14 de mayo de 2012

0679- LA FRANCIA COLONIAL.

Dicen que el que da primero da dos veces, pero no siempre es verdad. En un momento en que el planeta se suponía plano y con los mares plagados de monstruos que todo lo devoraban, ser prudente no era sinónimo de cobardía, sino de inteligencia. España fue cuna de grandes aventureros, osados marinos y valientes exploradores que arriesgaron su vida y muchas veces la perdieron, en aras de convertir a nuestro país en el Imperio más grande del planeta, cosa que consiguieron con creces. Y total, ¿para qué?.
¿Qué nos queda del legado de tan grandes hombres, que llenan las páginas de nuestros libros de Historia?. Nada, solo la vergüenza de haber soportado una serie de monarquías que, lejos de engrandecer España, la dilapidaron en fiestas y lujos innecesarios.
No hicieron lo mismo otras naciones que se hicieron más tarde a la mar, ya no en busca de aventuras sino tras la estela de los barcos españoles que ya tenían un destino cierto y aún mantienen esas posesiones. El camino y la veda estaban abiertos, solo había que pedir (o coger) su parte del botín y así lo hicieron.

Fueron varios los países que así actuaron y Francia fue uno de ellos. 
A lo seguro, sin arriesgar otra cosa que el peligro propio de la travesía y la autodefensa de aquellos que no querían ceder sus propiedades al invasor. Pero éstos eran presa fácil de los europeos, mejor armados y preparados para una guerra desigual. Tampoco los españoles podían defender fácilmente sus primeras conquistas puesto que, en este caso, los que llegaban en segundo o tercer lugar lo hacían mejor preparados, conocedores de los barcos y armamento que los primeros llevaron. Solo era cuestión de llegar con mayores barcos, con mas soldados y superior armamento. No era pues el primero quien daba dos veces, sino el segundo, o el tercero... El primero ponía la pica "en Flandes" y el segundo la arrancaba y ponía la suya. Así trascurrieron aquellos primeros años... Españoles, portugueses, británicos, franceses, holandeses, etc. Abierto el "melón" las ansias de conquista se extendieron por toda la costa occidental africana y siguió por los archipiélagos del océano Índico hasta los países de Oriente, acabando con las antiguas rutas asiáticas por tierra.

Mapa francés de Florida
En todas estas aventuras colonialistas jugó papel fundamental Francia, que es quien nos ocupa en el día de hoy. Primeramente fueron sus incursiones en tierras del Nuevo Mundo, sin otro interés que hallar una ruta de paso hacia el Pacífico y las Indias Orientales. Estos viajes iniciales se llevaron a cabo durante el reinado de Francisco I cuando, el año 1.524, organizó una expedición que de la mano de Giovanni da Verrazzano exploró desde la Florida a Terranova, con resultado negativo. Una década después el mismo rey envía a Jacques Cartier a explorar desde Terranova al río San Lorenzo sin encontrar tampoco el ansiado paso. Los viajes no fueron baldíos puesto que establecen colonias que promueven los intereses franceses en aquellos territorios. Sin embargo la celosa protección de españoles y portugueses y la ruptura llevada a cabo con las Guerras de Religión, no permitió a Francia establecerse con normalidad en la zona de Florida ni en el actual Brasil. 

La historia colonial francesa no empezaría hasta 1.605 cuando funda Port Royal en Acadia, actual Nueva Escocia (Canadá). También Samuel de Champlain funda en 1.608 Quebec en la llamada Nueva Francia. Los franceses llegan a las supuestas Indias Occidentales en 1.624 fundando posteriormente colonias en Guadalupe, Martinica y Santa Lucía. A final del siglo XVII completan su expansión caribeña llegando a Haithí y actual República Dominicana, al tiempo que en el año 1.699 fundan Luisiana, en la cuenca del Misisipi.
  
