiempo se dan toda clase de circunstancias que ponen a prueba la solidez de un matrimonio, pero en nuestro caso, los altos fueron muchos y pocos los bajos, prueba de ello es que aquí seguimos unidos todavía catorce años después de aquella celebración y que dure... Si todo va bien, el próximo año celebraremos pues cuarenta años de vida en pareja. Esperamos tener la salud suficiente para celebrarlo, esta vez doblemente puesto que la cifra ya empieza a ser interesante. Llegados a este punto, no puedo demorar por más tiempo el explicar la frase que encabeza este párrafo y que sin duda dará también explicación al título de esta entrada... ¡Buen estreno, si señor...!

Con motivo de las citadas Bodas de Plata hubo un cambio de anillos y un intercambio de regalos. El mío, para ella, algo metálico con piedrecitas, una fruslería sin importancia que todas las hijas querrán heredar algún día... El de mi mujer fue un telescopio, pues ella sabe de mi afición a mirar al cielo y a preguntarme cientos de cosas que nadie puede responder. Como es natural el regalo fue puesto a prueba decenas de veces y todo lo visible fue visto. La luna, los planetas... Todo está ya muy visto, pero no con la precisión que da la visión a través de un telescopio y tampoco de forma personal.
Fue emocionante ver que algunos de los puntos de luz que vemos a simple vista, como una más de las estrellas que hay cada noche en el firmamento, ni son estrellas ni se ven redondas puesto que al ver de cerca ciertos planetas observas (como si de una luna se tratara) que solo la parte que está iluminada por el sol permanece visible. Al mirarlos con el telescopio dejan de ser puntos redondos de luz para convertirse en lunas pequeñitas. De este modo se ve siempre Venus que, tanto al amanecer como al atardecer, siempre presenta una cara sin iluminar. Ya no digamos la emoción que se siente al ver las bandas de Júpiter, sus eternas tormentas y sus cinco satélites, o los anillos de Saturno... Porque una cosa es ver fotos y otra muy distinta es ver la realidad con tus propios ojos.

El telescopio, como no podía ser menos, quedó instalado de forma permanente en la azotea de nuestra casa, un terrado cubierto, lleno de plantas y en el que mi mujer lava y tiende la ropa, diciendo que es el mejor del pueblo. En primera fila, entre la baranda de balustres que da a la calle y los primeros hilos del tendedero, allí quedó instalado el telescopio y su juego de lentes. Como niño con zapatos nuevos, desde allí y sin edificio enfrente que me tapase la visión, miraba al horizonte durante el día y al cielo por la noche. Pueblos vecinos, gente trabajando los campos en la lejanía, la aparente luna que es Venus, el colorado Marte, el mar de la Tranquilidad de nuestro satélite, la nebulosa de Orión, etc. objetos mil veces vistos en revistas especializadas, pero nunca en vivo y en directo... Ya mucho antes de tener el telescopio, había pasado algunos ratos apoyado en aquella barandilla, mirando al cielo o el horizonte, ya que nuestra casa está cara al suroeste y por lo tanto frente a las montañas que forman la Sierra de Les Santes y al monte del Bartolo, con sus grandes repetidores de radio y televisión.

Ahora, mejor que nunca, podía ver incluso a algún agricultor realizando trabajos en aquellos parajes. Un día, al atardecer, estaba mirando una vez más aquellas magníficas torres que coronan la cima del Bartolo junto a la grandiosa cruz que soporta desafiante los fuertes vientos de tramontana. Hacía ya un buen rato que se había puesto el sol y el cielo empezaba a tomar ese azul oscuro propio de los últimos minutos de la tarde cuando, de pronto, me llamó la atención un punto de luz que se movía en el horizonte, no sobre los montes citados, sino entre unos y otros, a media altura.

Podría decirse que el objeto luminoso, que viajaba de este a oeste, lo hacía a unos 400 metros de altura, a media ladera de las montañas en las que está situado el Bartolo, como si desde el litoral de la Ribera de Cabanes se internara en el Barranc de Les Santes, para salir después por el Collet de Carlos en dirección a las cuestas de la Pobla Tornesa. Esta última parte no se veía desde mi casa puesto que el monte de la Marmudella y los del Coll de la Pobla me lo tapan, pero esa era la dirección de aquel objeto. Instintivamente cogí el telescopio y lo dirigí hacia la luz en cuestión.

Imagen de globo-sonda.
Yo diría que se trataba de un globo sonda meteorológico, puesto que el objeto era perfectamente esférico y de la mitad de la esfera salía lo que parecía un cable hacia una especie de caja que colgaba en su parte inferior. Hasta ahí todo claro y comprensible pero... Esa esfera blanca no era un globo sonda normal y corriente al que dejas de ver cuando se hace de noche ya que una circunferencia de luz blanca creaba una especie de divisoria entre la mitad norte y la mitad sur del globo. Lo raro del avistamiento no era el globo en sí, sino la circunferencia de luz que llevaba en su interior y que yo no he sido capaz de localizar en ninguna imagen de sondas meteorológicas. De la autonomía de su iluminación no hay duda alguna. El globo volaba bajo y el sol se había escondido hacía bastante rato tras el Peñagolosa. Además que yo lo observé con un telescopio y por lo tanto con una imagen virtual de menos de 100 metros de distancia. Con toda seguridad la luz no era un reflejo, sino que estaba en el interior del propio globo. Es como si hubiera un tubo de neón dando la vuelta a todo el globo en su parte más ancha, una luz blanca que lo mantenía iluminado de forma permanente.

El objeto era grande. Por la distancia que nos separaba (unos 5/6 Km.) diría yo que el globo tendría unos 15/20 m. de diámetro o más. La esfera luminosa fue trasladándose poco a poco, como empujada por un viento inexistente, hasta que se escondió tras las montañas. ¿Qué vi en realidad?. Pues no lo sé, ya que he visto montones de imágenes de globos sonda meteorológicos y no he visto ninguno tan grande, y menos aún con esa especie de aro iluminado tan espectacular en su interior. De todas formas yo no creo en ovnis y por lo tanto pienso que era algo perfectamente terrenal. La pregunta es ¿qué?. Nunca más volví a ver nada parecido. De todas formas, cual niño malcriado, tras haber visto varias veces las mismas cosas, perdí el interés por mirar al cielo y dejé el telescopio en un rincón de la casa, como un objeto más de decoración. Aunque el tema sigue apasionándome, su grandeza me impide dedicarle más tiempo ya que en esta carrera no hay meta y...
¡Para no llegar a la meta no merece la pena correr!.

EL ÚLTIMO CONDILL

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