El Imperio Colonial francés no estaba limitado al Nuevo Mundo, sino que ya desde 1.624 había establecido colonias en Africa Occidental, en la India, Bengala y otros muchos puntos de Oriente, además de las principales islas del océano Índico como la isla Reunión, Mauricio o Seychelles, llegando hasta los 12,7 millones de Km2. en total. 
 Sin embargo los conflictos coloniales entre franceses y británicos no tardaron en llegar, con destrucción de buena parte del Imperio francés. Este ciclo de conflictos bélicos se conoce popularmente como la Segunda Guerra de los Cien Años e incluye desde las primeras guerras francesas e indias hasta el final de las Guerras Napoleónicas, ya bien entrado el siglo XIX. También Nueva Francia se perdió en una lucha desigual. Un millón de británicos expulsaron a los 50.000 franceses y solo escaparon del expolio las islas de Sant Pierre y Miquelón. Tras las Guerras Napoleónicas gran parte de las colonias francesas quedaron en poder de los Británicos. Las Antillas, la Guayana francesa, los asentamientos comerciales de Senegal, las islas del Índico y algunas posesiones en la India. 

A partir de 1.830 y con la llegada de Napoleón III se conquistó Argelia y se establecieron controles en la Conchinchina y protectorado sobre Camboya, con gran influencia en algunos puntos del sur de China que incluía una base naval de gran importancia estratégica y la concesión de Shanghái. 
A finales del siglo XIX las raíces francesas abrazaban también el Pacífico sur y con él Nueva Caledonia y la Polinesia francesa, compartiendo las Nuevas Hébridas con los británicos. 
También extendió su influencia en buena parte del territorio africano, estableciendo protectorados en más de una docena de países que cedieron dominio y beneficios a Francia hasta  finalizada la II Guerra Mundial. A finales del siglo XIX los ejércitos franceses cruzaban el continente africano unificando todos los territorios que encontraban a su paso, ante la pasividad o la muerte de los caudillos que los gobernaban hasta entonces.
En una misión que ellos llamaban civilizadora de pueblos ignorantes, se dominaron las colonias alemanas de Togo y Camerún así como los antiguos territorios otomanos de Líbano y Siria. 

Como enviados de los dioses, Francia decía tener la misión de acabar con la ignorancia de aquellas naciones y mostrarles el cristianismo. Muchos son los que dudan de esas intenciones modélicas que ya decían poseer los conquistadores españoles del siglo XV en tierras del Nuevo Mundo, pero muchos más los que aseguran que motivos de ese tipo no eran los que llevaban a los franceses a dominar medio mundo cuatro siglos después, en tiempos de modernidad.
En nombre de la Fe y de la caridad civilizadora se expoliaron continentes enteros que hoy, cien años después, siguen anclados en la miseria más absoluta mientras el "salvador" se convirtió en una primera potencia económica y armamentística mundial...
Con la llegada de la II Guerra Mundial las raíces del árbol francés se debilitaron y poco a poco aquellos territorios fueron volviendo a sus legítimos dueños.
Aún así han sido muchos los dominios que han permanecido y permanecen bajo control francés y es que la Historia precisa de muchos siglos para ser contada. Las aguas tardan en volver a su cauce de forma natural. 

Más de 50 países estuvieron dirigidos durante décadas desde París, algunos durante más de un siglo... Treinta y cuatro en África; diez en Asia; cinco en el Caribe; uno en América del Sur; tres en América del Norte y cuatro en Oceanía. A día de hoy, Francia mantiene pendientes varias asignaturas al respecto, puesto que cinco son todavía sus regiones de ultramar:
- Archipiélago de Guadalupe,
- Isla de Martinica,
- La Guayana francesa,
- Isla de Reunión y 
- Isla de Mayotte, en las Comoras.
Sin embargo su asignatura principal está en el océano Pacífico, donde se resiste a abandonar la Polinesia y archipiélagos próximos. Oficialmente se le llama todavía Territorio de Ultramar Francés a  las diferentes islas de Tahití, las Marquesas, atolones de Tuamotu y Australes, así como a los de Mururoa y Fangataufá, donde tantas explosiones nucleares fueron llevadas a cabo desde 1967 a 1979. Algún día la Polinesa será independiente, porque los propios Maoríes entienden que no es bueno vivir siempre cogidos a la teta de Francia, que gasta millones de francos para que los nativos sigan callados ante su dominio y pruebas atómicas. Y es que nada, nada es para siempre y menos aún cuando se trata del paraíso...

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